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El islam del siglo XI

Francisco Rodríguez Barragán
Francisco Rodríguez
miércoles, 8 de noviembre de 2006, 23:57 h (CET)
He vuelto a leer El siglo XI en primera persona, las memorias del último rey zirí de Granada Abd Allah destronado por los almorávides en el año 1090, cuyo manuscrito tradujeron los arabistas García Gómez y Levi-Provençal. Este reyezuelo —principillo mentecato, lo llama García Gómez— cuenta la historia de su dinastía, su vida, las luchas que sostuvo, su destronamiento final y su traslado al norte de África, donde la hospitalidad de los mismos que lo destronaron le permitió escribir sus memorias.

El relato, constantemente interrumpido con las exclamaciones piadosas de rigor en honor de Alá, nos explica las razones de múltiples traiciones y asesinatos familiares y el difícil equilibrio en que se desenvolvían los reinos de taifas. Llama puercos a los judíos y epítetos semejantes a los cristianos. En muchos pasajes adopta un tono beato para elucubrar sobre su teología religiosa, en la que todo ocurre por voluntad de Alá y que la voluntad de Alá es que todo el mundo se someta al Islam. Afirma con rotundidad que Alá ha ofrecido a los infieles repetidamente la ocasión de convertirse y someterse. Aquellos que no han aceptado tal ofrecimiento divino son culpables y no merecen otra cosa que la muerte.

Me gustaría pensar que la teología de Abd Allah hubiera evolucionado en los mil años transcurridos, pero me temo que no. El gran problema para convivir con los musulmanes es que ellos no respetan a la persona por ser persona con independencia de su religión. En todos los países en los que el Islam ha conseguido imponerse, los cristianos han ido desapareciendo, muchos convirtiéndose al Islam para no ser sufrir la discriminación o emigrando a otros lugares. Pensemos, por ejemplo, en las iglesias cristianas del Norte de África, absolutamente desaparecidas o las que han quedado reducidas a una exigua minoría que sobrevive entre dificultades en Turquía, en Egipto o en Irak.

El principio internacional de reciprocidad es impensable con las naciones musulmanas. En toda Europa hemos dejado que levanten mezquitas pero no hay posibilidad de levantar una iglesia en Arabia ni en los Emiratos del Golfo. Aunque no sólo los cristianos somos los infieles, también los budistas. Recordemos como los talibanes destruyeron las estatuas de Buda en Afganistán.

Pienso que Oriana Fallaci llevaba razón en su denuncia y su lucha por hacer comprender a Occidente que no es posible ninguna alianza de civilizaciones con el Islam. Ella los conocía bien y había tenido el valor de ir a entrevistar a líderes como Jomeini o Arafat, su puso el burka y trató con las mujeres y vio como las ejecutaban en la plaza pública ante la indeferencia de la gente. Nos dijo que era suicida que se llenaran de mezquitas nuestras ciudades y sobre todo que dejáramos de creer en nuestra propia cultura adormecidos en el relativismo, el consumo hedonista, la comodidad a cualquier precio. Me convence mucho más lo que decía la Fallaci, que lo que dice Moratinos o Zapatero.

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