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Corrupción y pobreza

Pascual Falces
Pascual Falces
sábado, 11 de noviembre de 2006, 05:47 h (CET)
Ha de aceptarse el reto de ser personas diferentes para hacer un país diferente, a partir de este mismo momento, y así llegará éste a ser distinto dentro de unas décadas. La corrupción detrae de la mesa de juego, o de redistribución, y en la que todo el mundo participa, ciertos capitales que se esfuman camino de los fondos privados, generalmente ocultos, y propiedad de algunos que se creen “más listos” que los demás. El corrupto, básicamente, es un tramposo al que hay que subvencionarle, entre todos, además, sus atípicos beneficios. Todo “juego” tiene sus reglas; el tramposo, por sistema, intenta saltárselas en su propio y, generalmente, exclusivo beneficio; porque, también, a su vez, intenta corromper a otros y así obtener garantías en su favor.

Ocurre, que, la trampa se institucionaliza y, con ello, se pretende sostener un “modus vivendi” detestable. A veces, corre de uno a otro, como por un escalafón, y de corruptor a corrompido se establece una cadena que forma parte de los ingresos para sostener un determinado tren de vida. La “mordida” mejicana, que aunque no sea la única en el mundo, si es el soborno más famoso, tiene eso de invencible: El funcionario mal retribuido encuentra en la solidez del “unto” el modo de llegar a fin de mes con holgura, a la vez, que, en estratos superiores, quienes no prestan ningún servicio, ven tan ricamente como engruesa su cuenta corriente. En los altos niveles esa cuenta ha de ser ocultada, y, aquí viene otra institucionalización en el orden mundial: los “paraísos fiscales”. Los más “listos”, se conocen perfectamente esos lugares de los que el resto tan sólo ha oído hablar de ellos. La evasión fiscal es una manera distinguida de corrupción; se detrae algo que “pertenece” a los demás, y que se aparta en beneficio propio.

Recientemente se ha publicado una encuesta que, disparatadamente, asocia corrupción con pobreza. Se basa en que, por pura estadística, los países más pobres son los de mayor corrupción. Así visto, habría que distinguir, de nuevo, el diferente papel del corruptor y el del corrompido. Méjico, y perdón por la vuelta a mencionarlo, tiene acuñada una frase que es “puritita” sentencia: “No hay Presidente que resista un cañonazo de millón de dólares” (de aquellos tiempos). Ello implica la pregunta de ¿quien es peor, el que soborna, o el sobornado? Pero sería darle vueltas a la misma peonza; la naturaleza humana es así, y como escribió Terencio antes del siglo I de nuestra era: “Hombre soy, nada humano me es ajeno” ¿Quién se envanece de no ser corrupto, si no ha tenido ocasión de serlo, sin riesgo de que le pillen?

La pobreza en algunos países de esta abarcable aldea que ahora es el Mundo, no es de recibo que se asocie con la corrupción, del mismo modo que ser pobre no es sinónimo de corrupto, ¡sería ya el colmo!... El pobre necesita desarrollo, como aconsejaba Aristóteles en su Ética Nicomaquea: "Hacer el bien y prosperar haciéndolo" Difícil objetivo en un mundo en que tanto abundan junto a los hambrientos, los tramposos y desalmados.

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