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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Solo ante el peligro

Francisco Arias Solís
Redacción
domingo, 5 de noviembre de 2006, 21:37 h (CET)
“Mas busca en tu espejo al otro,
al otro que va contigo.”


Antonio Machado

Ser tímido, es para muchos una verdadera cruz, pues exige contenerse las ganas de hacer y de decir en todo momento. Sin embargo, la timidez no es más que una visión equivocada de uno mismo. Con frecuencia los tímidos son unos grandes enemigos de sí mismos. Conocerse un poco más, descubrir las propias virtudes y dejar que salgan a la luz es la mejor manera de acabar con la inseguridad.

Enormemente ricos por dentro pero aparentemente pobres por fuera, los tímidos son, probablemente, las personas que menos partido sacan de sus cualidades. Jugando eternamente al escondite cuando se trata de asuntos sociales, desearían borrarse del mapa si alguien los solicita para una reunión de trabajo, una conversación entre desconocidos, o para hablar en público.

Todo el mundo posee cualidades, pero sólo los que tienen conciencia de ellas son capaces de obtener rentabilidad. La persona tímida que desee dejar de serlo debe ser muy consciente de aquellas virtudes en las que puede apoyarse para sentir seguridad. Como la timidez nace, sobre todo, de la desconfianza en uno mismo, conviene mantener la lista de virtudes bien a mano, o mucho mejor en la mente. En cualquier momento del día y, sobre todo, cuando las fuerzas flaquean, nada mejor que un repaso a las virtudes, especialmente las que sean exigidas en la situación. También es bueno habituarse a utilizar las alternativas. Actitudes mentales del tipo “es cierto, no soy organizado, pero si puedo resolver los problemas con facilidad” contribuyen a sentirse seguro.

Un rasgo característico de las personas con timidez es la huida. Procuran no enfrentarse a situaciones que para ellas resultan embarazosas, de manera que pocas veces ponen en práctica sus cualidades. Eso crea dudas acerca de sí mismo.

Merece la pena no obsesionarse con la timidez. Ocurra lo que ocurra conviene ser siempre uno mismo. Ocultar la timidez por medio de la exageración o la burla resulta a corto plazo algo bastante cargante para los demás y muy poco eficaz.

Un terreno especialmente delicado es el de la relaciones sociales laborales. En este área es necesario moverse entre la franqueza y la distancia. Demasiado desenfado o un exceso de formalidad no resultan aconsejables. En las reuniones de trabajo o de negocios la profesionalidad y la discreción ocupan un primer plano. Parece innecesario decir que estas reuniones no son el lugar para las confidencias, las opiniones personales acerca de personas o situaciones por muy vinculadas que estén con el trabajo. Uno no se juega el puesto de trabajo por resultar tímido, pero sí por falta de profesionalidad. También en el trabajo hay que recordar el juego de las alternativas: “No les río las gracias a los jefes pero hago bien mi tarea que es lo importante”.

La sinceridad se agradece, pero en determinados momentos inquieta. Por eso es mejor no expresar lo inseguro que se está. Crea una situación embarazosa a los demás que aumenta la inseguridad de quien la ha confesado. Y es que, como dijo el poeta: “Hay también medias verdades / que para ser verdaderas / les basta con ser mitades”.

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