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Infanticidios impunes

Pascual Falces
Pascual Falces
viernes, 3 de noviembre de 2006, 00:06 h (CET)
La enumeración histórica de las “acciones voluntarias para matar o herir gravemente a alguien”, que no otra cosa es el crimen, si se conociese con claridad, sería interminable. No sólo en cuanto al llamado novelísticamente, “crimen perfecto”, y en el que se tiene que discurrir lo suyo, sino en cuantas acciones, moralmente reprobables, han sucedido dentro del oscuro anonimato. El devenir de la humanidad no es, precisamente, un camino de rosas.

Ante la pregunta, de trascendente repercusión legal, de si un niño ha nacido con o sin vida después de nueve meses de gestación –a término-, la Medicina ha sido taxativa: si el neo-nato ha respirado es que ha vivido, ha existido aunque sea por un instante como individualidad no dependiente de la madre que lo llevó en su seno. Evolutivamente, el feto cuando nace hace acto de presencia con todos los órganos necesarios para vivir “su vida”, y, por lo tanto, digno merecedor de los derechos que le pertenecen, y con todas sus consecuencias. Ahora bien, el pulmón es un órgano potencial que no ha necesitado cumplir su misión antes de nacer, porque el oxígeno –el aire que se respira- se lo venía aportando la madre, junto con el resto de sustancias necesarias para su desarrollo, a través del cordón umbilical. Es la primera respiración, con lloros o no, la que hace que ese tejido se “despegue”, y deje de ser una esponja exprimida, que es como había permanecido a lo largo del desarrollo fetal. Con ello, “el niño” resulta capaz de consumir oxígeno y expulsar los gases tóxicos que produce. Lo que ha sido dependiente del organismo materno se libera de esa servidumbre imprescindible antes del parto. Comprobar que el pulmón ha “respirado” es fácil, y con ello, la Medicina Legal da su tajante respuesta acerca de si ha vivido o no. Se conocen casos, habituales, como los llamados “sietemesinos”, en que a pesar de su inacabada gestación, con los debidos cuidados el niño subsiste. En fases anteriores, hasta de cinco meses, sin que se pueda precisar una fecha exacta, también se sabe de casos excepcionales que, igualmente, han sobrevivido.

Algunas personas se sirven de los conocimientos médicos adquiridos para “curar o mejorar al hombre”, y, con afán de lucro, se escudan en el debatido término de “aborto”, y de este modo, matar a un ser capaz de vivir por su cuenta. Es decir, a un niño camino de ser hombre; como cualquier adulto lo ha sido en su inicio. Dichos individuos, enfundados en bata blanca, son criminales a quien la justicia debe someter a procedimiento. No se mata porque sí, sino porque alguien estorba y se le quita de en medio con beneficio. Desde que Caín destrozó el cráneo de su hermano Abel con la famosa quijada de burro –un contundente instrumento - así ha ido sucediendo, haya sido de público conocimiento o no. Con los siglos, el refinamiento en el asesinato (matar a alguien con premeditación y alevosía) ha llegado hasta la insospechada sofisticación y el eufemismo (“daños colaterales”).

La madre no tiene por qué conocer la capacidad de vivir por su cuenta del feto a esas alturas del embarazo. Pero, el médico que se presta a resolverle el “problema”, aunque cueste entender de qué problema se trata, es doblemente culpable: por ocultar algo que le otorgan los mismos conocimientos que le capacitan para “atenderla”, y por ejecutar de su mano el crimen. Científicamente resulta incontrovertible la consecuencia de estas actuaciones a toda luz delictivas.

Una voz desaparecida no hace muchos años, la de la Teresa de Calcuta, sigue resonando en el corazón de las madres: ¡No los matéis, dádmelos a mí!... De los criminales con título de médico, sólo cabe llevarse las manos a la cabeza ante la hipócrita dejadez de la justicia, tan diligente con cualquier otra clase de delitos relativos a la propiedad, por ejemplo.

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