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Etiquetas:   Crítica de cine  

'Un buen año': Russell Crowe se enamora en la Provenza francesa

Graciela Padilla
Redacción
martes, 19 de diciembre de 2006, 22:23 h (CET)
El director Ridley Scott y su amigo íntimo, Russell Crowe, han sorprendido a muchos fans cambiando de registro. El tándem que resucitó el género peplum con Gladiator, se ha sacado de la manga, inesperadamente, una comedia romántica. Sin embargo, la sorpresa es grata, cuanto menos aceptable.

Russell Crowe interpreta en Un buen año a un banquero de inversión londinense, Max Skinner. Un hombre de éxito, rico, al frente de un gran equipo de “brokers” a los que se refiere como “esclavos”. Es frío y, como se dice en la película, sólo trabaja: “Max Skinner no tiene vacaciones”. Sin embargo, su vida cambia cuando recibe una carta desde Francia. Su tío Henry, con el que pasaba los veranos de la infancia, ha fallecido. Como único heredero, Max recibirá la mansión y el inmenso viñedo de su tío. Tiene que viajar a Francia para venderlo. Pero el viaje, como se puede prever en estos casos, le cambiará la vida con romance incluido.

En Francia, el personaje de Russell Crowe se reencuentra con su pasado y la película nos proporciona los momentos más bellos gracias a unos flashbacks muy cuidados estéticamente. La fotografía amarillenta, la música y los silencios trasladan al espectador a un pasado, donde el pequeño Max aprendió qué es la vida gracias a las charlas de su tío. En esas escenas, Albert Finney y el joven Freddie Highmore son los protagonistas. El primero, tío Henry, es un vividor, rico y gran conocedor de los placeres de la vida: comida, vino, sexo… El actor británico aporta un punto cómico y melodramático a la vez, cercano a sus interpretaciones de Big Fish y Ocean´s Eleven. Finney ya ha demostrado en otras ocasiones que es un gran actor (véanse Traffic o Erin Brockovich), por lo que aquí se puede limitar a disfrutar del vino. Frente a él, Freddie Highmore, de 14 años, interpreta al pequeño Max. El niño-actor de Descubriendo Nunca Jamás o Charlie y la fábrica de chocolate, sigue sin madurar físicamente, pero demuestra que es un pequeño profesional.

El resto de la película es responsabilidad de Russell Crowe, que se debate entre seguir los consejos de su tío o volver a Londres para vivir su no-vida. El neozelandés de nacimiento y australiano de adopción, está correcto en su papel. Es un actor apropiado por su físico y presencia, pero aún nos queda mucho para verle como actor. El recuerdo de El dilema, Gladiator (Óscar ganado), Una mente maravillosa (sin Óscar, pero nominado y más merecido que el anterior), Master and Commander o Cinderella Man (última experiencia cercana otra vez al Oscar), deja su poso y buscamos al Crowe de esas películas en esta ocasión. Aquí no está. Tratándose de una comedia romántica no se le pueden pedir peras al olmo. El actor deja claro que se le da mejor el drama, pero que se lo ha pasado muy bien. Habrá que esperar a sus próximas cintas para ver al Crowe anterior a Un buen año (American Gangster, también de Ridley Scott, y 3:10 to Yuma, de James Mangold y co-protagonizada por Christian Bale, prometen y ya están cerca).

Eso no quiere decir que estemos ante una película mala. Lo que ocurre es que no hay grandes pretensiones. La última de Scott simplemente quiere que pasemos, aludiendo a su título, “un buen rato”. No pasará a la historia, pero tampoco lo pretendía. El guión de Marc Klein (también autor del libreto de Serendipity, otra comedia romántica) es un caramelo para hacer una TV-movie, aunque Scott (dólares mediante) lo ha convertido en una gran producción con actores de renombre (Crowe, Finney y la protagonista femenina, Marion Cotillard, francesa, guapa, correcta y vista en Big Fish, Taxi 1, 2 y 3, o Largo Domingo de Noviazgo). El problema, como le ocurre a Crowe, es que los títulos anteriores también le pesan y aquí se aleja de Alien, Blade Runner, Thelma y Louise, Gladiator o Black Hawk: Derribado. Pero también merece hacer productos más relajados y menos trascendentes, como la película que nos ocupa.

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