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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

La horca para nadie

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 7 de noviembre de 2006, 00:28 h (CET)
Estoy en contra de cualquier sentencia de muerte, por muchos crímenes que una persona haya realizado. Ejecutarle me parece una idea absurda y torpe. Creo que es posible corregir el comportamiento del ser humano y compensar el desorden introducido, con otro tipo de sanciones. Considero que nadie puede autorizar la muerte de ningún ser humano. En mi opinión, pienso que hemos de buscar otras soluciones para defender a la sociedad de las agresiones de ciudadanos que han perdido todo juicio, lo que no significa que nosotros hagamos lo mismo. Pasarle al reo la factura del odio y la venganza, sin pensar en su dignidad, es colocarnos a su misma altura y convertirlo en un mártir. Además, para en justicia reparar el daño, se precisa que el criminal viva. En consecuencia, la pena capital dista mucho de ser una sanción ejemplarizante.

La medida y la calidad de la condena impuesta, estimo que deben ser valoradas y decididas objetivamente, para huir de irracionales exterminios. Servidor, no ve la necesidad, por muy criminal que sea la persona, de eliminarlo. Deben apuntalarse otros caminos, distintos a su destrucción, para neutralizar las hazañas del malhechor. Desde luego, el recurso a la pena de muerte, para empezar nos encamina a una pérdida de sensibilidad moral, cuestión que agrava los valores de la convivencia. Juzgo, pues, que debe ser lo último de lo último a tener en cuenta. Quitar al penado de la faz de la tierra, es una acción absolutamente innecesaria y una reacción mezquina, porque a nada conduce. Más bien nos desautoriza, puesto que el distintivo de la barbarie no cesa, continua; en vez de reflejarnos que es posible la paz sin el ojo por ojo y diente por diente. Sería un buen testimonio para que los asesinos también abolieran la pena de muerte de su agenda diaria.

Observo que las sanciones han de ser más reparadoras que vengativas. Si detesto cuando se aplica la máxima pena capital a la persona, también censuro cuando directa o indirectamente se castiga a individuos próximos, a poblaciones enteras. Por ejemplo, no me parece equitativo aplicar sanciones económicas o embargos, sin antes haberlo ponderado y sometido a criterios éticos, los efectos injustos que estas medidas pueden ocasionar. Cuando se oprime a los pueblos y se les sentencia con la horca, resulta bastante difícil poner justicia después en el camino. Así, el reclutamiento de los criminales, es más fácil en los contextos sociales donde los derechos son conculcados y las injusticias se toleran. No debemos perder de vista el principio de humanidad, algo que todos llevamos en el alma, y que hemos de regenerar. Estimo necesario lograr la abolición total de la pena de muerte en el mundo, creo que es fundamental para avivar el compromiso de un nuevo consenso basado en los principios humanitarios, reforzando el lenguaje de la verdad; única lengua que puede impedir nuevos crímenes contra la humanidad.

Vivimos una época de desprecio total a la vida, lo que engendra violencia, desconfianza y exclusión. A diario se producen demasiados crímenes contra la humanidad; conductas tipificadas como asesinato, exterminio, deportación o desplazamiento obligado, encarcelación, tortura, violación, prostitución impuesta, esterilización impulsada, persecución por motivos políticos, religiosos, ideológicos, raciales, étnicos u otros definidos expresamente, desaparición forzada y tantos otros actos inhumanos que causan graves sufrimientos o atentan contra la salud mental o física de quién los sufre. Qué hacemos, ¿le aplicamos a todos la horca? ¿O será mejor buscar las causas y sus motivos? La búsqueda de soluciones a estos conflictos pasa por analizar las motivaciones que originan estos comportamientos. Sería una incorrecta resolución al problema aplicar la pena capital, porque no eliminaría estas perturbadas conductas. Habría que ver la manera de que cada cual reconozca, los derechos que le son propios y los deberes que tiene para con los demás.

Nadie en el mundo se merece la horca como castigo. Lo entenderíamos mejor si nos moviera el amor de sentir como nuestras las necesidades de los demás. Mucho más todavía, si aspiramos a vivir unidos, a convivir en una misma dirección, al bien de todos en un mundo globalizado en el que para hacer familia hay que dialogar antes. Un diálogo que no significa hacer la vista gorda ante el diluvio de crímenes contra la humanidad, sino que implica un compromiso de respeto por la dignidad de cada persona, incluida la de los criminales. Nos faltan expertos en humanidad capaces de reeducar a los violadores de los derechos humanos y nos sobran charlatanes de plazuela. Esta plaga no es un asunto interno de una nación. Todos tenemos el deber y el derecho de poner orden, porque en el desorden todo el planetario pierde.

Que nadie se haga ilusiones de que con la pena de muerte se da un escarmiento para acrecentar la paz. La verdadera armonía no se consigue con la horca. La concordia se desmorona con las injusticias, con la falta de libertades y solidaridad, con las desigualdades excesivas de carácter económico o social que existen entre los seres humanos y las naciones. Se ha perdido la gramática del espíritu humano y así no es posible dar asistencia humanitaria al que lo pide, vivir la vocación a ser una sola familia, cambiar el modo de actuar de los escandalizadores del mundo, reorientar la economía en la solidaridad… Esto pasa por derogar la ley natural y dejar que se promulgue, ratifique e implante la maldad humana, como ley de vida.

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