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Etiquetas:   El envés   -   Sección:   Opinión

Nada que hacer

El problema es cuando actuamos como si el ocio no tuviera valor sin precio
José Carlos García Fajardo
martes, 29 de julio de 2014, 07:16 h (CET)
Actuamos como si el ocio no tuviera valor sin precio, de ahí el ne-gocio que se define por su rentabilidad. Así hemos hecho del quehacer un trabajo, un tripalium, instrumento de tortura para los romanos y de donde hemos derivado la palabra trabajo.

Me desconcertó leer en Facebook “Nada pesa más que no tener nada que hacer”. Lo peor es que lo había escrito un antiguo alumno mío y me sentí como alguien con un sombrero lleno de lluvia o empeñado en recoger agua en un cesto. ¿Por qué siempre hemos de tener que hacer algo? En China se dice Wu-Wei, hacer sin hacer, saberse, ser uno mismo, estar siendo, respirar, contemplar. A veces, una frase como esa da para un artículo pero no deja de ser una confesión de aburrimiento, de falta de imaginación... ¿Cómo va a pesar la nada? Es una contradicción en los términos, una petición de principio. Me vinieron a la mente lo escrito sobre unas grandes sábanas que colgamos en el hall de nuestra facultad: “Pueden los que creen que pueden”, “Lo hicieron porque no sabían que era imposible” y ésta de Orwell “Si nadie nos tiene que mandar, ¿a qué esperamos?” El problema es cuando actuamos como si el ocio no tuviera valor sin precio, de ahí el ne-gocio (tan calvinista) que se define por su rentabilidad. Así hemos hecho del quehacer un trabajo, un tripalium, instrumento de tortura para los romanos y de donde hemos derivado la palabra trabajo que en español podría denominarse faena, hacer o no hacer pero que comporta saberse. Esta obsesión por creer que hay que justificar la existencia, como si nos hubieran pedido permiso para nacer.

De ahí también los sentimientos de culpa imbuidos desde la cuna. “¿Cómo estás ahí sin hacer nada? ¿Así vas a ser un hombre de provecho?”, mi madre. Habrá que recordar que la moral es una creación de la especie humana, por eso hay tantas “morales” como condicionamientos religiosos o ideológicos. Es un mecanismo de selección natural que hace que el hombre aparezca en la cima de una pirámide de desarrollo, porque el deber moral expresa una necesidad que no se encuentra en la naturaleza. La moral es desconocida para los animales pero los seres humanos se han inventado una serie de normas para que puedan sobrevivir los más aptos. Este concepto ha evolucionado desde las personas se han servido de las tecnologías como instrumentos de poder.

Del conocimiento al servicio de los poderosos en nombre de una supuesta raza superior, de una genética determinada, de una religión, de un territorio o de una ideología. Elevaron las anécdotas del poder circunstancial a categorías, y éstas a dogmas. Los hombres inventaron dioses a su imagen y semejanza, y no al contrario. Les hicieron hablar y las castas sacerdotales interpretaron sus pretendidas revelaciones.

Alcanzada la razón ésta es capaz de configurar un marco de referencia ideal al cual debe adaptarse la existencia. Ese deber que no es sino un recurso útil para mantener el orden y las reglas por los que mandan, o deliradas por algunos. Benedicto VI preguntaba en su visita a los campos de exterminio nazis “¿Dónde estaba Dios cuando se producían estas cosas? Nosotros nos hacemos la pregunta ante las guerras, injusticias, explotación de unos pueblos por otros, torturas, conquistas, genocidios, esclavitud, imperialismos y religiones fundamentalistas e ideologías que continúan imperando. Entre ellas, la del pensamiento único, la del poder de los mercados financieros, la de la seguridad a cualquier precio y por los medios que sean.

No es fácil admitir la existencia de un dios bondadoso, clemente y misericordioso para reparar todo el daño que en su nombre o a sus espaldas se ha cometido y se comete. Es más coherente vivir como si no existieran sino el aquí y ahora de una existencia contingente y efímera que dura hasta morir. Y vivir hasta morir es vivir lo suficiente. Con Sócrates respondemos a la inquietud de si hay vida después de la muerte.

Despertarnos y caer en la cuenta de que ir al mercado o al trabajo es la cosa más importante que podemos hacer ese día y a esa hora. Es un auténtico acto trascendente, un sacrificio en el sentido etimológico del término. Una ofrenda y celebración, un saberse en el orden que rige el universo, no el orden establecido por los hombres instrumentalizando la razón y confundiendo la información con el conocimiento. Co-gnoscere es ver dentro, hacerse uno con las cosas, saberse en comunión, libre y responsable a la vez. De ahí la importancia de ir al mercado para comprar lo necesario. Y toda creación asumida libera, expresa, alivia y consuela.
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