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Cine
Etiquetas:   Crítica de cine  

'The Queen': Secretos de palacio

Graciela Padilla
Redacción
martes, 19 de diciembre de 2006, 22:23 h (CET)
En estos meses, críticos, directores, entendidos y cinéfilos en general empiezan a hacer apuestas de cara a los Oscar de la Academia de Hollywood. Los nombres de los que optarán a la estatuilla dorada se darán a conocer a finales del próximo mes de enero. Pero muchos ya miran hacia Helen Mirren. La actriz londinense, de 61 años, ha dado vida a la Reina de Inglaterra, Isabel II, con tal mimetismo y verosimilitud que la ficción queda a un lado para dejar paso, simplemente, a la persona.

Esta es la nueva apuesta de Stephen Frears, director británico (quién si no para retratar a su reina), nacido en Leicester y curtido en televisión desde la juventud. Frears ofrece un retrato realista, crudo, intimista y sorprendente. También es valiente, porque nadie se había atrevido a hablar de la soberana de esta forma y porque ha elegido un momento crítico de su vida: la semana posterior a la muerte de Lady Di.

El resultado de esta apuesta es una película seria, muy documental, atrapada por minutos entre la contención (escenas de la Reina) y la crítica socarrona (tomas de Tony y Cherie Blair, Príncipe consorte Felipe o Príncipe Carlos). Muestra muchas imágenes reales, tomadas por las cadenas de televisión durante aquellos trágicos días, entremezcladas con la ficción de unos actores bien elegidos. El objetivo: mostrar a una reina que es monarca antes que persona, una mujer que siente deberse a su país antes que a sí misma. Y el resultado es bueno: basta con atender a la primera toma, una obertura inteligente en la que Helen Mirren posa con las mejores galas para un retrato real, el mismo día en que Tony Blair fue elegido por votación popular. Serena, próxima al hieratismo, Mirren-Isabel II sentencia: “Debe de ser maravilloso poder ser parcial”. En ese momento, el espectador nota que está ante una película diferente, con una protagonista muy poco al uso. Simplemente por ello, la invitación ya resulta interesante.

Los valores añadidos van desfilando más tarde por orden de importancia: Mirren abre la cinta desde el negro y después de su primera pose con arenga incluida, Frears presenta su gran cuadro británico. No es la primera vez que el director actúa como pintor costumbrista en la gran pantalla (recordar Mary Reilly, Mrs Henderson presenta o la mejor de ellas, Café Irlandés), pero quizá pueda ser la mejor. En el gran retrato de familia se puede destacar a Michael Sheen, en el papel de Tony Blair. El actor, conocido en el teatro británico, no hace la interpretación de su vida. Sin embargo, su parecido físico con el Primer Ministro y su lenguaje corporal y gestual le hacen verosímil para ser inquilino del número 10 de Downing Street. Si alguien le quiere conocer mejor, podrá verle en pocas semanas junto a Leonardo Di Caprio en Blood Diamond. Hasta entonces, hace suyo un Blair joven, recién elegido por mayoría aplastante, pero asustado por la magnificencia de su reina. Le acompaña Helen McCrory, otra londinense (esta película no podía tener muchos aromas estadounidenses), que borda a una Cherie Blair moderna, antimonárquica y algo exagerada. McCrory-Cherie hace una reverencia estrafalaria y cómica ante Su Majetad y gestos como ese no gustaron a los británicos de pro ni a los abogados de palacio que asistieron al estreno. Sin embargo, sus gracietas quitan hierro al filme y son puntos de distensión para los espectadores que no somos británicos. Hablando de risas, Frears se ríe de la Reina Madre, interpretada por Sylvia Syms: bebe un vodka con aceituna incluida y la cámara se ocupa y preocupa de mostrarlo como un gesto habitual y natural de la gran madre.

Bromas aparte, The Queen merece ser vista (en versión original esta vez) para ver a una actriz que deja de serlo. Se mete en su personaje y hace sentir al público que el Gran Hermano se ha metido en palacio. Con Oscar o sin él, Helen Mirren demuestra que es una gran actriz y que llena la pantalla ella sola (sin corona, ni cetro).

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