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Opinión
Etiquetas:   Ver   juzgar y actuar  

Sobre la pena de muerte

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
jueves, 16 de noviembre de 2006, 00:08 h (CET)
Con motivo de la sentencia dictada por un tribunal iraquí, condenando a la horca a Sadam por algunos de sus crímenes, se han levantado múltiples voces contra la pena de muerte como algo innecesario cuando actualmente los estados cuentan con medios suficientes para apartar de la sociedad a estos elementos peligrosos, (es dudoso que esto sea cierto en Irak) y su nulo poder ejemplarizante. Pero esta defensa de la abolición, que comparto plenamente, ha servido a muchos para ajustar cuentas con el pasado ante el que nos consideramos con una altura moral indiscutible y esto no está tan claro. Cuando juzgamos el pasado desde el presente, pienso que se nos pueden escapar importantes datos de las épocas que enjuiciamos.

En el mundo occidental la pena de muerte ha estado vigente hasta hace poco tiempo pero los jueces que condenaban, los condenados y buena parte de la sociedad creían en una vida eterna, más allá de la muerte. Por eso se preocupaban de ofrecer al condenado medios espirituales que le facilitaran salvarse para la eternidad. Los jueces se sentían autorizados, en nombre del bien de aquellas sociedades, a quitar esta vida mortal a los culpables pero no a que pudieran disfrutar de la salvación eterna en la otra. Recordemos como Hamlet decide matar al asesino de su padre pero lo encuentra arrepentido y rezando; desiste de hacerlo en aquel momento ya que así podría ir al cielo y no sería venganza sino beneficio y decide esperar a un momento en que este ebrio, airado, lujurioso, juegue o jure y así vaya al infierno. (Acto III, escena III)

Hoy cuando mucha gente ha dejado de creer en otra vida más allá de la muerte, en la que podríamos ser perdonados o condenados, hemos reducido nuestra existencia a este mundo y dejado de entender lo que podía significar la pena de muerte en el pasado. Nuestra tendencia a creernos los primeros hombres civilizados no me parece muy justificada, vivimos a hombros de los que nos precedieron, aunque nos cueste reconocerlo.

En cuanto a la pretendida altura moral de nuestro tiempo por rechazar y abolir la pena de muerte, abolición que personalmente desearía fuera universal, tengo mis dudas. Me parece una hipocresía inaceptable que, al mismo tiempo que nos oponemos a la ejecución de los culpables, aceptemos tranquilamente el aborto. La vida del no nacido, y ¿quién más inocente?, no merece ninguna consideración social. Una sexualidad sin responsabilidad y un hedonismo rampante encuentra mil caminos para eliminar una criatura en gestación. Nuestro respeto por la vida, al oponernos a la pena de muerte, me parece absolutamente insuficiente si seguimos aceptando el aborto. ¡Hay más preocupación porque no se malogre una cría de lince que por la carnicería que representan diez abortos cada hora en España, cien mil al año!

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