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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

La enamorada de los muertos

José Luis Palomera
Redacción
viernes, 3 de noviembre de 2006, 00:06 h (CET)
Mi última noche:

“La conozco aún sin conocerla,
la siento sin tenerla, y la amo por ser de mi vida
la dueña”


Una noche, ella me citó a la vera de río. Soñando, la vi llegar, sombría de rostro, entre la palidez plateada de la noche.

Mientras se acercaba, observé sus arcanos ojos azules que expresaban lóbrega melancolía.

- Ven, no temas-, me dijo; su seca voz me impregnó el alma de escarcha.

Dude en acercarme mientras miraba el río, que tiritaba tenebroso de niebla; indeciso, elevé la vista al cielo... y apenas pude divisar los luceros, testigos de mi vida. Sin darme cuenta que lloraba me puse a llorar, lágrimas sedantes que la niebla me enjugaba.

Ella me volvió a decir, -acércate no temas-; malos presagios
comenzaron a precipitarse por mi piel, cual lava ardiente de recuerdos.

Viendo que me resistía a su luctuoso abrazo vino hacia mí, luego me tomó las manos y me acercó sus mejillas a la cara..., sentí que su impávida piel me abrasaba de muerte.

Ardientemente fría me acerco su boca y me besó, perpetuo beso que poco a poco me envenenaba la vida. Su saliva, cual savia de azufre, me amargaba el paladar.

Con el último hálito de mi vida me zafé de su abrazo despreciando sus besos, que sabían a muerte, para arrebatar a la vida el oxígeno, el paupérrimo oxígeno que aún podía inspirar.

Solo una mirada al cielo pude elevar para que mis ojos pudieran seguir el sendero de la nubla Luna. Moribundo, apenas pude oír el canto del búho, canto eterno, pleno de melancolía. Mis recuerdos fenecían entre las aguas platinas del río frondoso de niebla, espuma del Cielo.

Nunca logre comprender, por qué ella me citó esa noche, a la vera del río.
Si yo..., ni tan siquiera, la conocía... Mientras los árboles vecinos del río apenas sus dedos mecían, ella..., la muy picarona, eternamente me tomaba- imborrable sirena de mi vida.

A mi muerte de ojos azules...

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