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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

El peligro de fiarse de los falsos profetas de la política

cuando España era ejemplo de prosperidad y progreso
Miguel Massanet
miércoles, 2 de julio de 2014, 07:10 h (CET)
Sería conveniente que hiciéramos examen de conciencia, que repasáramos lo sucedido durante los años anteriores a la crisis de las prime time y nos situáramos en lo que era la sociedad española de los años 2.000, cuando España era ejemplo de prosperidad, de progreso, de bienestar social y de un verdadero desarrollo social, de modo que el trabajo abundaba, las familias podían comprar bienes que en otros países se hubieran considerado como un lujo como, por ejemplo: pisos, televisores, coches, motos, desplazarse de vacaciones a otros países, beneficiarse de créditos y de la posibilidad de hipotecar sus bienes en cualquier entidad crediticia con las máximas facilidades de pago, para comprarse otras viviendas (algo que posteriormente se ha demostrado como un gran error). Decir que, en aquellos tiempos, la gente pensaba que estaba viviendo por encima de sus posibilidades, probablemente si se hubiera propuesto en aquellos tiempo hubiera desatado la crítica de la mayoría de los españoles; no obstante, como se ha comprobado con motivo de la llegada de la crisis, lo cierto era que el país, España y sus ciudadanos se había acostumbrado a llevar un tren de vida superior al del resto de países industrializados en toda la CE; un lujo que España no podía permitirse y que fue una de las causas de que, la crisis, nos afectara en mayor manera que al resto de países europeos; salvo aquellos que por su debilidad económica tuvieron que ser rescatados.

No es que sólo los ricos se estuvieran forrando, aprovechándose de la demanda que el pueblo español, confiado en el futuro, hacía de toda clase de bienes, no sólo de los necesarios, sino de los superfluos; sino que, todo es pueblo español, participaba de alguna forma del bienestar general, sintiéndose satisfecho con su nivel de vida, considerándose compensado con recibir su pequeña parte de aquella enorme tarta que el turismo, la construcción, la industria, las exportaciones y el prestigio que España había conseguido en toda Europa; habían ayudado a cocinar, quizá de una forma artificial y poco sensata, pero que nadie, por aquellos tiempos, ponía en duda que era algo perdurable en nuestra economía, sin que se recelara ( salvo los más expertos en el conocimiento de los ciclos económicos) de que, aquel tiempo de bonanza, iba a tener un fin brusco y precipitado, como el que tuvo efecto en nuestro país.

Lo que parece que no les interesa recordar a estos grupos de “descontentos”, como los del 15M, los revoltosos de la farándula; los anti¬¬desahucio de la señora Anna Colau y, finalmente, abundando en las tesis progres de los antisistema y los okupas, estos nuevos “salvadores de la patria”, los seguidores de Pablo Iglesias, los de Podemos, que pretenden hacer una elipsis en el tiempo, olvidándose de que fue precisamente un gobierno de izquierdas, el del señor Rodríguez Zapatero quien, ignorando la crisis de la que se le venía advirtiendo desde el resto de partidos políticos, por cuestiones de intereses de partido y ambiciones electorales, no empezó a tomar medidas para paliarla hasta pasado un año de su inicio y, aún así, pretendió engañar a la UE haciéndoles creer que aplicaba remedios que, en realidad, nunca llegó a hacer efectivos. El resultado fue que, cuando el 20N del 2.011, tuvo que abandonar el poder, les dejó a sus sucesores del PP una España endeudada, con un déficit público cercano al 9%, una tasa de paro por encima del 21% y una serie de facturas, pendientes de pago, correspondientes a deudas a proveedores de las administraciones públicas, central y autonómicas, que pusieron en graves aprietos a los del PP, que se hicieron cargo de las distintas autonomías, en las que había gobernado el PSOE, que se las vieron y se las desearon para paliar los efectos de unas deudas de las que no habían sido advertidos por los funcionarios cesantes.

Resulta increíble que, ahora, a toro pasado, los que se beneficiaron de aquella época de bonanza y prosperidad, que fueron testigos del desastroso resultado del gobierno del señor Rodríguez Zapatero y de la situación de España al final de la segunda legislatura del PSOE, cercana al default y a un tris de caer en el rescate; ahora resulta que se rasgan las vestiduras, acusan al Gobierno precisamente de hacer lo que ellos hubieran debido hacer y no se atrevieron y lo culpen de ser el causante de los efectos negativos, sin duda propiciados por la mala gestión del gobierno de izquierdas del señor Zapatero; que debieran de haber atribuido a quienes dejaron a España a los pies de la miseria con sus despilfarros, su mala gestión de los caudales públicos y su incapacidad para tomar, a tiempo, las primeras medidas para enfrentarse a la crisis.

Porque, señores, lo que este iluminado, Pablo Iglesias, que se presenta como el único que sabe como conseguir que todos los españoles recobren el nivel de vida de antes de la crisis, como salvar a la nación con sus fórmulas mágicas ( quizá las mismas que aplica el señor Maduro por consejo suyo) y que ya ha dicho que va a implantar un salario mínimo para todos los españoles de 1.200 euros mensuales y, a la vez, para compensar, va a establecer otro máximo, para los que tienen salarios superiores, que impidan que alguien los supere. ¿No les recuerdan estos planteamientos a aquellos que aplicó la Unión Soviética en los territorios donde ejercía su dictadura? Lo cierto es que, este señor de la coleta, no hace más que proponer que regresemos al sistema de Zapatero, el de las subvenciones, las ayudas, los enchufes, los despidos masivos, el cierre de cientos de miles de empresas pequeñas, el déficit público desmesurado y la deuda pública sin control alguno a causa de la subida desmedida de la prima de riesgo, de los intereses abultados y de las pólizas para garantía del riesgo de impago.

¿Qué es, en verdad, lo que pretende este señor con sus propuesta políticas propias de regímenes estatalistas, de corte totalitario, de eliminación de la propiedad privada y de fomento de una nueva lucha de clases, en la que el objetivo sería desmantelar lo que él denomina “la casta”, lo que en tiempos de la II República para Antonio Oliver, La Pasionaria, Largo Caballero, Prieto o el mismo Carrillo, presidente de las JJ.SS, eran los “burgueses” los “explotadores del pueblo”; lo que no les impidió levantarse contra el legítimo gobierno de la República, en 1934, cuando la revolución de octubre de Asturias que también se propagó a otras provincias, como fue el caso de Catalunya en la que Masiá proclamó la República Independiente Catalana. No se puede decir que, el ilustrado cabecilla de Podemos, ignore las consecuencias de un tipo de revolución como la que el propone. Debería saber que sus soluciones nunca serían aceptadas en la CE, que si nos hemos salvado de ser rescatados (aunque ellos opinen lo contrario) ha sido por aceptar los consejos de Bruselas y que los experimentos, en cuestiones económicas, siempre acaban de mala manera.

El señor Iglesias debería saber que, el no pagar a nuestros deudores, el aumentar sin límite el déficit público, el prescindir del sistema de economía de mercado como el propone como solución; supondría, en primer lugar, quedar excluidos como fatalmente sucedería de la UE, al implantar un régimen al estilo del de los fracasados gobiernos bolivarianos, bajo dictadores como los que, desgraciadamente, están gobernando en muchos de los países sudamericanos. El intervencionismo en materia financiera y económica supondría que ningún inversor foráneo quisiera asumir el riesgo de comprar nuestra deuda y de invertir en nuestras empresas, lo que supondría que muchas multinacionales abandonaran el país ante la posibilidad de que los impuestos subieran y que los controles estatales quisieran intervenir en su funcionamiento. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadanos de a pie, vemos las locuras de unos advenedizos de la política, víctimas de un personalismo exacerbado.
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