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Etiquetas:   Cultura   Filosofía   -   Sección:   Opinión

La muerte como realidad

Montaigne considera el morir como el modo de ser fundamental del hombre
José Manuel López García
jueves, 17 de julio de 2014, 07:16 h (CET)
La consideración de la muerte en relación con la vida entendida como pura posibilidad por Heidegger es negada acertadamente por Zubiri que valora los cambios de deseos e intenciones a lo largo de la existencia. Por tanto, la totalidad de la vida es el fundamento de lo posible invirtiendo el planteamiento heideggeriano.

La conocida proposición de “ser para la muerte” en realidad no está traducida de modo absolutamente apropiado, ya que como manifiesta el propio Heidegger en una carta enviada a Hannah Arendt en 1954 el sentido adecuado de la frase es ser hacia la muerte. La vivencia de la muerte forma parte todavía de la vida, porque lo esencial de la mortalidad humana es un hecho físico que tiene consecuencias objetivas definitivas, ya que delimita la trascendencia significativa de la duración vital de cada individuo como un todo concluso.

Que la vida pertenece intrínsecamente a la vida como afirma Zubiri en Sobre el hombre es la prueba inequívoca de su pertenencia a la realidad como algo físico y material. El propio Montaigne considera el morir como el modo de ser fundamental del hombre, ya que está presente como punto de referencia insoslayable de todo ser vivo.


La posibilidad de una fenomenología de la muerte está abierta entendida como la aparición y expresión del carácter finito de la propia existencia al sujeto que la describe y analiza. La existencia auténtica no necesita de modo inevitable del conocimiento vivencial anticipador de la finitud como suponía Heidegger. Incluso desde el agnosticismo se reitera la conformidad con lo finito como base indudable del progreso humano y del desarrollo de las posibilidades vitales, como se deduce de las tesis agnósticas del profesor Tierno Galván.

Ciertamente han sido numerosos los pensadores que han meditado sobre la muerte y la vida como preparación para la misma como por ejemplo: Platón, Séneca, Montaigne, etc.

La reflexión sobre lo ineludible de la muerte, como es algo representacional proyectado al futuro, no afecta al sujeto pensante de la misma forma que cuando el proceso de desaparición vital está sucediendo, algo que destaca el psiquiatra Castilla del Pino. Afirma el profesor Fernández del Riesgo que “cada sujeto tiene que conquistar el sentido de su vida y de su muerte” (Antropología de la muerte, 2007, pág, 235). Sobre todo la auténtica significación de los proyectos de cada sujeto considero que es lo más destacable como fuerza impulsora para el logro de una vida plena.

No es de extrañar que un pensador como Unamuno reflexionase con tanta insistencia sobre la angustia que produce el dejar de ser causado por la muerte. Su rebelión metafísica y existencial contra la mortalidad motivó una cierta conciencia de la intrínseca tragicidad inherente o consustancial a la vida humana. Es indudable que los recuerdos y la memoria que constituyen y conforman el intelecto humano aumentan la felicidad humana y niegan el pesimismo unamuniano. La espiritualidad religiosa ha desarrollado una función determinante en la aceptación serena y racional de la muerte quizás más en Zubiri que en Unamuno.

Desde esta perspectiva se entiende mejor la necesidad de una razón integral como la propuesta por Fernández del Riesgo que presupone un ser humano profundamente abierto a la realidad, y que pretende adoptar valores emancipatorios, ya que hacen posible la liberación humana en un sentido también pretendido por Habermas.

Para el filósofo marxista Bloch lo material conforma la totalidad del mundo estableciendo lo posible objetivo como lo factible de modo más o menos inmediato, y lo posible real que es potencial y todavía no actualizable.

Aristóteles al considerar que el Primer Motor es pensamiento del pensamiento le otorga un cierto carácter divino frente a la desaparición del alma humana individual pensante con la muerte. Hacer pensable el paso del ser al no ser desde mi planteamiento no supone la participación en la eternidad divina al mantenerse en el devenir como podía pensar el estagirita y como también sostiene Eugen Fink.

El optimismo de Bloch se fundamenta en una coherente afirmación del sentido de las cosas y de la realidad humana que está en concordancia con lo planteado por la metafísica realista radical de Zubiri. La historia está abierta a la creatividad individual y a las innovaciones sociales, de tal forma que se logre la máxima aproximación posible a la plenitud vital y a la felicidad.
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