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Etiquetas:   Reales de vellón  

El capital-riesgo y los jóvenes emprendedores

Sergio Brosa
Sergio Brosa
lunes, 13 de noviembre de 2006, 23:47 h (CET)
Los países necesitan de una red empresarial que les proporcione seguridad económica y garantice su futuro. Las empresas asentadas y consolidadas representan el presente y buena parte del futuro económico mercantil, ya sea agrícola, industrial, comercial o de servicios. Pero una parte importante de ese futuro viene representado por las empresas que hoy están accediendo al mercado, ocupando nichos vacíos y segmentos enteros de mercado, aportando innovación fruto de la investigación –universitaria en muchos casos– e introduciendo nuevos productos que nadie echaba en falta y pasan a ocupar las primeras líneas en el mercado de consumo, originando grandes volúmenes de negocio, como los iPod’s, reproductores digitales de sonido.

No vamos a remontarnos ahora a la aparición de Apple en un garaje doméstico, impulsado por Steve Wozniak y otros antiguos piratas telefónicos, adoradores de nuevas formas de comunicación global y apasionados de cualquier elemento electrónico para sacarle las utilidades más insospechadas hasta llegar al iPod. Sin embargo, algo de aquello sigue hoy vigente en los nuevos emprendedores que precisan, como en su día Wozniak y sus colegas, financiación para echar a andar –o a correr– su imaginación y plasmarla en proyectos empresariales susceptibles de generar un negocio mercantil con futuro.

Desde el lado de la mesa del financiero de turno, nuevos emprendedores son personas jóvenes con inquietudes empresariales, normalmente con formación académica y cierta experiencia profesional que han identificado un producto nuevo para ser introducido en el mercado, ya sea en su concepción o proceso de fabricación o un servicio en demanda latente; que la gente pediría si conociera de su existencia.

La fórmula clásica de financiación de la banca tradicional, dar dinero a quien tiene solvencia que viene a ser lo mismo que dar un paraguas cuando no llueve y retirarlo cuando empieza a chispear, no vale para los nuevos emprendedores necesitados de recursos financieros. Así, financieros con imaginación de nuevos emprendedores, idearon sistemas de colaboración económico-financiera para acometer las inyecciones de dinero necesarias para el desarrollo de los nuevos negocios.

Una de las fórmulas que más se extendieron en este campo fue la del capital-riesgo. La empresa de capital-riesgo toma una participación minoritaria en el capital social de la nueva empresa y confía en rentabilizar su inversión con una participación en los beneficios futuros y, al final, en la plusvalía por la venta de sus acciones que puede estar o no, pactada de antemano. Dicho así, es sencillo. Sólo hay que creer en el emprendedor y su empresa.

Pero la realidad de la vida es muy otra. Los financieros conocen de finanzas, en el mejor de los casos, pues en muchos sólo conocen de garantías y desconocen absolutamente todo sobre nuevas tecnologías, nuevos productos, el entorno del mercado y sus imprevistas oscilaciones.

En efecto, Aprocat, S.A., era ya una pequeña pero sólida empresa española, radicada en Cataluña, líder en su sector de recuperación de residuos animales muy contaminantes que, con gran esfuerzo, investigación, desarrollo e innovación, sacando al mercado productos para las industrias cárnicas de los que no había demanda por su novedad y el apoyo financiero del capital-riesgo y de otro socio, llegó a hacerse un hueco en el mercado mundial de componentes para piensos, siendo un producto alternativo y más barato que la tradicional haba de soja, que cotiza en los mercados internacionales de primeras materias (commodities). Tal era la proyección de la compañía que decidió duplicar su planta de producción con un multimillonario presupuesto de inversión. En tanto se efectuaban las obras de ampliación de la fábrica, entraron nuevos operadores en el mercado internacional de la soja, cayó su cotización y ya no volvió a recuperar el precio a los antiguos niveles, haciendo inviable la venta del principal producto de Aprocat, por resultar antieconómico. Y el consecuente descalabro de la empresa fue insuperable. Hoy Aprocat, reciclada y con nuevos socios, está centrada en la recuperación de residuos. ¿Quién podía prever este cambio? El socio financiero desde luego que no.

Este caso es tan sólo un ejemplo de la evolución general del capital-riesgo en las miles de ocasiones que ha entrado a colaborar con jóvenes emprendedores y no tan jóvenes. Es por ello que, en la actualidad, las empresas de capital-riesgo no participan en proyectos que carezcan de sólidos componentes inmobiliarios que garanticen su contribución en el capital de las nuevas empresas. Ya no son aquel capital-semilla para iniciar una nueva actividad empresarial sino que entran únicamente en proyectos de crecimiento de empresas consolidadas.

El desconocimiento del segmento de mercado en el que se sumerge una empresa de capital-riesgo, por mucho estudio que realice el financiero, no puede ya compensarse con la confianza en el emprendedor, como ocurría inicialmente. Los inversores han de garantizarse la recuperación de su inversión. Es por ello que los nuevos inversores en proyectos pioneros son denominados “angel investors” o “business angels”, pues hay que ser muy angelical para invertir en negocios que se desconocen.

Pero sigue siendo prioritario para todos los países la creación de nuevas empresas que aporten valor añadido, innovación, puestos de trabajo para nuevas profesiones y, en definitiva, riqueza y perspectivas de futuro a su propio país. Es por ello que aquel primitivo rol de las empresas de capital-semilla, actualmente ha de ser asumido por los poderes públicos que, lejos de dirigir la actividad mercantil de su país, sí han de ordenarla y favorecer la aparición de jóvenes emprendedores, aportando el necesario apoyo estratégico que toda nueva empresa demanda para germinar, pues tales empresas, a la larga, han de suplir también los enormes vacíos que originan las deslocalizaciones.

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