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Etiquetas:   El espectador   -   Sección:   Opinión

El hambre de los 'comebarato'

Jorge Hernández

jueves, 16 de noviembre de 2006, 00:08 h (CET)
Koller el protagonista de ‘Los comebarato’ de Thomas Bernhard, acude constantemente y a diario al comedor público de Viena, un lugar en el que los comensales siempre solicitan el menú más barato. Es posiblemente la obra más arrebatadora del genio austriaco: hay destrucción de la vida del protagonista; destrucción del texto, que vuelve sobre sí mismo sin cesar hasta perder ritmo y sentido, y destrucción de la estética tradicional de la novela. Una obra maestra.

Me resulta inevitable volver a recordar ‘Los comebarato’ cuando reflexiono en torno al estado de descomposición moral en el que se encuentra la clase política española, donde los comensales casualmente también se reparten el menú que más les conviene en los comedores públicos porque tienen hambre.

La absoluta desconfianza de los ciudadanos hacia la clase política que los representa, el desprestigio y la poca credibilidad de los partidos políticos en España no son más que el efecto de una profunda falta de renovación que les hace proyectar una imagen de partidos cansinos, arcaicos y de desfasado discurso. Su liderazgo, con escasas excepciones, ha hecho de la política una profesión ‘rentable’, parasitándola y desnaturalizando aquello que debe ser el arte y ciencia de gobernar, cuyas claves ya han sido convenientemente glosadas primero por Maquiavelo, después por Weber y luego por Ortega.

A nadie se le escapa que los políticos de este pais han devenido en ‘camarilla’. Sólo buscan satisfacer intereses personales o de grupo. Es obvio que no reconocen a los españoles como el pueblo mandante, que le delegan temporalmente su autoridad para vincularse con la autoridad municipal, regional o nacional.

Se han convertido en comensales asiduos de ágapes, cócteles, desayunos, comidas, cenas, banquetes, festines, convites, comilonas, merendolas y francachelas en los que, no se resuelven precisamente los asuntos de los ciudadanos.

Es urgente una renovación intelectual y generacional de la clase política, que destaque la necesidad, no sólo de abrazar principios y valores, sino de vivirlos a fin de hacer viable un ‘buen gobierno’. Mujeres y hombres capaces de mantenerse íntegros y fieles a sus convicciones, que tengan la valentía de pedir perdón públicamente cuando se equivocan, entre otras cosas porque eso les confiere credibilidad.

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