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'Ficción': Amor no verbal
Gonzalo G. Velasco
Todos los fans de Lost in Translation, que son lamentablemente muchos pese a que cualquier anuncio de desodorante tiene más enjundia que dicho largometraje, deberían estar obligados por decreto ley a ver la tercera película en solitario de Cesc Gay, Ficción, para darse cuenta así de la enorme distancia cualitativa que separa a ambas obras, o lo que es lo mismo, para comprender porque aún contando historias muy similares el film de Sofía Coppola se queda en un eructo de posmodernidad artie con veleidades de trascendencia en tanto que el del director de En la Ciudad constituye, además de la propuesta autóctona de mayor calidad de la temporada, una soberbia lección de buen cine, al margen ya de nacionalidades.
El mérito es aún mayor si tenemos en cuenta que Gay obtiene este incontestable rédito artístico a partir de la más sobada de las premisas dramáticas: cineasta en crisis existencial se retira al campo y tiene un aventura. Algo así, en manos de un director menos refinado, tipo Achero Mañas, por ejemplo, sería para echarse a temblar y no parar hasta el próximo año capicúa, pues resultan evidentes los riesgos de caer en la pomposidad, el almíbar o la autocomplacencia que comporta la historia. Sin embargo, el realizador catalán se desmarca por completo de todo posible convencionalismo y aborda el relato desde un punto de vista fresco y original.
Por un lado, convierte los diálogos en un mero decorado de fondo para una función excepcionalmente narrada de silencios, miradas, tímidos movimientos y demás subtextos, (que es donde acontece en realidad lo interesante y donde Eduard Fernández aprovecha para ofrecernos otro de sus formidables interpretativos), y por otro, hace del ritmo cadencioso, lánguido, pausado, su mejor aliado, consiguiendo con ello algo a la altura de muy pocos directores: que la austeridad narrativa no sea sinónimo de sopor y que la parsimonia en la puesta en escena pase desapercibida hasta el punto de que el espectador, retrepado cómodamente en ella, se resista a su transcurso. Todo al servicio de una historia de amor de esas que no se olvidan fácilmente, sin la pátina de artificialidad cool de Lost In Translation pero con un aliento romántico muy próximo al de Los Puentes de Madison en tono más realista.
Así las cosas, lo peor que se puede decir de la película es que su director ha plasmado demasiado bien la absurda y atenazante insatisfacción que preside nuestras vidas cotidianas, y cuando esto ocurre (una vez al año, como mucho) significa que estamos ante una gran obra. No se la pierdan.
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