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Etiquetas:   Un lugar llamado desarrollo   -   Sección:   Opinión

Apagar el móvil, no hablar de trabajo (y sobrevivir)

El ser humano tiene que tener algo que ocupe su atención, pero en la actualidad nos hemos pasado de la raya
César Piqueras
@cesarpiqueras
lunes, 14 de julio de 2014, 07:16 h (CET)
La semana pasada subí al pico Peñagolosa con mi amigo Nacho. Una de esas excursiones que hacemos cada año por estas fechas, en las que aprovechamos para recorrer unos 27kms, 1000 y pico metros de desnivel y compartir buenos momento juntos. Ya cuando íbamos hacia Villahermosa del río en coche dice Nacho “Oye César, ¿qué te parece si estos dos días apagamos el móvil y nos prohibimos hablar de trabajo?”…

No hablar de trabajo
Enseguida (no sin cierto reparo) dije “Claro, es fantástico” y nos pusimos con ello. Pero a los tres minutos ya ambos habíamos dicho algo relativo a nuestro rol profesional. En los siguientes 20 minutos más de diez veces nos tuvimos que decir el uno al otro “eh, estás hablando de trabajo”… enseguida dije “Nacho, creo que este tema es una idea fantástica para escribir un post voy a apuntarlo” y Nacho me dijo “eh, lo has vuelto a hacer”… j****r. Me di cuenta de que mi trabajoadicción va en aumento. Menos mal que en cuatro semanas empiezo las vacaciones.

¿Qué mundo tan difícil?, nos cuesta dejar de estar conectados, enchufados al trabajo, dejar de mirar linkedin o twitter durante una semana, dejar de pensar en un proyecto profesional. Está claro que los trabajólicos necesitamos límites.

El fin de semana continuó, no costó mucho dejar el móvil apagado, ya que cuando estás perdido en un pueblo pequeño y subiendo un pico no hay mucha cobertura, sin embargo no hablar de “t” fue más difícil. Y mira que nos reíamos cada vez que alguno de los dos quería decir algo relacionado.

Los problemas que podemos evitar en nuestras vidas no nos llegan de golpe, los vamos viendo venir desde la lejanía, luego se van acercando, te tocan, te envuelven y al final forman parte de ti, y entonces ya no sabes cómo deshacerte de ellos, ya no hay vacuna.

Es como el amor cuando te llega, como un enamoramiento, pero en negativo. Hay que tener unos principios muy claros, y defenderlos a capa y espada para que ciertas prácticas, ciertos problemas de la sociedad actual no calen demasiado hondo en ti y en tu familia, y te confundan, y te hagan creer en una aparente felicidad fabricada desde el comité de dirección de cualquier empresa.

Ser un trabajólico es una enfermedad (y está bien vista). En las próximas décadas veremos aparecer como champiñones clínicas de desintoxicación del trabajo.

El ser humano tiene que tener algo que ocupe su atención, pero en la actualidad nos hemos pasado de la raya tres pueblos. Hace unos años era más fácil desconectar. En la etapa pre-blackberry (2004), no teníamos correo en el móvil, ni redes sociales ni nada de esto. Era más sencillo mantener nuestra atención durante más tiempo en lo que realmente nos importa. Lo digo de nuevo “en lo que realmente nos importa”.

¿César te estás haciendo la víctima? Ups, perdón… a veces me sale también ese César que hecha al mundo la culpa de sus problemas.

Cuando estés en tu lecho de muerte no preguntarás a tu contable si ha pagado las facturas, ni a tus socios si van a seguir con la internacionalización… Con suerte, y si siguen a tu lado, mirarás a tu familia, y lamentarás no haber amado más, no haber pasado más tiempo junto a ellos.

Siguiendo con mi viaje con Nacho, después de unas horas ambos habíamos superado (parcialmente) nuestra adicción y podíamos disfrutar de varias cosas, de las vistas que se ven desde el Pico Peñagolosa, del aire fresco, de la amistad, de la complicidad que uno siente cuando está con un amigo, del bocata de jamón serrano y queso con tomate, del dolor de pies, de un baño en el río Carbó, de unas cerezas que cogimos prestadas de un árbol… y todo eso sin hablar de trabajo, ni encender el móvil, ni falta.
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