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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

A la sombra del árbol de la ciencia

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
lunes, 13 de noviembre de 2006, 23:47 h (CET)
Me parece buena idea seguir replantando árboles, aunque hoy sean tímidos esquejes de los que ayer fueron grandes troncos y que, por otra parte, lo serán para siempre. Han sido gentes imperecederas, con una madera especial. No está mal evocar la arboleda de ideas que hemos heredado. En el Archivo General de la Administración, dependiente del Ministerio de Cultura y con sede en Alcalá de Henares, alguien ha tenido la lucidez de renacer la genialidad y de hacer convivir a Baroja, Cajal y Juan Ramón, bajo la sugestiva sombra de: “El Árbol de la Ciencia”.

Ellos si que nos podrían dar razones para la convivencia. Lo que hoy tanto escasea. Hasta en las aulas, donde se nos dice: Que aprender a vivir juntos, aprender a convivir con los demás, además de constituir una finalidad esencial de la educación, representa uno de los principales retos para los sistemas educativos actuales. Pues algo falla. O fallamos todos. Estos sabios de paz, solían utilizar siempre el lenguaje como instrumento de acercamiento. Sólo eso, la sabiduría de la palabra. Ciertamente, las conductas violentas se aletargaban a su paso. Resistían a todos los aires con la reflexión precisa.

Tres sembradores de verbo a los que se les recuerda porque celebran este año 2006, aniversarios que, en justicia, merecen ser evocados: el centenario de la concesión del Premio Nóbel de Medicina a Santiago Ramón y Cajal; el 50 aniversario de la muerte del novelista Pío Baroja y el cincuentenario de la concesión a Juan Ramón Jiménez del Premio Nobel de Literatura. En la muestra, que estará abierta hasta el final de enero del 2007, se exhiben reproducciones de documentos conservados en el archivo, tales como, sus expedientes académicos, los expedientes de censura de sus creaciones literarias e imágenes de los fondos fotográficos del archivo, etc. Ellos sí que sabían interrogarse e interrogarnos razonablemente, escuchar con atención, manifestarse templadamente y dar la callada como respuesta cuando no se tiene nada que decir o no valía la pena decirlo.

Para el científico Santiago Ramón y Cajal lo peor no era cometer un error, sino tratar de justificarlo, en vez de aprovecharlo como aviso providencial de nuestra ligereza o ignorancia. Cuando se pierde la actitud ética, situación en la que se vive actualmente, resulta muy difícil aceptar traspié alguno. Hoy sólo se persigue el propio interés, no respetando los derechos de los demás si es necesario, buscando en el trabajo maximizar sólo ganancias. Una filosofía de vida, la actual, muy distinta a los tiempos aquellos y a las personas como Ramón y Cajal, que toda su vida la entregaron a la investigación científica y a sus alumnos. Él tenía claro de donde provenía la enfermedad del odio, de no comprendernos, ni de hacer nada por estudiarnos. Aborrecía la necedad, y, sobre todo, la de los parlanchines empeñados en demostrar que tienen talento. O talante.

Por desgracia, actualmente lo que brilla es otro tono, un discernimiento con bastante poco tino, el de la mediocridad y el borreguismo, el de cortar las alas de la libertad, con poca justicia y mucha rabia. Que un líder de la música pop sea noticia porque critica a las religiones a las que acusa de promover la homofobia en lugar de la paz mundial, afirmando que él “prohibiría totalmente” la religión organizada, me parece un desacierto total por su parte. Que la política del miedo y la revancha tome carta de naturaleza, tampoco creo que sea de recibo. Que la crispación se adueñe del mundo también es un mal augurio. Que la mentira o las medias tintas nos confundan, muy propio del momento presente, es de igual modo, un cáncer social que degenera la confianza y el entendimiento. Una sana vacuna para estos casos, la descubrió y describió el arquitecto de sueños, Baroja, cuando inyectó la verdad como algo que no se puede exagerar. En la verdad no puede haber matices. En la semi-verdad o en la mentira, es donde si los hay, y muchos. Quizás, si tuviésemos esto en cuenta, nos ahorraríamos, lo de: voy a matizar.

Como nunca el mundo sigue atado a modelos económicos discriminatorios, generadores de corrupción e injusticias. La propuesta de impulsar el crecimiento personal es vital, para lo cual se precisan libertades e igualdad de oportunidades. Ya lo dijo el clarividente Juan Ramón, al que la modernidad lo alzo a los altares de la estética, cuando puso en boca del Parnaso que el hombre tenía que ser libre, como primera virtud y gran hermosura, hasta el punto de que si te ofrecen un papel pautado, recomendaba se escribiese por detrás.

A la luz de este noble árbol de la ciencia que aglutina a Ramón y Cajal, Pío Baroja y Juan Ramón Jiménez, hemos de pensar en los modos, maneras y modales, con los que llevaron a cabo su sapiencia. Se sintieron libres para el cultivo, cultivaron la universalidad, y pusieron en todo su saber el alma, para mejor servir a todo ser humano, de manera íntegra, sin prejuicio alguno ni etiquetados de ofuscación. Sus lecciones merecen ser recordadas. En primer lugar para rendir un homenaje a la contribución insigne que aportaron a la humanidad y a la vida misma. Otra razón, nace de la reflexión a sus trayectorias como estímulo para las nuevas generaciones. Estoy seguro que será muy saludable meditar sobre los presupuestos de la creatividad en torno a estas figuras del mundo de la ciencia y de las letras.

Siempre se dijo que al mundo de la cultura le falta el carro de la ciencia. Con esta unión expositiva, entorno a Cajal, Baroja y Juan Ramón, se desdice el dicho. Se agradece respirar aire puro, bajo otros climas más níveos, los de la independencia y cooperación, con una actitud de apertura a lo globalizado y con una visión armónica. Las ventanas del corazón están de un negro que nos ahogan.

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