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Etiquetas:   A pie de calle   -   Sección:   Opinión

Mal maestro

Paco Milla
Paco Milla
jueves, 16 de noviembre de 2006, 00:08 h (CET)
La labor fundamental de alguien que enseña (y que por tanto se supone que tiene alguna influencia sobre los enseñados), debe ser, no ya la de leerles o avisarles sobre el futuro, sino la de ponerlos en el mejor de los caminos posibles, cual si de coche de scalextric se tratara.

Por este motivo, me reconozco como mal maestro, ya que sin duda malo ha de ser quien aconseja a un adolescente, lo que yo mismo haría como adulto, pero ya debo tener como destino seguro el infierno, pues cuando me preguntan los jóvenes a los que entreno sobre cualquier tema que les importa en grado sumo, siempre les contesto lo mismo: pues lo que yo haría, sería…

Uno de ellos, la semana pasada me expresaba su preocupación tras una clase, debido a que Covadonga, su novia desde hace tres años (que también entrena con nosotros) le ha retirado la palabra, el trato e incluso las miradas que inyectadas de complicidad se lanzaban durante el entrenamiento. Ambos son cinturones marrones y el color negro es la meta mas deseada, según se acerca la fecha.

Ambos comenzaron sus clases conmigo a la edad de seis años. Les he visto metamorfosear, como a tantos otros. En su día me obsequiaron con un recordatorio de su comunión, como tantos otros. Siguieron creciendo y la sonrisa era perenne en sus bocas… como en tantos otros.

Llegó un día en el que, repito, tras haberse conocido en el tatami, decidieron de mutuo acuerdo, que podían olerse el aliento adolescente que de sus bocas manaba, a una cortísima distancia, e incluso hacer chasquear sus aparatos correctores cuando intentaban un metálico beso… y así lo hicieron.

Decidí separarlos unos metros en clase porque cuando hacían combate juntos , resultaba la pelea mas dulzona que jamás nadie viera y sus compañeros/eras en vez de trabajar, estaban pendientes de los manotazos cariñosos que se daban mientras el cupido de guardia aquel día, lo inundaba todo.

No se si aquello era de risa, o rozaba lo kafkiano, pero los separé. Un día Jordan (uno de ellos) me dijo: profe: no los pongas juntos a hacer combate… ¡se aman demasiado!

Ante el descojone general de la clase y el mio propio,pensé que era un buen consejo.

Pero ahora, el chaval me confesaba que unos mensajes en su móvil, habían sido vistos por la niña y que debido a que provenían de los teléfonos de varias amigas y con el consiguiente “fuera de contexto total y absoluto” Covadonga les había dado a aquellos mensajes, el significado que a ella le había parecido oportuno.

El crío lloraba según lo narraba y juraba y perjuraba que era inocente, pero ella le había dicho: ¡te pillé, eres culpable y hasta aquí lo nuestro! ¡Hemos acabado!

Y comienzo el articulo diciendo que soy un mal maestro, por la respuesta que le di, (pero oiga, que a gusto me quedé)… es mas, mañana lo volvería a hacer. Mea culpa por decirle:

“Si alguien te juzga y condena en la misma frase, sin mediar coma alguna, ni pausa razonable, entonces siento decirte esto: la próxima vez…ASEGURATE DE SER CULPABLE”. Que el cielo me perdone… o no, mejor que no, ¡que me condenen!

Si me han de cortar la cabeza, prefiero ser culpable, porque en caso contrario se te debe quedar una cara de gilipollas cuando cae la guillotina, vamos que no quiero ni pensarlo. Culpable, coño.

Se aceptan quejas, insultos y recuerdos a mi madre en la dirección pabormi@hotmail.com, prometiendo leerlos todos... INCLUSO CONTESTARLOS.

Pido perdón a sus excelencias ofendidas, pero ya digo... ¡soy mal maestro!

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