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Es más fácil deshacerse del secretario de Defensa que de su herencia

Vladímir Símonov
Redacción
lunes, 13 de noviembre de 2006, 23:47 h (CET)
Se ha requerido demasiado tiempo para que Bush se hiciera eco del buen consejo. Durante cuatro años se le ha venido explicando que en muchos aspectos, por culpa del principal arquitecto de la guerra en Irak, Donald Rumsfeld, ésta no marchaba bien. El presidente no ha prestado oído, calificando a sus críticos de derrotistas carentes de patriotismo. Entretanto, Rumsfeld venía cometiendo un error tras otro.

Para ganar rápidamente las batallas terrestres en Irak, el secretario de Defensa utilizaba fuerzas relativamente numerosas que no podían surtir efecto en una guerra de guerrillas. Rumsfeld se negaba a admitir la idea de que los iraquíes pudieran sentir odio hacia el Ejército de ocupación norteamericano. Pero, no obstante, lo odiaron. Como jefe militar, a Rumsfeld le faltaba flexibilidad y paciencia, las que habrían contribuido a que su infantería diversificara la táctica de la guerra desencadenada contra un pueblo ajeno y en tierra ajena.

En resumidas cuentas, el fracaso en Irak y la personalidad de Rumsfeld se convirtieron en dogal al cuello de George Bush. Solamente al sufrir el batacazo electoral en los comicios legislativos el mandatario norteamericano comprendió al fin la verdadera realidad. Ahora a él le parece que al ser destituido el secretario de Defensa, consiguió liberarse a sí mismo y a su Administración del amenazador dogal. Pero, a pesar suyo, no es así.

No es suficiente reconocer, como acaba de hacerlo Bush, que los republicanos han perdido el control de ambas Cámaras del Congreso debido a la “falta de progreso en Irak”. Es inconmensurablemente más difícil dar respuesta al interrogante siguiente: ¿qué cambios concretos habrá de sufrir la malograda política de EE UU en Irak?

Norteamérica no ha oído aún del presidente nada más que vagos llamamientos a que los gobernantes locales de Bagdad asuman mayor responsabilidad militar y política.

El único consuelo para Bush es que sus rivales demócratas no tienen más ideas que él respecto a Irak. Harry Reid y Nancy Pelosi, líderes de los demócratas, insisten atropellándose en una “perspectiva nueva” y en “el cambio del rumbo”, pero mantienen en secreto esas iniciativas, las que, de hecho, no son más que palabras hueras.

Al parecer, los demócratas tampoco ven el lazo tendido por la Administración republicana a los ganadores de las legislativas.

Al liberarse de Rumsfeld, antes de que la nueva mayoría en el Congreso se ponga a investigar las dudosas decisiones del secretario de Defensa relativas al caos en Irak, Bush busca evitar su responsabilidad por el pasado y concentrar los debates del Congreso en el porvenir. El designio es bastante transparente: ir adelante, es decir, soslayar la investigación parlamentaria y el posible impeachment.

Naturalmente, es necesario elaborar un nuevo plan sobre Irak. Quienes están en su sano juicio no pueden estar interesados en que ese país se convierta en una teocracia islamista radical a imagen y semejanza del reciente Afganistán. Después de lo que Norteamérica ha hecho en ese país, ella no tiene ningún derecho a sumir al Irak destrozado, dividido al menos en tres fuerzas, en el caos de una guerra civil. Y en el caso de que se retire, Norteamérica tendrá que hacerlo de modo que no se vea perjudicada la seguridad global ni convertido Irak en poderoso vivero de terrorismo aunque ese proceso dure varios decenios.

Pero los problemas del comportamiento global de EE UU no se acaban con Irak. Tanto los republicanos deplorando su fracaso, como los demócratas jubilosos habrían de pensar que hoy para Norteamérica es más fácil deshacerse de tal persona como Donald Rumsfeld que de su herencia.

Procede recordar que el ex secretario de Defensa era uno de los principales inspiradores y autores del llamado “Proyecto de Nueva Era norteamericana”. El sentido de esa teoría elaborada en 1997 consiste en que EE UU posee hoy un poderío suficiente para formar un nuevo orden mundial al servicio de los principios e intereses norteamericanos. La Nueva Era habrá de ser presidida por Norteamérica.

Y se emprendieron intentos al respecto. Acude a la memoria noviembre de 2003, cuando Washington anunció el comienzo del “avance de la democracia y libertad” a la región del Gran Oriente Próximo. Esa zona dotada de riquísimos yacimientos de hidrocarburos, foco del Islam radical, debía de ser convertida en laboratorio experimental para implantar allí los valores occidentales.

Pero la catástrofe iraquí, el conflicto israelí-libanés y ahora la rotunda derrota sufrida por los republicanos en los comicios legislativos, también a causa de Irak, pusieron de manifiesto el carácter dudoso de tales planes.

La dimisión de Rumsfeld es muy oportuna. Pero más oportuno aún sería poner coto a su herencia principal: el Proyecto de Nueva Era norteamericana. Cabe comprender que es posible pegar la etiqueta de “marginados” a Irán o Corea del Norte, calificarlos de enemigos conjurados de Estados Unidos, pero ellos no deben ser reprimidos a sangre y fuego, política fracasada en Irak. Ya va siendo hora de que Norteamérica aprenda a vivir en armonía con la comunidad internacional.

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Vladímir Símonov, para RIA Nóvosti.


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