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Etiquetas:   Cultura   Filosofía   -   Sección:   Opinión

Pasión y pensamiento

En la actualidad parece que se hace necesaria una mayor memoria y reflexión
José Manuel López García
martes, 8 de julio de 2014, 08:48 h (CET)
El juicio y la pasión son manifestaciones de la capacidad pensante y sentiente humana. La supuesta oposición entre la razón y la emoción que es falsa no oculta el hecho de su profunda interconexión en los sujetos. Es evidente que el foco del pensamiento se proyecta sobre contenidos que, aunque sean abstractos, poseen un cierto contenido definible que puede ser conceptual o empírico. Ya un filósofo español Carlos Gurméndez escribe en su Crítica de la pasión pura: «El pensamiento es una actividad cognoscente que clasifica y auna las impresiones del mundo exterior sobre las que reflexiona». En efecto, la reflexión crítica es lo esencial para la construcción y la creación de nuevos proyectos, tanto desde la perspectiva individual como social. La interacción entre los sentimientos y la razón es algo completamente natural en las operaciones intelectivas de los seres humanos. Por lo que es indudable que el vivir racionaliza los sentimientos, y las razones al ser valoradas en relación con la realidad se sentimentalizan. Si bien el razonar desde la lógica supone un proceso deductivo con premisas y conclusión, también es cierto que desde otra interpretación es la expresión explícita de lo que sentimos a través de una razón comunicativa o dialógica. Aunque es verdad que existen diversos tipos de razón. Por ejemplo, la razón analítica se fundamenta en la valoración rigurosa de los resultados de las ciencias particulares progresando con nuevos conocimientos acerca de la realidad empírica en toda su amplitud.

En la actualidad, ante la extraordinaria cantidad de sensaciones que aprehendemos a través de la sensibilidad corpórea parece que se hace necesaria una mayor memoria y reflexión, acerca de lo que somos o de nuestra identidad como ciudadanos pensantes autónomos y libres. Porque es cierto que existe un riesgo de excesiva dispersión en este mundo globalizado y digitalizado en el que vivimos. Y si bien, la apertura a la realidad es algo positivo y útil en sí mismo, probablemente debe ser equilibrada con actitudes que no se abandonen a la masificación y a la despersonalización. De todos modos, la libertad individual es compatible con la deconstrucción de la persona en su singularidad y diferencia, al menos desde un planteamiento puramente especulativo.


La pasión y el pensamiento no están enfrentados sino integrados en las conductas humanas. Como escribe Gurméndez: «La palabra pasión viene de la griega épathon, sufrir un sentimiento, y apatía procede de aphateria, carencia de él». En cualquier caso, la ausencia de pasión o la indiferencia siempre es algo negativo porque puede causar la inacción, y ya se sabe que lo fundamental en todos los órdenes de la existencia es la actividad. Ciertamente, la distinción entre pensar y sentir era muy clara en la filosofía kantiana hasta tal punto que el mismo Kant no entendió que el pensamiento siente y viceversa. En cambio Unamuno con los grandes avances de la ciencia de su tiempo influyendo en su raciocinio, considera que los pensamientos se sienten y los sentimientos se piensan, algo que ya ha sido corroborado por la neurociencia, también en este siglo XXI.

El entendimiento de la pasión como energía de cada sujeto es una forma abstracta de contemplarla. Pero el pensamiento y la emoción de las pasiones pensadas son fuerzas que nos impulsan tanto en el campo individual como el social y político. Las decisiones son el impulso decisivo tanto de la existencia subjetiva como de la social y política. Por tanto la toma de decisiones es la pasión esencial, ya que es la energía que logra los cambios y el progreso. Frente a la inercia inexorable del paso del tiempo, la capacidad constructiva de la pasión y el pensamiento es nuestra mejor herramienta de transformación en todos los ámbitos.
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