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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Sodoma y Gomorra palidecen ante el vicioso Magaluf

No puedo menos que sentir vergüenza ajena y percibirme personalmente agraviado
Miguel Massanet
miércoles, 23 de julio de 2014, 07:11 h (CET)
Es posible que, para algunos, todo debe decaer ante el dinero; que si se consigue hacer un buen negocio no importa a costa de que, de qué forma y con cuales consecuencias; que lo que antes se consideraba una indecencia, una depravación moral o constituía un escándalo para la ciudadanía, hoy en día es algo tolerable, nadie le concede la más mínima importancia y entra dentro de lo que, para las nuevas generaciones, es normal y constituye uno de los elementos de esta libertad y permisividad que la nueva filosofía del relativismo le atribuye a la humanidad, una vez que todos los límites éticos y morales han cedido ante el materialismo puro y duro.

Creo que fue Voltaire quien dijo aquello de que “si no existiera Dios habría que inventarlo” y no le faltaba razón a aquel personaje, cuyo ateísmo era proverbial. Es evidente que, aún prescindiendo de cualquier creencia religiosa, negando cualquier posibilidad de trascendencia a otro tipo de existencia post mortem o incluso, defendiendo a ultranza un epicureismo basado en sacarle a la vida todo tipo de goces y ventajas; no hay duda de que sería necesario establecer un cierto orden, de modo que unos, los más fuertes, los más poderosos, los mejor dotados y los más insensibles a hacer daño o perjudicar a los demás, no pudieran hacerse dueños de la situación en perjuicio del resto. Es muy curioso que algunos no quieran someterse a regla ninguna ni a límites en sus formas de actuar y, sin embargo, cuando se les molesta sean los primeros en protestar en contra de aquellos que consideran que violan su parcela personal.

Y en este contexto, no puedo menos que sentir vergüenza ajena, y percibirme personalmente agraviado, amén de quejarme de que, en mis queridas islas Baleares, parezca haberse instalado una delegación, que muy bien pudiera ser una parte de aquel Infierno que nos describía Dante Alígeri. Lo cierto es que parece que, tanto en Ibiza como en la misma Mallorca, mi patria chica, ( Menorca parece que, de momento, mantiene otro perfil menos mundano y degradado) han decidido prescindir de su proverbial deseo de mantener un turismo de calidad, de sostener un marchamo de excelencia en los servicios y optar por un tipo de turista más serio, más culto, más rico, más atraído por las bellezas naturales de nuestras islas, por su sol y por su propia cultura y gastronomía; que han sido, hasta hace unos años, el santo y seña de un turismo de perfección que, en lugar de constituir un pitorreo y un motivo de escarnio para quienes lo juzgan desde sus países de origen, era el que, en definitiva, enriquecía la economía de la región, prestigiaba nuestros establecimientos hoteleros y divulgaba nuestra cultura, rica y variada, por todo el resto del Mundo.


El que nuestros seculares clientes y visitantes, los ingleses, se estén mofando de nosotros, se rían del libertinaje de la juventud que nos visita, no para gozar de nuestras bellezas o del buen trato que tradicionalmente han recibido de los mallorquines e ibicencos, sino para poder emborracharse a gusto, entregarse a toda clase de orgías y, cuando ya parece que no les queda otra diversión o vicio al que dedicarse, tirarse de los balcones de los hoteles para romperse la crisma contra el cemento de las calles; no debiera ser algo que satisficiese a nuestras autoridades autonómicas o municipales aunque, quizá para algunos comerciantes con pocos escrúpulos, defensores del vicio, las drogas y la depravación sexual como medio de promocionar sus negocios, quizá consideren que, con tal de sacar beneficio, todo vale, aunque sea convertir a nuestras islas en un verdadero burdel colectivo.

Todavía tengo un claro recuerdo, aunque hace años que no los he visitado, de enclaves como Illetas, Palma Nova o Magaluf, en cuyas playas, un prodigio de transparencia, limpieza y tranquilidad de sus aguas, nos bañamos tantas veces disfrutando de su paz y belleza, sin tener idea de que, con el transcurso del tiempo, aparte de convertirse en lugares en los que la naturaleza ha dejado paso a gigantes de cemento, se hayan constituido en verdaderos emporios del libertinaje, el vicio, la sexualidad elevada a sus extremos más degradantes y la indecencia más soez y repugnante.

El presidente, señor Bauzá, debería haber tomado medidas para conservar el señorío que en otros tiempos tuvo la isla de Mallorca. Hubo tiempos en los que la calidad, la paz, el sosiego y el trato amable que percibían todos los turistas que recalaban en nuestra isla, se convertían en el mejor reclamo para los turistas pudientes, que se alojaban en hoteles de abolengo, como es el caso del Hotel Formentor en el que se hospedaba la flor y nata de la realeza, la política, el deporte, las artes y las ciencias, una creme de la alta sociedad que, a la vez, atraía a otros turistas deseosos de conocer aquellas tierras tan concurridas por personajes importantes. Mucho nos tememos que, de seguir por esta deriva, pronto las islas Baleares se conviertan en refugio de progres, de descarriados, gente viciosa, de mafias y de adictos a las drogas. Puede que, durante unos años, estos nuevos visitantes puedan enriquecer a algunos comerciantes desaprensivos o camellos, que puedan hacer su agosto vendiendo drogas pero, lo que sí es cierto es que, con ello, el prestigio que tantos años han necesitado las islas para forjar su leyenda de ser paraísos para el turismo, en poco tiempo se convierta en la calificación de ser: los burdeles del Mediterráneo.

Claro que todo ello se lo debemos al desmoronamiento de la moral tradicional, edificada no tanto en la doctrina católica, que también, sino en los principios y valores de una ciudadanía sana, trabajadora, amante de la tierra y acogedora con los que nos visitaban. Puede que para algunos seamos unos atrasados, que vivamos fuera de una realidad a la que repudiamos y que los tiempos son otros y las costumbres han cambiado. Es posible de que tengan razón, que convertir a España en una nación inhabitable donde el orden, la ética y las buenas costumbres, sean sustituidas por lugares en los que se lleven a cabo felaciones, no por dinero, por simple gusto y desvergüenza; donde se consientan las borracheras en medio de las calles o los drogatas campen por sus respetos asustando a los ciudadanos que quieran salir a tomar el aire por las calles; pero, qué quieren que les diga, para una persona que ya ve la vida desde la paz que le otorga haber llegado al final del camino, no hay quien le pueda convencer de que no vamos hacia una situación, que ya tiene antecedentes bíblicos, que puede conducirnos a lo que se podría calificar como el ocaso de la raza humana.

Abortos, anticonceptivos, matrimonios homosexuales, control de la natalidad, disminución de la calidad del semen de los machos, esterilidad en las mujeres, enfermedades sexuales como el SIDA nos arrastran, como ocurre en España, a una disminución de la natalidad y a un envejecimiento de la población. El camino nos lo marcan los que reniegan de los llamados tabúes religiosos pero, no obstante, nos quieren imponer sus propias teorías acerca de la sexualidad, la libertad sexual, los llamados “derechos de las mujeres”, la homosexualidad como equivalente a la heterosexualidad. Una peligrosa apuesta que le puede salir muy cara a la Humanidad. O así como, señores, desde la óptica de un ciudadano de a pie, contemplamos nostálgicos el correr de los tiempos.
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