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Etiquetas:   Copo   -   Sección:   Opinión

Amando se entiende la gente

Rajoy no se asomó a la terraza para dar la cara
José García Pérez
jueves, 31 de julio de 2014, 07:12 h (CET)
No aprendo. Una y otra vez tropiezo en la misma piedra, ya saben: la política. Sobre las 12:30 horas tenía todo preparado y a mano: la jarra de agua, el maldito malboro, el encendedor, un vaso más limpio que la cuenta corriente de un jornalero onubense, un lápiz con la punta perfectamente afilada, su correspondiente bloc de notas y dos o tres mandos preparados para no perderme ni un instante del encuentro entre Rajoy y Mas.

Como el dicho popular es “hablando se entiende la gente” y un servidor es la mar de inocente, pues me dije: “estos dos se entienden hoy a la hora de charlar un rato largo sobre la consulta soberanista prevista por el hijo político del ex honorable Jordi, un hombre ya normalete.”

Pues eso que se dieron los dátiles, esperaron el disparo de los clics y se introdujeron en el Palacete de la Moncloa; ellos sabrán de lo que farfullaron durante más de un par de horas, pero tengo la impresión de que la posible morterada estuvo rondando más de lo debido entre los bucles del eco de la conversación.

Mientras esperaba, bebía agua ya que la hora no era la más adecuada para mis gustos. Esperé a que Artur hiciera acto de presencia en una librería con la senyera a sus espaldas para marcar diferencia y comenzó a disertar en catalán; a través de mi buen amigo Jack voy aprendiendo dicha lengua y comprendí que Mariano no había logrado convencerlo para que desistiera en su empeño independentista, por lo que intuí que estaba ante una nueva tomadura del poquillo pelo que me queda y que me recojo en tan ridícula coleta.

Rajoy no se asomó a la terraza para dar la cara; iba ya a desesperar del todo, cuando he aquí que sonó el teléfono y la voz más deliciosa jamás escuchada, de mujer por supuesto, susurró:

¿nos vemos?.

Anoté el lugar con el lápiz de afilada punta y me las piré tras beberme un vaso de agua. Mucho calor y más frío, antípodas que se besan en la apresurada locura de amor.

Pulsé con la yema de mi dedo índice el 4º-C y la puerta del portal se abrió con parsimonia; y tras subir en el ascensor la del 4º-C se encontraba entreabierta. Y allí estaba ella cubierta con una senyera de seda que se deslizó hacia sus pies y sin mediar palabra nos amamos.

Hablamos la lengua del amor y fuimos tan sólo un solo ser, una realidad, algo más que una nación; fuimos un mundo, un universo.
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