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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Dejar de vivir

Francisco Arias Solís
Redacción
jueves, 2 de noviembre de 2006, 06:43 h (CET)
“Morirse no importa nada:
lo que importa es que la vida
con la muerte se acaba.”


José Bergamín

“A mi juicio –decía Freud con razón-, los filósofos piensan en este punto demasiado filosóficamente”. Es verdad: la muerte ha ocupado a los pensadores de un modo permanente pero al fin y al cabo, como el resto de los mortales, ante ella no tenemos argumentos, sino consolaciones y nada más que eso. Incluso para algunos las propia filosofía es una consolación frente a la muerte.

Con la edad poseemos un saber acumulativo sobre la muerte que no se limita a la muerte ajena. Creo que vamos sabiendo también de la muerte propia. Pensemos en aquel Quotidie morimur, cada día morimos un poco, de Séneca, tantas veces recordado más tarde. La vida no sólo se ocupa de informarnos que hemos de morir, sino de hacernos saber que somos moribundos o murientes, como sostenían los clásicos, y desde muy temprano.

La vieja frase Mora certa, hora incerta no es aplicable a aquel al que se le apaga por momentos la vida, que vive en la totalidad la hora certa y por eso, más que vivir ni morir, “entremuere”, como se decía en castellano antiguo. El moribundo es la persona que entremuere o está en trance de morir, como la llama de una vela que se apaga a la luz del día en el crepúsculo. Todos los verbos expresan una acción, pero pocos como el verbo morir, una acción tan lenta. Más que indicar un acto, un acontecimiento, quiere evocar la resistencia a que esto suceda o cuando menos quiere indicar la lentitud con que sucede. Morir es dejar de vivir, no otra acción más concreta, y eso se hace, poco a poco consumiéndose. En la muerte repentina los segundos se hacen minutos, y en la muerte lenta, a veces queriéndolo así, a veces a pesar nuestro, los minutos pueden durar mucho más de lo que hubiéramos imaginado.

Son muy diferentes, pues, la muerte y el morir. La muerte es la misma para todos y todos, a la vez, somos iguales ante la muerte. Pero hay muchas formas de morir y aun en situaciones muy parecidas todos morimos de distinto modo. Escribe Séneca también que “cualquiera puede quitarle la vida a un hombre, pero ninguno puede quitarle la muerte”. No se quiere decir que morir sea un bien, sino morir es lo último que le queda al hombre. Morir forma parte de nuestra vida, la muerte ya no, porque es el cese de la vida. En esta simple pero certera constatación, basaba Epicuro su consolación a Meneceo: “La muerte –le escribía- nada es para nosotros, porque cuando nosotros somos, la muerte no está presente, y cuando la muerte está presente, entonces ya no somos nosotros”.

¿Es imaginable vivir siempre? ¿Lo soportaríamos? Recordemos el mito de Quirón, el sabio fundador, antes que Esculapio, de la medicina: Quirón se retiró a su cueva deseoso de morir, pero sufría justamente porque era inmortal. Entonces la muerte es un consuelo metafísico para una angustia, la de ser inmortal, peor quizá que la de ser mortal.

Sea moral o no el sentido que se ha de dar a la muerte, la filosofía debe pensárselo también dos veces antes de sugerir de un modo u otro que el ser humano es un ser abocado a la muerte, es decir, atento a ella por un supuesto destino o luctuoso objetivo. Es verdad que estamos sujetos y pendientes de la muerte, pero también que estar vivo, aún sintiéndonos murientes, es un reclamo de continuidad para llegar al minuto siguiente.

La situación del moribundo es comparable a la del expatriado, que ahora es un expatriado de la vida. “Se trata –escribía Albert Camus- de un exilio sin remedio, porque no hay recuerdos de una patria perdida ni esperanza de una tierra prometida”.

El primer aforismo de Hipócrates nos recuerda: “La vida es breve y la ciencia es larga”. Precisamente por ambas cosas hemos de asumir que el moribundo requiere más asistencia humana que estrictamente clínica. Pero la política médica en general no hace mucho para que esta asistencia humana que todos, al fin y al cabo, habremos de necesitar, posea los medios y sobre todo las orientaciones más adecuadas. Política y medicina están ocupadas en hacernos la vida agradable pero al final se olvidan que somos mortales. Y como dijo el poeta: “La muerte ya no me espanta; / tendría más que temer / si en el cielo me dijeran: / has de volver a nacer”.

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