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Etiquetas:   ISRAEL   -   Sección:   Opinión

¿Por qué quiere guerra Hamás?

No hay nada que haga disfrutar más al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que condenar a Israel
Redacción Siglo XXI
@DiarioSigloXXI
domingo, 13 de julio de 2014, 06:02 h (CET)

Texto escrito por Daniel Pipes


Los políticos inician las guerras optimistas en sus esperanzas de sacar beneficio tangible del combate, destaca el prominente historiador australiano Geoffrey Blainey en su magistral tratado Las causas de la guerra; de lo contrario, evitan el enfrentamiento.


¿Por qué razón pues acaba Hamás de provocar una guerra con Israel? Sin previo aviso, el 11 de junio empezó a disparar proyectiles, haciendo pedazos la calma en vigor desde noviembre de 2012. El misterio de este estallido invitó a David Horovitz, editor del Times of Israel, a concluir que las presentes hostilidades "no tienen razón de ser ni remotamente solvente". ¿Y por qué responde de forma minimalista el escalafón israelí, como tratando de evitar las hostilidades? A pesar de que ambas partes son conscientes de que los efectivos regulares de Israel superan con gran diferencia a Hamás en casi todos los capítulos – Inteligencia, control y jerarquía, tecnología, munición, superioridad aérea.



Las Fuerzas Aéreas israelíes tienen un control total del espacio aéreo.


¿Qué explica esta inversión de los papeles? ¿Tan fanáticos son los islamistas que no les importa ser derrotados? ¿Están los sionistas demasiado preocupados por los daños personales para combatir?


En realidad, los líderes de Hamás son muy racionales. De forma periódica (2006, 2008, 2012), deciden entrar en guerra con Israel siendo plenamente conscientes de que van a perder en el campo de batalla militar convencional, pero son optimistas con la victoria en el terreno político. Los líderes israelíes, por contra, dan por sentado que van a ganar militarmente, pero temen la derrota política – la mala prensa, las resoluciones de las Naciones Unidas y esas cosas


El hincapié en la política supone un cambio histórico; los 25 primeros años de existencia de Israel fueron testigos de reiterados desafíos a su existencia (sobre todo en 1948-49, 1967 y 1973) y nadie sabía cómo acabarían esos conflictos. Recuerdo la primera jornada de la Guerra de los Seis Días de 1967, cuando los egipcios anunciaban a los cuatro vientos fabulosos triunfos al tiempo que el silencio sepulcral de la prensa israelí auguraba una catástrofe. Fue una sorpresa descubrir que Israel se había alzado con la mayor victoria de los anales del conflicto bélico moderno. La conclusión es que los resultados se decidían imprevisiblemente sobre el campo de batalla.



El mundo exterior era desconocedor de que efectivos israelíes habían destruido la fuerza aérea egipcia sobre el terreno en 1967.


Ya no: el resultado de las guerras árabe israelíes de los 40 últimos años sobre el campo de batalla ha sido previsible; todo hijo de vecino sabe que los efectivos israelíes se impondrán. La cuestión tiene más de policial que de bélico. Irónicamente, este fuerte desequilibrio entre las partes desplaza la atención del balance final en favor de cuestiones de moralidad y política. Los enemigos de Israel lo provocan asesinando a civiles, cuyas muertes les acarrearán múltiples beneficios tangibles.


Los cuatro conflictos acaecidos desde el año 2006 han avalado la maltrecha reputación de "resistencia" de Hamás, han reforzado la solidaridad en el frente interno, suscitado la disidencia entre árabes y judíos de Israel por igual, galvanizado a los palestinos y los demás musulmanes hasta convertirse en terroristas suicida, avergonzado a los líderes árabes no islamistas, garantizado nuevas resoluciones de Naciones Unidas que critican de forma obsesiva a Israel, invitado a los europeos a imponer sanciones más duras a Israel, abierto la espita de las expresiones vejatorias contra el estado judío por parte de la izquierda internacional y granjeado ayuda adicional desde la República Islámica de Irán.



No hay nada que haga disfrutar más al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas que condenar a Israel.

El santo grial de las hostilidades políticas reside en ganarse el afecto de la izquierda global a base de presentarse como oprimido y víctima. (Desde el punto de vista histórico, merece reseñarse, esto es bastante raro: tradicionalmente, los combatientes tratan de asustar al enemigo presentándose imparables y valientes).


Las tácticas de este nuevo conflicto bélico consisten en presentar un discurso convincentemente emotivo, citar el apoyo de famosos, apelar a la conciencia y dibujar poderosas viñetas políticas (los partidarios israelíes tienden a superarse en esto, tanto en el pasado como hoy). Los palestinos llegan a ser aún más creativos, desarrollando las técnicas fraudulentas relacionadas de "la manipulación" de la instantánea y "la producción Pallywood" en el caso de los vídeos. Los israelíes solían mostrarse complacientes en la necesidad de lo que llaman hasbará, o trasladar el mensaje, pero los últimos años les han hecho poner más énfasis en esto.


Las colinas, las ciudades y las rutas estratégicas cobran una importancia supina en las guerras civiles de Irak y Siria, pero la moralidad, la proporcionalidad y la igualdad dominan las guerras árabe israelíes. Como escribí durante la confrontación entre Israel y Hamás en 2006, "La solidaridad, la moral, la lealtad y la comprensión son el nuevo acero, caucho, combustible y munición". O en 2012: "Las tribunas han reemplazado a las balas, las redes sociales han sustituido a los tanques". Más en general, esto forma parte de la profunda transformación del enfrentamiento bélico moderno entre efectivos occidentales y no occidentales, como en las guerras de Irak y Afganistán encabezadas por Estados Unidos. En términos Clausewitzianos, la opinión pública es el nuevo centro de gravedad.


Dicho lo cual, ¿cómo le va a Hamás? Nada bien. Sus bajas en batalla desde el 8 de julio son en apariencia más elevadas de lo esperado y las condenas mundiales a Israel todavía no han llegado en tropel. Hasta los medios convencionales árabes están relativamente tranquilos. De mantenerse esta pauta en el tiempo, Hamás podría llegar a la conclusión de que hacer llover proyectiles sobre los hogares israelíes no es tan buena idea. De hecho, para disuadir al grupo de volver a iniciar otro ataque dentro de unos años, tiene que salir totalmente derrotado en los ámbitos bélicos militar y político en la misma medida.

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