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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

El arte de quedarse solo

Francisco Arias Solís
Redacción
viernes, 3 de noviembre de 2006, 00:06 h (CET)
“Dios me entiende y basta.
Y no digo más aunque pudiera.“


Cervantes.

“La verdad se parece a un cuento”, dijo Shaskepeare. La verdad no es una cosa racional, ni, mucho menos, razonable. La verdad no es una razón, es una pasión. Y lo menos razonable del hombre es su ser verdadero. Ser en el tiempo; parecer en el mundo.

La verdad no es una razón para Don Juan que invita a la estatua, y desafiando temporalmente su amenaza, prueba su enajenación racional todavía más racionalmente que Don Quijote. Razón y pasión riman el pulso de Don Juan con firmeza y decisión heroica. “Tengo brío –exclama- y el corazón en las carnes”. Si tu tienes el corazón en las carnes –pudo decirle Don Quijote- yo tengo en los huesos el alma: y no sé qué es lo que más duele.

“Yo nunca me he muerto –dice Sancho Panza- en todos los días de mi vida”. El hombre que no muere en todos los días de su vida es el que vive de ese modo sin vivir en él. Sancho no vivía en él, ni para él. Y nunca hubiera podido decirnos Sancho nada parecido antes de pasar por aquella espantosa noche oscura de su purgatorio que le dio tan clara conciencia humana de sí mismo.

“Mal molido y peor parado” nos dice Cervantes que salió Sancho de su purgatorio. Pero con segura conciencia como le dijo Don Quijote. “Dios me entiende y basta”, dice Sancho y añade con nueva cordura admirable: “y no digo más, aunque pudiera”. Tampoco nos dijo mucho más Cervantes después de ver reunida a su pareja al terminar este episodio de su separación y recíprocas soledades. Juntos siguieron Sancho y Don Quijote hasta poner fin a su maravillosa historia o cuento.

“Importa no estar dormido”, decía el burlador sevillano. Para al percatarse tan solo, ante la estrella nocturna, poder afirmar absolutamente: “Estas son las horas mías”. Las horas vivas de la noche. ¿Tú también, Don Juan, fuiste solo a decirle la verdad al lucero del alba?

Está Don Juan como los astros en su sitio: Cuando nos enseña, magistralmente, el arte de quedarse solo. Solo con su destino, solo con su estrella; solo con su verdad. ¿Solo con su estatua? Solo ante el negro toro fatal de la noche estrellada.

Como una llamarada encendida de pasión verdadera puso Don Juan su grito desafiador en los cielos: “Estrellas que me alumbráis / dadme en este engaño suerte / si el galardón en la muerte / tan largo me lo fiáis”.

Don Juan fue solo a decirle la verdad al lucero del alba. Pero; ¿le preguntaste a él la suya? A las claras horas del amanecer, ¿vuelve Don Juan desengañado de absoluto? ¿No será la réplica a su pregunta la de Sancho recién salido de su purgatorio? “Dios me entiende y basta. Y no digo más aunque pudiera”. Y es que, como cantó el poeta: “Por su apellido notorio / a las ánimas benditas / que están en el purgatorio / le debe todas sus cuitas / el pobre Don Juan Tenorio”.

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