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Etiquetas:   Cultura   Filosofía   -   Sección:   Opinión

La sociedad ideal de Alfarabi

Los principios racionales son para Alfarabi los que deben regir las decisiones de los gobernantes
José Manuel López García
sábado, 26 de julio de 2014, 06:00 h (CET)
Este gran pensador islámico murió en el año 950 y es conocido por el sobrenombre de «el Segundo Maestro», ya que después de Aristóteles aportó con sus obras médicas, filosóficas y matemáticas un caudal de conocimientos y comentarios extraordinariamente valiosos. Ciertamente, en su libro ‘La Ciudad Ideal’ este sabio musulmán ya reflexiona acerca del modelo de sociedad que, a su juicio, debe fundamentarse en la ciencia política y en la inteligencia práctica. Parte de un reconocimiento de que es legítima la pretensión de realizar plenamente la perfección humana en la realidad social.

Los principios racionales son para Alfarabi los que deben regir las decisiones de los gobernantes, precisamente, para que sea posible la felicidad común de los ciudadanos. Reitera la necesidad de una rigurosa solidaridad social, porque todos los individuos logran su concreta realización personal, si toda la sociedad goza. Escribe Alfarabi: «La sociedad en que todos se ayudan para obtener la felicidad es la Sociedad Modelo». Critica este filósofo varios tipos de sociedades reales imperfectas que él clasificó acertadamente de acuerdo con las categorías filosóficas del siglo X. El primer tipo se puede denominar sociedad tecnocrática usando el lenguaje actual, o régimen social de la pura necesidad. En esta clase de sociedad parece que lo esencial es la adquisición de la mayor cantidad de bienes materiales, pero sin una redistribución igualitaria. Si bien este estado social puede degenerar, y convertirse según Alfarabi en la sociedad de la riqueza o de la opulencia en la que los medios utilizados para atesorar bienes dejan de importar. Aunque la degradación social y política puede alcanzar mayores niveles, en un desarrollo negativo del orden comunitario.

De este modo, se llega a la sociedad innnoble o depravada que es equivalente al consumismo y hedonismo actual. Las preferencias de Alfarabi son, claramente, las de la existencia de una sociedad del honor, porque para él es indudable, lógicamente, que el poder tiránico es el mayor de los males para la sociedad. También plantea el riesgo del surgimiento de una sociedad demagógica que se fundamenta en el gobierno de la masa, pero perjudicando los intereses de los ciudadanos, porque se basa en la satisfacción de los caprichos de cada uno, sin contemplar y respetar los derechos de todos.

El interés de este pensador es, precisamente, establecer lo deseable de un modelo de estado social ideal aunque pueda ser calificado de utópico. Alfarabi escribe que: «El Estado Modelo se opone desde luego al Estado ignorante, al Estado corrompido o inmoral, al Estado versátil o alterado, al Estado extraviado». En todo caso, el procedimiento mejor para reconducir la situación social y ciudadana es la perseverancia en las buenas conductas, algo que se deriva directamente de lo escrito por Alfarabi, y que es extrapolable a la sociedad actual. Aunque no conviene olvidar que la influencia del neoplatonismo y el misticismo oriental están presentes en este sabio, puesto que afirma, entre otras cosas, que el hombre se esfuerza por asemejarse a Dios. Considero que el bienestar general es algo lograble, pero depende de la eliminación de las prácticas políticas corruptas, y de la elaboración de sistemas normativos que impidan de un modo efectivo que la corrupción económica y política siga existiendo.

También se echan de menos, en mi opinión, discusiones pormenorizadas de expertos en cuestiones económicas de distintas tendencias, ya que la diversidad y el pluralismo de ideas puede clarificar muchos aspectos que son matizables y debatibles. Además, los dirigentes políticos deben huir de la ignorancia y no deben conformarse con una política de mínimos sino con una de máximos. Porque arriesgar con medidas económicas más innovadoras y radicales dentro de unos límites, no es algo contradictorio ni opuesto al sentido común.

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