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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'GAL': crónicas periodísticas en la gran pantalla

Pelayo López
Pelayo López
martes, 19 de diciembre de 2006, 22:23 h (CET)
“Estado de derecho”. Varias veces son las que se pronuncia esa recurrente frase hecha en la película, y también fuera por supuesto por todos los políticos, pero, tanto en uno como en otro caso, lo cierto es que esas palabras parecen ser transportadas por el viento a distancias lejanas al propio carácter intrínseco de las mismas. Después de que hace un par de años nos presentasen la historia de El Lobo, los mismos responsables, un grupo liderado por el periodista-investigador y productor Melchor Miralles –que conoce de primera mano todo este entramado- y el director hispano-francés Miguel Courtois, vuelven a profundizar en la complicada trama de ETA, aunque ahora lo hacen desde el punto de vista de uno de los episodios más turbios de nuestra historia reciente, la llamada “lucha antiterrorista” de los Grupos Antiterroristas de Liberación, los conocidos como GAL. Sí, ya saben, aquella trama que acabo con gran parte de la cúpula del Ministerio del Interior de la época en la cárcel.

Lejos de hacer cualquier tipo de juicio o valoración sobre el hecho en sí, creo que es saludable que, como hace en este caso el cine, no haya tabú alguno sobre acontecimientos relevantes para nuestro vivir colectivo. Ahora que, precisamente, algunos asemejan el proceso de diálogo seguido en Irlanda con el IRA con el que se encuentra en proceso con ETA, hay que recordar que el cine de aquellas latitudes revisa su propio dolor con mirada de celuloide en numerosas ocasiones, y lo hace, además, sin cortapisas ni medias tintas. Sólo hace falta echarle un vistazo a las filmografías de realizadores como Jim Sheridan o Stephen Frears, títulos como En el nombre del padre o Juego de lágrimas. Aquí en nuestro país, parece, afortunadamente, que cada vez miramos más hacia nuestro pasado menos pretérito con la condición indispensable para llevarlo a cabo: recuerdo respetuoso. Esta cinta, por tanto, cumple con ese objetivo.

Hablando ya de lo estrictamente cinematográfico, bien podemos distinguir la estructura básica de planteamiento, nudo y desenlace con las 3 partes en las que dividir la historia: los asesinatos cometidos por los GAL, la implicación de los mandos policiales, y, finalmente, la participación política. No obstante, hay que ser realistas y tener en cuenta que no será ésta una cinta que pase a la Historia por los méritos acumulados. Por supuesto que tiene en su metraje apartados destacados. En primer lugar, me parece sin duda lo más sobresaliente, la capacidad para destacar la ardua labor periodística en lo referente a la investigación, en numerosas ocasiones no suficientemente recompensada y otras muchas expuesta a finales trágicos. Después, la fotografía, según nos sentamos en la butaca y comienza la película, deslumbra la niebla y su tenebrosidad hiriente en los primeros minutos, unos condicionantes que luego van perdiendo presencia y adquiriendo luminosidad según se aclara la investigación. En lo que respecta al acompañamiento musical, me recuerda, y lo digo desde lo plausible, a series y cintas policíacas de los años 80, algunas de ellas muy recomendables salidas de la factoría patria como Brigada central. Aunque también he de decirlo, ¡de quién sería la idea!, desafina estrepitosamente, al menos para mi gusto, la secuencia de varios asesinatos al ritmo, si no me equivoco, del rock de Iggy Pop. Y es loable, muy loable, el hecho de que no haya demasiado autobombo por parte del diario heredero de la investigación y que es la parte que se encuentra tras la cámara.

Hasta aquí bien, pero hay otros datos chirriantes que resaltar. Lo más llamativo es la falta de nombres reales. Digo yo que, si tanta es la seguridad que aparenta el guión en lo que concierne a las indicaciones con el dedo, ¿por qué no recurrir a los Amedo, Pedro J., Vera, Barrionuevo, González y compañía?. Igualmente, si bien las piezas van encajando de manera sobrada con flashbacks quizás excesivamente largos, el final se antoja demasiado abrupto, más propio de las chapuzas que narra –errores de personalidades, implicados adictos al juego y al sexo…- que del lenguaje fílmico. Tampoco se puede considerar necesaria para el argumento la historia de amor basada en el tira y afloja de los dos periodistas, o chocante eso de que en un subtítulo aparezca: “San Sebastián, País Vasco Español”. Craso error. Y he dejado para el final el reparto porque aquí sí que hay que repartir en todas las direcciones. Se sale, en algunos momentos por lo tétrico y en otros por lo caricaturesco, Jordi Mollá/Amedo, que se sirve también de una caracterización muy trabajada. Los periodistas tienen la cara en Natalia Verbeke, que se esfuerza y acaba con aprobado justo, y la cruz en José García, actor al que hemos visto en El séptimo día, que trabaja más en Francia que en España y cuyo acento doblado hace daño a los oídos. Completan un extenso reparto de colaboraciones que rayan en torno al 5 Abel Fol., Ana Álvarez, Blanca Marsillach, José Ángel Egido, José Coronado, Mercé Llorens, Miguel Hermoso, y, sobre todo, Bernard Le Coq, sí, el del anuncio de Schweppes, que aquí hace de Felipe González sin un acento logrado pero con lo terrorífico del recuerdo de unas frases que, salidas de la boca de un Presidente del Gobierno, invitan poco a creer en eso del “Estado de derecho”. Ya saben, los diarios de papel, o ahora digitales, convertidos en crónicas periodísticas en la gran pantalla.

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