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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

Chefs, cocinillas, sadismo y negocios televisivos

La mercantilización de la sociedad ha convertido la moda en un mecanismo del que se valen los negociantes para promocionar la venta de sus productos
Miguel Massanet
martes, 1 de julio de 2014, 07:12 h (CET)
“La moda es la mascara del ser mediocre”.

Hace años las modas se engendraban en las reuniones palaciegas, entre los asistentes a las fiestas dadas por los grandes personajes de la nobleza o la realeza, en las que, desde las extravagancias en la vestimenta de hombres y mujeres a las músicas que los grandes mecenas les encargaban a los compositores o las pinturas de artistas protegidos por los nobles de la corte o los cardenales y pontífices de la Iglesia; que se ocupaban de financiar a aquellos artistas que consideraban sobresalientes para que decoraran con cuadros y esculturas sus palacios (convertidos en verdaderos museos privados cuya contemplación sólo les era permitida a un número limitado de privilegiados) o alegraran con sus músicas los salones en los que se celebraban los espectaculares convites y bailes de las clases privilegiadas de la sociedad.

Desde entonces, la mercantilización de la sociedad ha convertido la moda en un mecanismo del que se valen los negociantes para promocionar la venta de sus productos; conseguir llamar la atención del mayor número de personas posible sobre algo que se pretende divulgar o implantar, por medio de la prensa, la radio o las televisiones; utilizar algún tipo de cebo o señuelo que ayude a conseguir captar la atención de las masas hacia algún tipo de entretenimiento que por su calidad, su rareza o su desenfado y desvergüenza contribuya a enriquecer, en alguna forma, a quien usa de tales artilugios.

Ni que decir tiene que la aparición de los grandes medios de comunicación, como son Internet, radio, TV, prensa escrita y digital, etc. multiplica las posibilidades de dar a conocer a una audiencia que podríamos calificar de sin fronteras, de tal modo que, cualquier producto que se anuncie o patrocine por medio de las TV, tiene garantizado el que sea conocido por millones de personas, lo que significa que sus posibilidades de venta son prácticamente ilimitadas. Lo que sucede es que, a medida que pasan los años, los publicistas, los expertos en marketing y todos aquellos que se dedican a vender sus productos, lo tienen más complicado cuando se trata de encontrar ideas nuevas con la que conseguir atraer la atención de un público saturado de publicidad, que cuando aparecen los primeros spots de propaganda, se levantan de sus asientos para ocuparse de otras tareas. Aquí es donde aparece el talento de quienes deben conseguir que, los televidentes, se queden sentados viendo el programa que se les ofrece atraídos por las imágenes que han conseguido atrapar su atención por encima de otros estímulos que pudieran distraerlos.

Últimamente, no sabemos si porque programas de más altura intelectual, de un mayor contenido educativo o de una mejor calidad cultural o artística ya han agotado su atractivo ante un público cada vez menos interesado en estas materias; o porque no existen los que saben venderlos con ingenio y atractivo; el caso es que se ha acudido a los medios más curiosos, más insospechados y vulgares que cuesta poder entender que hayan conseguido la popularidad en un importante número de espectadores. No es que el que cocineros, de más o menos renombre en el mercado culinario, aparezcan en programas de cocina (casi todas la cadenas televisivas cuentan con alguno de ellos) para explicar cómo se cocinan determinados productos o qué vinos van mejor con algunos guisos; algo que hace muchos años que existe. A lo que no hay nada que objetar. No, señores, lo que se ha convertido en un boom; lo que ha puesto en el cenit de la fama a una serie de cocineros ¿O es preciso denominarlos como “chef”? que, con anterioridad, nadie o sólo élites exclusivas de gourmets y ricachones conocían, por asistir a sus exclusivos restaurantes dispuestos a dejar exhausta la cartera, sólo para que los vieran sentados en una de sus mesas, degustando las “exquisiteces” confeccionadas por los reputados restauradores, servidas en platos enormes en los que “la chicha” apenas ocupa unos pocos centímetros en el centro; han sido precisamente las TV, que han encontrado una gallina de los huevos de oro en una serie de concursos en los que, aficionados a la cocina, compiten para imponerse a sus compañeros en pos de un premio que, con seguridad les va a solucionar la vida.

No obstante, lo que a primera vista parece un entretenimiento inofensivo, uno más de los programas sobre la cocina, tiene su trampa. Me atrevería a decir que, así como se plantea, es uno de lo programas más crueles, más inhumanos, más sádicos y menos ejemplarizantes de los muchos (y mira que los hay malos) programas que se exhiben en las TV. Debemos partir del hecho de que los concursantes son meros amateurs, posiblemente en paro, que buscan un medio para salir del anonimato y, si es posible, encontrar un empleo en el oficio. Gentes a las que se las trata a baqueta, al estilo militar hasta en el modo de dirigirse al trío de cocineros (presuntamente la flor y nata de esta profesión) que se han tomado tan en serio su trabajo que no dudan en someter a sus pupilos a las mayores humillaciones, descalificaciones y exabruptos, que cuesta entender como los pobres concursantes, aceptan un trato tan vejatorio sin reaccionar. A no ser que se les haya adoctrinado aposta, amenazándoles con la expulsión inmediata en el caso de que se atrevan a protestar.

Debo decir que sentimos vergüenza ajena ante los malos modos, la brusquedad del lenguaje y la falta de consideración demostrada por los tres chefs; debemos decir que innecesarios, porque el mismo efecto y resultado podrían conseguir hablando de una manera normal, respetando a la persona que tienen delante, por mucho que el trabajo que hayan realizado sea insatisfactorio y merezca ser censurado. No entendemos como los responsables de la cadena (recordamos que hace un tiempo hicieron un programa similar para niños en el que se utilizaron parecidos modos) no han puesto coto a tales excesos, lo que nos hace sospechar que quizá sean corresponsables de semejantes comportamientos inquisitoriales. Llegamos a sospechar que pueda llegar a ocurrir que, con tal demostración de autoritarismo y falta de consideración, se pretende alimentar el morbo de aquellos espectadores que se alimentan de las doctrinas sadistas y masoquistas, gozando con ver a seres humanos atemorizados y dispuestos a dejarse ningunear por una serie de cocineros a los que se les ha dado más autoridad de la que han podido digerir y que, en vista de ello, han llegado a creerse seres superiores a los demás.

Como todas las modas, aunque ahora estén este tipo de concursos en el candelero de todas las TV, pasará y todos estos “héroes” de la pequeña pantalla, personajes virtuales y famosillos transitorios, desparecerán y volverán al anonimato; no sabemos si con la conciencia tranquila por haber ejercido la disciplina como sargentos chusqueros o con el sabor agridulce de haberse prestado a representar un papel antipático y despótico. En todo caso: un espectáculo indigno por sus modos, de una TV estatal. O así es como, señores, desde la óptica de un ciudadanos de a pie, vemos con disgusto, como se degrada la TV con espectáculos semejantes.
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