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Etiquetas:   Con permiso   -   Sección:   Opinión

Mecagüen Jalogüin

Pedro de Hoyos
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
sábado, 4 de noviembre de 2006, 06:53 h (CET)
Lo malo que tiene estar tan liado como yo es que en cuanto me descuido vienen otros columnistas y me pisan las ideas. Que quieres escribir sobre la extranjerizante memez colectiva de cada 31 de octubre... pues un par de días antes alguien te escribe un artículo olé bandera sobre Jalogüin, convirtiendo tu trabajo semanal (o sea el mío) en un artículus interruptus y dejándome con la boca entreabierta y la mano perdida a medio camino entre mi ralo cuero cabelludo y el teclado, sin saber qué hacer con ella. Hala, Pedro, todo lo que fueras a decir ya no sirve para nada, ha habido otro más rápido, con más reflejos y con más categoría que te deja boquiabierto y sin novedades que llevarte al teclado.

¿Qué puedo decir yo ahora? ¿Que lo del Jalogüin (les juro por lo más sagrado que lo de escribirlo así también era brillante idea mía despiadadamente pisada por otro columnista) me parece una majadería suprema, muestra de la estulticia popular y de la degradación cultural española? Pues ya lo han dicho, majo, y tú, o sea yo, te quedas en mero repetidor. Con la de alabanzas que podrían echarme algunos de ustedes si no pensaran que soy un vulgar plagiador...

Porque estoy firmemente convencido de que somos unos gilipollas que adoptamos rápidamente y sin criterio cualquier payasada foránea que nos llegue a través de las pantallas de toda condición que nos asaltan, predisponen y manipulan en este siglo XXI que tan rápido está corriendo. Cuando veo por la calle a un soplagaitas de metro treinta vestido de drácula con una calabaza en la mano me siento tentado de echarle una cadena al cuello y llevarle una temporada a galeras mientras aprende la rica y variadísima tradición cultural española. Normalmente suelo detenerme a tiempo porque hay una duda sempiterna que todavía no he alcanzado a solventar: ¿Quienes perpetraron al jodío enano, posiblemente en una noche de alcohol barato e inconsciencia juvenil, no serán al fin y al cabo los iletrados responsables educativos de semejante majadería?

Porque aparte de perdonar a la infeliz criatura, que no hace más que imitar lo que de un modo u otro le trasmite la sociedad, hay que pensar que probablemente los casposos padres que así proceden son unos retrógrados desculturizados (No, no busquen esta palabra, no existe pero describe muy bien lo que pretendo decir) cuyo paupérrimo espíritu sólo se alimenta de telenovelas venezolanas y baratas producciones televisivas norteamericanas para después de comer. ¿Qué puedes pedir a semejantes individuos e individuas cuyo mayor éxito cultural puede haber sido culminar los estudios de la LOGSE sin repetir más de dos veces?

¿Qué respuesta cabe esperar si les hablas de la globalización cultural, de nuestra rica tradición culinaria y literaria y de que prescinden de otros referentes propios como Don Juan o el Burlador de Sevilla? “¿Y ese Don Juan cómo se apellida?” -preguntarían mientras comen hamburguesas, oyen “Los Cuarenta Subnormales” y escriben a Santa Claus una carta yena de orribles faltas de ortografia. ¿Qué puedes esperar de una nación (perdón: “Nación” o lo que finalmente resultemos ser) que renuncia a sí misma y se echa de pechos en el regazo de cualquier nuevo rico, armado, peligroso y probablemente ignorante?

El caso es que... (Jodé, al final resulta que me he puesto serio cuando sólo pretendía reírme irónica y despectivamente de tanta incultura disfrazada de George Bush en un baile de gala)... el caso es, decía, que me molesta la memez creciente de una sociedad opulenta y hedonista, que cree que tiene que ser feliz como sea, aún a costa de imitar soplapolleces extranjeras para parecer más cosmopolita y divertido. Y me molesta porque si seguimos con este proceso de sajonización (No, ésta tampoco viene) aspectos tan españoles como la siesta, la partida en el bar de abajo o las judías con chorizo corren peligro.

Y con esas cosas no se juega.

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