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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

El carrusel de la puerta giratoria

Francisco Arias Solís
Redacción
lunes, 13 de noviembre de 2006, 23:47 h (CET)
“Yo conocí siendo niño
la alegría de dar vueltas
sobre un corcel colorado,
en una noche de fiesta.”


Antonio Machado.

Toda puerta es un obstáculo a la hora de entrar o salir a cualquier sitio, pero la puerta giratoria es, además, una auténtica barrera social, una clave que sólo conocen los elegidos, un derecho de admisión implícito que se colocaba en grandes hoteles, los bancos de prestigio y los clubes privados para impedir que entrase el paisanaje y pusiese perdida la moqueta. La puerta giratoria constituía también una trampa en caso de incendio o de cualquier otra emergencia, pero eso al parecer tenía poca importancia.

La puerta giratoria fue la primera puerta blindada que se instaló antes de que se blindasen las puertas, su éxito radicaba en el pavor que el español demuestra ante el ridículo y que se refleja en la frase sentir vergüenza ajena. El español puede ser trágico, dramático, cómico, sublime, cursi, hortera; puede ser todo excepto ridículo. Hacer el ridículo es el peor de los pecados, la mayor de las desdichas, por eso ni siquiera se le desea al mayor de los enemigos. Se siente vergüenza ajena ante el resbalón social de los otros, ante el comportamiento inadecuado de los demás.

Había que ser un dandi de las puertas giratorias para entrar y salir con desenvoltura de aquel laberinto, había que empujar la barra dorada lo justo para imprimir al giro la velocidad correcta; los que no frecuentaban lugares tan distinguidos y de tan difícil acceso para la mayoría de los ciudadanos, gracias a la puerta giratoria, se ponían nerviosos; salían disparados, se dejaban medio brazo en el intento, se convertían en polizón del habitáculo del usuario precedente y ya nunca, jamás serían uno más del batallón de los elegidos, la flor y nata de una sociedad que permanecía atrapada por una puerta giratoria.

De niño siempre me causó extrañeza que personas de todas las edades, pero sobre todo, de edades avanzadas se lanzaran como locos a dar una vuelta en el carrusel de la puerta giratoria. Sentía una piedad infinita por aquella gente tan rara y tan ridícula que para entrar o salir se veían obligada a dar antes casi una vuelta. Creía, entonces, que aquellos individuos no habían conocido la alegría de dar vueltas en un tiovivo de cualquier feria. En aquella época de puertas giratorias, en esta vieja tierra del Sur, se hizo popular la letra de esta copla: “Siempre me echabas achaque / para no salirme a hablar; / lo que es tiempo te sobraba; / te faltaba agilidad”.

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