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Etiquetas:   Momentos de reflexión   -   Sección:   Opinión

El rencor vencido

Cuando alguien sufre una ofensa y no puede consumar venganza, la furia guardada envejece y se enrancia. Rencor procede de rancio, que es la ira “envejecida”
Octavi Pereña
martes, 1 de julio de 2014, 07:18 h (CET)
En un suplemento que semanalmente publica un importante diario aparece un consultante. Un lector escribe lo siguiente: “Soy un hombre de 60 años, y siempre he tenido un problema que se va agravando con la edad en vez de irse debilitando. Soy muy rencoroso y así no es fácil vivir, al menos vivir a gusto…Incluso soy rencoroso con los seres que más amo cuando me hacen daño. Me afligiría mucho llegar al final de mis días y continuar siendo tan rencoroso. ¿Qué no tenga capacidad de perdonar”.

La respuesta que le da Ramiro Calle se refiere a venenos y vitaminas para el alma. Si tomamos alimentos tóxicos envenenamos el cuerpo. Con la mente pasa algo parecido. Se debe fortalecerla con vitaminas. Si a la mente la alimentamos con: celos, odio, rencor, envidia, rabia y otros sentimientos considerados negativos, le inoculamos toxinas que la lastiman y enferman. Ello obliga a visitar a un especialista que nos recete pastillas o tratamientos sicológicos con el propósito de contrarrestar los efectos negativos de los pensamientos nocivos. En cambio, si a la mente le suministramos vitaminas: amor, perdón, tolerancia y el resto de los llamados pensamientos positivos, la mente sanará. Teóricamente la receta es muy buena. Se plantea, pero, un problema: ¿Se pueden pensar de manera natural pensamientos positivos? Se debe ordenar y lavar la mente aconseja Calle a su consultante. El consejo es muy fácil de aceptar pero practicarlo es harina de otro costal.

Todo nacido de mujer nace contaminado por el pecado original. Por este motivo el pecado forma parte del ADN espiritual del ser humano. El hombre por si mismo no puede cambiar su ADN contaminado por el pecado por otro de impoluto. Por esta razón el profeta Jeremías utiliza un simbolismo muy esclarecedor para enseñar la impotencia humana cambiar un naturaleza que tiene a partir del pecado de Adán.: “¿Cambiará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también, ¿podréis vosotros hacer el bien, estando habituados a hacer el mal?” (13:23). Ramiro Calle ve muy fácil poner orden en la mente y limpiarla de emociones insanas que son una fábrica de sufrimientos. A la hora de la verdad el hombre se propone hacerlo pero se queda con sus buenos propósitos. El negro y el leopardo no pueden cambiar, la genética se lo impide. Hemos de llevar a cuestas las consecuencias de ser tal como somos. Nos parecemos al dios Atlas, condenados a transportar una pesada carga indefinidamente.

Lo que Ramiro Calle denomina venenos la Biblia la llama “fruto de la carne” y a las vitaminas “fruto del Espíritu Santo”. El apóstol Pablo escribiendo a los cristianos de Galacia, aunque la epístola va dirigida a cristianos, el texto que comentamos muy brevemente, los no cristianos también pueden encontrar respuesta a la pregunta que hace el hombre que escribe a Ramiro Calle: “¿Qué no tenga capacidad de perdonar?” El apóstol expone la lucha interior que hay en el cristiano de querer hacer el bien con el resultado de que hace el mal que no quiere hacer. Es una lucha terrible que se libra en las profundidades del alma, escondida de los testigos indiscretos: “Andad en el Espíritu (vitaminas), y no satisfagáis los deseos de la carne (pensamientos tóxicos). Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne, y estos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que queréis”. Solamente el verdadero cristiano sabe lo duro que es esta lucha interior.

El apóstol detalla lo que Calle denomina venenos que intoxican el alma y que el apóstol denomina fruto de la carne: “Adulterio, fornicación, impureza, lascivia, idolatría, brujería, enemistades, batallas, celos, iras, trivialidades, divisiones, partidos, envidias, homicidios, borracheras, orgías y cosas parecidas a estas…” (vv.19-21). Toda esta variedad de tóxicos brotan del corazón del hombre nacido de mujer. Por más que se quiera no se pueden hacer desaparecer porque el hombre no tiene acceso al interior del alma para cambiarla. Acto seguido detalla las vitaminas que son consecuencia del esfuerzo humano con la colaboración imprescindible del Espíritu Santo que ayuda a continuar la lucha espiritual sin desfallecer. Esta lucha interna que dura todo el tiempo que el creyente está aquí en la tierra es la consecuencia de haberse convertido en un hijo de Dios por la conversión a Cristo y de haber sido convertido en morada del Espíritu Santo. Las vitaminas que mantienen sana a la mente son: “amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, fe, mansedumbre, templanza” (vv. 22,23).

La respuesta que el hombre que escribe a Ramiro Calle pidiéndole consejo porque es un desespero se pregunta: “Qué no tenga capacidad de perdonar?” la encuentra en su conversión a Cristo y ser guiado por el Espíritu Santo que habita en el creyente porque en la conversión a Cristo hay novedad de vida. En el escenario social aparece el hombre nuevo que contribuye con su testimonio a reducir las toxinas que contaminan las relaciones humanas.
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