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El capital de paz

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 17 de noviembre de 2006, 07:35 h (CET)
“Esta nación está lista para su vida definitiva de libertad”, esa fue la “clarividente” y rotunda afirmación que hizo, el año 1908, el General Don Porfirio Díaz en México, que, desde treinta años antes venía siendo reelegido Presidente de aquella república. Dos años después fue derrocado dando paso a la legendaria Revolución Mejicana, tan cantada como conocida por textos y películas en nuestros medios. Su “acertado” vaticinio todavía causa asombro en la actualidad. Tras él la sangre corrió por todo el país hasta que nació un prodigio de “arquitectura política” democrático-autoritaria que se llamó el Partido de la Revolución Institucionalizada (PRI), cuyo ejemplo tantos políticos han deseado, y todavía desean imitar. Setenta años después, tal engendro pudo ser derribado en las urnas –hace seis años- por Vicente Fox. Hoy presidente saliente.

Siempre es bueno escarmentar en cabeza ajena, y lo que sucedió en un país con rasgos parecidos al nuestro, resulta aleccionador en nuestros días. Con la muerte del general Franco, España creyó haber instaurado una forma permanente y democrática de gobierno sobre el articulado de la Constitución de 1978. Quienes la redactaron, y los que les orientaron acerca de cómo componerla, creyeron que la ciudadanía estaba lo suficientemente madura como para comportarse seria y formalmente ante un régimen de libertades surgido tras cuarenta años de totalitarismo. Sometida a votación, resultó aprobada, con una considerable proporción de reservas en forma de abstenciones y “noes”. Pero, funcionó, y esta es la fecha en que renqueante y manoseada sigue siendo la máxima norma legal de los españoles. Con ella, se hizo una “transición” política ejemplar para sorpresa de cuantos, desde el exterior, observaban intrigados cómo se podría salir adelante después de tantos años de peculiar y denostada forma de gobierno.

De este modo, el ciudadano de a pie, la ciudadanía, el pueblo, o la gente -como quiera llamarse-, cumplieron la parte del compromiso que les atañía -afanados en sus quehaceres y cumpliendo con las obligaciones adquiridas-. En cambio, la clase política, siempre en busca de los beneficios que depara el hecho de “servir al pueblo”, ha ido devorando el “capital de paz” almacenado durante tantos años. Con ello, han hecho jirones, y llenado de desgarros, el tejido constitucional; lo que fue un brillante espécimen lujosamente encuadernado, se ha transformado en algo parecido a aquella piba “flaca, fané y descangallada” del tango inmortal.

Se alcanzó, formalmente, la democracia, y se encarnó en las íntimas convicciones de un pueblo satisfecho de disfrutar de ella. La pregunta, a la luz de la experiencia relatada al comienzo de esta ventilada columna, es la de si “todos” estaban preparados para vivir en ella. Si estaban listos para convivir en libertad. El “acierto” de D. Porfirio todavía confirma lo poco que saben de política, los políticos; si los médicos fueran igual, los cementerios estarían atestados. Hubo en nuestra Guerra Civil, políticos que los dos bandos encontraron motivos de matarlos. Uno de ellos, cuando algunos años después –indultado por ambos lados-, estaba a punto de morirse por enfermedad, exclamaba melancólicamente: “Toda mi vida dedicado a la política; España se divide en dos mitades, y las dos me han querido fusilar”. Entre la metedura de pata del mejicano, y el lamento del último, hay una especie de aposento para que, serenamente, quienes están vocacionalmente tentados por el afán de gobierno, mediten con seriedad.

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