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Opinión
Etiquetas:   Cartas a un ex guerrillero  

La paz no es algo adquirido para siempre

Sor Clara Tricio
Sor Clara Tricio
domingo, 5 de noviembre de 2006, 21:37 h (CET)
Querido Efraín:

La paz no consiste en una mera ausencia de guerra; ni se reduce a asegurar el equilibrio de las distintas fuerzas contrarias, ni nace del dominio despótico, sino que, con razón, se define como obra de la justicia. Es el fruto del orden que el Creador quiso establecer en la sociedad humana y que debe perfeccionarse sin cesar por medio del esfuerzo de aquellos hombres que aspiran a implantar en el mundo una justicia cada vez mayor.

En efecto, aunque el bien común del género humano depende de la Ley eterna, en sus exigencias concretas está, con todo, sometido a las continuas transformaciones ocasionadas por la evolución de los tiempos; la paz no es nunca algo adquirido de una vez para siempre, sino que es preciso irla construyendo y edificando cada día. Como, además, la voluntad humana es frágil y está herida por el pecado, el mantenimiento de la paz requiere que cada uno se esfuerce constantemente por dominar sus pasiones, y exige de la autoridad legítima una constante vigilancia.

Y todo esto no es aún suficiente. La paz de la que hablamos no puede obtenerse en este mundo si no se garantiza el bien de cada una de las personas, y si los hombres no saben comunicarse entre sí y con confianza, las riquezas de su espíritu y de su talento. La firme voluntad de respetar la dignidad de los otros hombres, y el ejercicio de la fraternidad son algo absolutamente imprescindibles para construir la verdadera paz. Por ello, puede decirse que la paz es, también, fruto del amor que supera los límites exigidos por la simple justicia.

La paz en la Tierra nace del amor al prójimo, y es como la imagen y el efecto de aquella paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el mismo Hijo de Dios encarnado, príncipe de la paz, ha reconciliado por su cruz a todos los hombres con el Padre Eterno reconstruyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo. Así, ha dado muerte en su propia carne al odio y, después del triunfo de su resurrección, ha derramado su Espíritu de amor en el corazón de los hombres.

Por esta razón, estamos invitados a unirnos, realizando la verdad en el amor, a la unión con aquellos hombres que, como auténticos constructores de la paz, se esfuerzan por instaurarla y rehacerla. Movidos por este mismo espíritu, no se puede dejar de alabar a quienes, renunciando a toda intervención violenta en defensa de sus derechos, recurren a aquellos medios de defensa que están, incluso, al alcance de los más débiles.

Os envío los mejores deseos, y con la esperanza de que sigáis todos bien, recibir un cariñoso saludo, CTA.

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