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Etiquetas:   Crítica de cine   -   Sección:   Cine

'Infiltrados': Scorsese vuelve al género de gángsters

Graciela Padilla
Redacción
martes, 19 de diciembre de 2006, 22:23 h (CET)
Quizá no nos encontremos ante la mejor película del director neoyorquino, Martin Scorsese. Sin embargo, con Infiltrados, vuelve a demostrar que puede hacer lo que quiere porque lo hace como el mejor. En esta ocasión, Scorsese regala a los espectadores una película de gángsters, el género que tan bien domina. Pero no estamos ante los mafiosos de Uno de los nuestros, El color del dinero o Casino. El director traslada los tópicos habituales del género al Boston actual. Mafia, Policía Estatal de Massachussets, FBI, capos de la droga, chinos que quieren chips para armas nucleares; buenos que son malos y malos que son buenos, porque nada es lo que parece.

El resultado de esta mezcla son dos horas y media de película, cargada de adrenalina, tiros, armas, sangre, palabrotas y buenas dosis de la realidad más sucia. La única pega que se le puede poner a Scorsese es hacer un remake en lugar de inventarse un guión original. Efectivamente, Infiltrados tiene como semilla una película anterior, salida de la factoría de Hong Kong y llamada Infernal Affairs. Esta cinta cosechó un gran éxito internacional y generó dos secuelas, Infernal Mission y Love is a many stupid thing, además de decenas de copias y subproductos varios. No obstante, lo bueno del remake es que, muchas veces, la copia mejora al original y si el “copión” es Scorsese, el resultado puede ganar muchos puntos. A la historia y estilo visual original, el norteamericano añade su maestría, su dominio del lenguaje de la cámara, el mejor montaje (Thelma Schoonmaker, su editora habitual es la culpable de ello; hace que los fallos de raccord tengan su sentido) y un reparto que muchos quisieran. Además, Scorsese había “copiado” antes y nadie se lo echó en cara. Basta recordar El cabo del miedo o La edad de la inocencia, llevadas al cine antes de que Scorsese agitara su batuta mágica de director y las convirtiera en dos grandes películas que acallaron el recuerdo de las respectivas originales.

Anécdotas y evocaciones aparte, Infiltrados merece ser juzgada y valorada por sí misma. Como ya se ha indicado, el reparto es una de sus mejores bazas. Jack Nicholson (en el filme, Frank Costello), por antigüedad y trayectoria, merece la primera mención, ya que borda un papel exagerado, repulsivo, obsesionado con el sexo, el poder y la violencia, enfundado en ropa imposible, hortera y surrealista (recordar que Scorsese es un megalómano de la ropa, además de la música, también protagonista en el filme, y ese vestuario no es una elección gratuita). Su papel podría suponer una nueva nominación para las estatuillas doradas, pero la violencia del film puede jugar en su contra.

Lo mismo pensará Leonardo Di Caprio, que sigue madurando y buscando su tercera nominación. Después de los desencantos (en lo que a premios de interpretación se refiere) de ¿Quién ama a Gilbert Grape? y El Aviador, el guapo de Hollywood quiere dejar de ensayar su cara de “no he ganado el Oscar, ¿qué se le va a hacer? – Jaime Foxx lo ha hecho mejor que yo”. Así que vuelve a intentarlo con el papel de Billy Costigan, doloroso y atrapado entre un pasado con familia mafiosa incluida y un futuro negro de querer ser buena persona y policía honrado. Billy vive un dilema y una crisis de identidad al tener que infiltrarse en el equipo de Costello para ganarse su placa y su pistola legal. Y Di Caprio sabe interpretarlo bien, con una rabia y dolor contenidos; creíbles pero minimizados en los planos que comparte con Nicholson.

El tercero, y quizá más sucio de todos, es Matt Damon en el papel de Collin Sullivan. Protegido de Costello desde niño, se infiltra en la policía y asciende de manera fulgurante. Con su cara habitual de niño bueno quiere ser el mejor policía y el mejor hijo para Costello. La mayor de las ratas del filme recuerda mucho, en su ambivalencia, al personaje que ya interpretó Damon en El talento de Mr. Ripley. Pero esta vez no habrá nominación para él.

Sí se puede aplaudir con fuerza el papel de los secundarios. Martin Sheen, como Capitán Queenan, borda un papel maduro y sereno. Se convierte en padre y protector de Billy Costigan y protagoniza una de las escenas más impactantes de la película, con caída al vacío incluida. Le acompaña su ayudante, el Sargento Dignam, interpretado por Mark Wahlberg. Su personaje es violento, tosco, musculoso y palabrotero. Pero resulta clave y necesario, gracias en parte a una gran interpretación. Wahlberg demuestra que han pasado muchos años desde Boogie Nigths y que sabe hace muchas más cosas, además de robar coches y enseñar cara bonita en The Italian Job. Por eso, regala una actuación interesante y roba planos a los dos protagonistas más jóvenes. Además, nos recuerda que pronto volverá, para gusto del público femenino, con la secuela The Brazilian Job.

Por no dejar en el olvido al resto del casting, habría que recordar a Alec Baldwin, poco dibujado pero presente (peor que en su papel de El Aviador, anterior regalo de Scorsese para el ex marido de Kim Bassinger), y a Vera Farmiga, la menos conocida del reparto. La actriz de Nueva Jersey interpreta a Madolyn, psicóloga estatal de policías con traumas y ex convictos en libertad condicional. Precisamente, esa profesión la unirá a los dos protagonistas, Billy Costigan y Collin Sullivan, formando un triángulo amoroso donde mantiene relaciones amorosas paralelas con cada uno de ellos. Sin embargo, la relación más fuerte y sincera la establece con el personaje de Di Caprio, que demuestra en pequeños detalles (atención a la fotografía enmarcada de la pared) que él no es tan rata como todos creen.

Todos estos protagonistas tejen una historia enrevesada y ágil, con diálogos que abarcan desde la calma y la rutina hasta la violencia más explícita y desagradable. El guión nos sumerge de lleno en la agonía desde los primeros minutos y la situación, in crescendo, nos hace desear llegar a un clímax que dura casi los 150 minutos de metraje. Scorsese sigue haciendo lo que quiere, con Oscar o sin él, nadie le puede discutir nada.

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