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Etiquetas:   Internacional   IRAK   -   Sección:   Opinión

¿Deben seguir aspirando a la presidencia de Irak los kurdos?

Con la elección de Barham Salij como candidato, no está claro que Barzani vaya a poder actuar de nacionalista kurdo y aspirar simultáneamente a seguir siendo un influyente
Michael Rubin
miércoles, 16 de julio de 2014, 09:30 h (CET)
Masoud Barzani, secretario del Partido Democrático del Kurdistán y líder del Gobierno Regional del Kurdistán, ha elegido oficialmente candidato a nuevo presidente de Irak a Barham Salij, veterano de la Unión Patriótica del Kurdistán (PUK).

Barham es un político de raza, ex ministro de planificación de Irak y popular entre muchos periodistas y oficiales del Reino Unido y Washington D.C., donde ha pasado décadas afincado. Ha cultivado escrupulosamente una imagen de reformista y, en la práctica, probablemente aspire a serlo, aunque durante su paso por el poder fuera incapaz de superar los obstáculos interpuestos en su camino por Barzani, entre otros. Llamativamente, en el contexto de los intereses políticos iraquíes, Barham también se ha ganado la confianza de Irán para ejercer el cargo, testimonial en gran medida. La decisión de Barzani de elegir candidato a Barham acaba con meses de enfrentamientos internos, en el seno de la Unión Patriótica en especial, porque Hero Jan, actual primera dama de Irak que también es influyente del partido y guardiana de las cuentas de la formación, desprecia por completo a Barham por motivos reales y ficticios en la misma medida.

Ser elegido candidato por Barzani y ocupar la presidencia iraquí son dos cosas diferentes, no obstante. La naturaleza del texto constitucional de Irak se traduce en que el presidente, el primer ministro y el presidente del parlamento se deciden juntos con frecuencia como parte de un paquete concebido para tener contentos a los diversos electorados políticos (y étnicos, y sectarios).

Las autoridades kurdas insisten en que la presidencia de Irak debería estar reservada a un kurdo. Eso es en última instancia decisión de los iraquíes — árabes y kurdos por igual — pero la presunción sí condena a Irak a una especie de confesionalismo de corte libanés en el que la religión y, en el caso iraquí, la etnia pesan más que el talento. Aun así, tras años de opresión, los kurdos aspiran al simbolismo de ocupar la presidencia iraquí, incluso si el poder de la presidencia es inferior al del presidente de la cámara baja.

La elección de Barham como candidato a la presidencia por parte de Barzani ahora mismo, a menos de una semana de que Barzani convoque el referendo de la independencia del Kurdistán iraquí, plantea algunas dudas muy reales, no obstante, del futuro de los kurdos dentro de Irak, y de las verdaderas intenciones de Barzani. Después de todo, no está claro el motivo de que algún árabe iraquí vaya a aceptar a un kurdo iraquí (o por lo menos a un kurdo iraquí de las provincias que constituyen juntas el Gobierno Regional del Kurdistán) en la presidencia de su país, cuando dentro de los meses los kurdos podrían avanzar por el camino de la total independencia. Barham siempre ha administrado su papel dual en Irak y el Kurdistán iraquí bien, pero no está claro que pueda o deba ocupar la presidencia mientras la formación política de la que es afiliado, aunque no el principal artífice, aspira al mismo tiempo a la división de Irak.

A menudo se ha afirmado que Barzani ha dispensado al nacionalismo kurdo más el trato de herramienta legislativa que enarbolar contra sus detractores que como convicción sincera, y ha sido objeto de condena por muchos de los que rodean a Barzani a causa de ello. Sustento mi argumento en las pruebas históricas: Después de todo, invitó a Saddam Hussein a su capital, Erbil, en 1996. Parecía que Barzani daba prioridad a conservar el poder frente a los rivales kurdos (que incluían, en aquel momento, a la formación de Barham) con respecto al riesgo de perder toda la autonomía kurda en favor de un caballero como Sadam, que había perpetrado un genocidio contra la población kurda y que, en la práctica, había asesinado a 8.000 miembros de la tribu de Barzani apenas unos años antes.

Más recientemente, Barzani se ha aliado con Turquía contra los kurdos que aspiran a la independencia o al federalismo tanto en Turquía como en Siria, de nuevo porque esos kurdos siguen a un escalafón político que no se subordina al modelo de competencias más tribal de Barzani, y porque ellos depositan su futuro en otros líderes kurdos más allá de Barzani. A lo mejor me equivoco, no obstante.

Aun así, es importante destacar que, al intervenir ante su parlamento oficialista la pasada semana, Barzani no puso fecha al referéndum, sugiriendo de nuevo que Barzani utiliza el nacionalismo como herramienta política en lugar de ser un objetivo personal. Y si bien los kurdos de todo el Kurdistán iraquí aspiran de forma aplastante a la independencia, una ruptura total con Irak significaría renunciar al porcentaje de ingresos que recibe el Kurdistán iraquí de los yacimientos del sur de Irak, que están extrayendo mucho más que las famosas pero cada vez más agotadas prospecciones petroleras que rodean Kirkuk. Sólo el tiempo dirá lo sincero que es Barzani en lo que al nacionalismo kurdo se refiere, por encima de los beneficios tangibles que obtiene de seguir siendo una región de Irak.

No obstante, con la elección de Barham Salij como candidato a presidente de Irak, no está claro que Barzani vaya a poder actuar de nacionalista kurdo y aspirar simultáneamente a seguir siendo un influyente dentro del territorio nacional iraquí. Es el mismo caso de Barham Salij, que debería de haber informado al parlamento iraquí sin ambigüedades ni retrasos de su posición en la cuestión de la secesión kurda y la entidad, el Kurdistán independiente o Irak, a la que sería fiel en última instancia.


Si los kurdos van a permanecer en Irak los próximos cuatro años, entonces deben participar plenamente, en las negociaciones o de cualquier rédito político que se desprenda de la formación del próximo parlamento iraquí. Pero si los kurdos van a separarse dentro de semanas o meses — y ése es su derecho y el deseo mayoritario entre su población — entonces deberían de dejar completamente claras sus intenciones ya y prescindir de sus aspiraciones al gobierno de unidad nacional, y seguir adelante con la independencia .

La fórmula del compromiso político en Bagdad sería muy diferente si los líderes kurdos de aquellas provincias que se separan no aspiraran a ocupar un cargo de calado que de otra forma estaría ocupado por iraquíes — sunitas, chiítas o lo que sea — que pretenden seguir siendo parte de Irak. Al mismo tiempo, la probabilidad de la estabilidad iraquí sería más elevada si las negociaciones para formar el próximo gobierno pudieran proceder con claridad en el terreno de las intenciones nacionalistas kurdas, en lugar de alumbrar una situación en la que, a unos meses de entrar el ejecutivo nuevo, el presidente iraquí, el titular de exteriores y las demás carteras del gabinete simplemente abandonan sus cargos en favor de un país nuevo.

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