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¿Tan indispensable es Lukashenko para Rusia?

Dmitri Andréev
Redacción
sábado, 4 de noviembre de 2006, 13:06 h (CET)
La política que Rusia está practicando hacia las ex repúblicas soviéticas es uno de pocos vestigios de la época de Yeltstin. Al igual que en la década del 90, reconociendo con entusiasmo exaltado la soberanía de las mismas, procuramos ganarse sus simpatías. Pero el resultado es cero. A título de garantes de su soberanía, los nuevos países prefieren ver a quienquiera que sea, pero no a Rusia, y desprecian francamente la amistad que intentamos imponerles considerando que, a pesar de todo, Rusia está mucho más interesada en esa amistad que ellos. Pues, nosotros, por sí acaso, seguimos contentándonos con el papel de “garantes menores” de su soberanía. Y a despecho de las realidades evidentes e incontrovertibles de la organización postsoviética del mundo rechazamos territorios y pueblos que oficialmente, a nivel de veredictos legítimos tomados por sus instituciones estatales, solicitan ingreso en la Federación de Rusia.

Y, además, resulta extraño estructurar las relaciones con los nuevos países en base al pragmático régimen de mercado que se rige por los precios mundiales y, al mismo tiempo, cifrar esperanzas en conservar nuestra influencia en ese espacio. En este contexto, la afinidad de la historia, la cultura y la lengua conducirá al rechazo recíproco, como lo sucedió, por ejemplo, en el caso de Alemania y Austria. Hay que poner la cuestión sobre el tapete: mantener el nivel especial de precios de los agentes energéticos exigiendo a cambio el reconocimiento del papel singular de Rusia en los territorios limítrofes, o guiarse por las leyes del mercado, lo que presupone el mayor margen de maniobras de cada parte.

A su manera, ambas posturas son razonables. Pero de hecho Rusia quiere cobrar por completo su renta natural insistiendo en sus pretensiones a desempeñar cierto papel especial en el espacio postsoviético. ¡Y al mismo tiempo, obligada a reconocer la libertad de sus partenaires, la propia Rusia se priva de tal libertad! Dicho en otros términos, con persistencia envidiable marcamos goles en la propia portería.

Sobre este telón de fondo, parece completamente incomprensible nuestra política con respecto a Bielorrusia. Es más, acusa los rasgos de desdeñosa minimización de muchos Estados postsoviéticos partiendo éstos del supuesto hecho de que Rusia no podrá valerse de ellos. Se da la impresión de que sufriendo semejante desprecio de parte de unos países de la CEI, en respuesta, a título de venganza, estropeamos las relaciones con Bielorrusia.

Cínicamente dicho: Lukashenko, el presidente bielorruso, no podrá prescindir de Moscú, pese a todas sus recientes manifestaciones severas con respecto al Kremlin o la afectada afinidad con Hugo Chávez. El futuro político de Lukashenko depende por completo de Moscú. Pero, de hecho, esa dependencia es recíproca. Pues, en caso de la salida o caída de Lukashenko (lo que, como es evidente, solamente podrá suceder con el visto bueno de Moscú), el nuevo régimen bielorruso será inevitablemente –según el principio del péndulo- antirruso: volverán Pozdniak, censura de correspondencia, hegemonía de la OSCE, esa defensora de derechos humanos; y otros “benefactores” de toda laya y calaña. Y si es difícil vaticinar, por lo menos ahora, el desenlace del referéndum ucraniano sobre el ingreso en la OTAN, después de Lukashenko, en Bielorrusia, será evidente el resultado de la análoga medida (si en general ésta sea necesaria en el contexto de la superación histérica de las secuelas del “régimen autoritario”). Y las bases de la OTAN en la frontera de la provincia de Smolensk llegarán a ser realidad imposible de evitar. Así que no se sabe aún si Bielorrusia no podrá valerse de Rusia o al revés.

Naturalmente, sería mejor admitir a Bielorrusia en la Federación de Rusia y resolver de un golpe el problema. Incluso con el desenlace más favorable la Unión Rusia-Bielorrusia es un fenómeno utópico investido de poderes incomprensibles y con estatus indefinido. Sin embargo, el presidente de Bielorrusia (es decir, tanto Alexander Lukashenko en persona, como Lukashenko y sus adeptos, o sea, varios centenares de figuras claves de su régimen) comprende perfectamente que en caso de la incorporación a Rusia no tendrá futuro político alguno. Por esta razón, Lukashenko rechaza tajantemente esa idea e insiste en crear la Unión Rusia-Bielorrusia en base a la igualdad de derechos para ponerse a salvo del “peligro de terciopelo” y al mismo tiempo conservar siquiera un islote de su sujeto. Pero, a juzgar por todo, nuestro país no está dispuesto a crear tal Unión y, además, es poco probable que la necesitemos en la forma que se está debatiendo por más de diez años.

Puede haber dos variantes: o una Rusia indivisible y unitaria en realidad, o un Estado distinto, también único e indivisible, formado en base a Rusia incluyendo nuevos territorios en su composición. Tal es la situación ideal, pero la severa vida cotidiana exige normalizar las relaciones con Bielorrusia. A este respecto, podrán surtir cierto efecto los pasos siguientes:

Primero: para minimizar las manifestaciones inadecuadas del líder bielorruso, Rusia no ha de dar motivo para ellas. En este sentido, podrán ser suficientes incluso los métodos retóricos que a nada obligan. Por ejemplo, presentar a Bielorrusia como principal partenaire estratégico en el espacio postsoviético. Entonces Lukashenko no tendrá motivos políticos ni morales para practicar las “zancadillas” chocantes para nosotros a titulo de confraternización con Hugo Chávez o las negociaciones en materia del gas realizadas por separado con Ucrania.

Segundo: es necesario comprender de una vez por todas que el “Frente bielorruso” es meramente geopolítico y dejar de mostrar nuestra avidez respecto a la privatización de sectores más prósperos de la industria bielorrusa. Y menos aún no apresurarse.

Tercero: hace falta trabajar mejor con Lukashenko y sus correligionarios, sobre todo cuando se trata de un círculo limitado de personas. En los tiempos pretéritos, cobrando tierras y principados para su ensanche, el Reino de Moscú recibía bajo juramento a corporaciones enteras de pueblos a su servicio incorporando así definitivamente hasta ciudades tan belicosas como Tver, Nóvgorod y Riazán a los dominios del príncipe Iván Kalitá, unificador de tierras rusas.

Y cuarto: la idea de la Unión Rusia-Bielorrusia, pese a su carácter absurdo, tendrá que seguir siendo la estrella polar en nuestras relaciones con Bielorrusia. La retórica no obliga a nada, pero tarde o temprano la era de Lukashenko tocará a su fin. Pues entonces la retórica habrá de ser complementada con instrumentos distintos. Lo que es principal, no apresurarse.

Rusia necesita a Lukashenko mucho más de lo que él necesita a Rusia. Por esto es necesario trabajar con Lukashenko de una manera muy delicada. E incluso no sentir vergüenza y hacer concesiones. Pues, la concesión no siempre es el sino del débil, sino en muchos casos el lujo que puede permitirse solamente el fuerte.

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Dmitri Andréev, subdirector de la revista “Politícheskyi klass”,
miembro del Consejo de Expertos, para RIA Novosti.

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