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Etiquetas:   ARTÍCULO   -   Sección:   Revista-musica

Pareja y maltrato psicológico

Teresa Coscojuela
Redacción
lunes, 30 de octubre de 2006, 17:22 h (CET)
Debido a la proliferación de noticias de maltrato doméstico solemos tener una visión demasiado parcial del tema. Por desgracia el número creciente de mujeres agredidas físicamente y el elevado porcentaje de muertes de estas a mano de sus parejas hace que queden en un segundo plano otro tipo de agresiones igualmente importantes y lesivas.

Se trata del maltrato psicológico. Una agresión continuada que pasa desapercibida a ojos de familiares, amigos y vecinos. Incluso a veces ni la propia víctima es consciente de tal agresión.

Es el caso de personas, generalmente hombres, que consideran a su pareja una propiedad indiscutible y con absoluto derecho sobre ella. Curiosamente, estos hombres son los que jamás admitirán ser machistas, celosos ni posesivos.

Siempre hablan bien de su pareja. Siempre la ponen en un pedestal delante de los demás.

En privado la cosa cambia. Aquí ya se usan palabras duras y descalificaciones. Pero de manera sutil, casi como si se le estuviese haciendo un favor a la mujer al decirle lo inútil que es. Ante esto, la mujer va perdiendo autoestima. Se abandona y pierde interés por todo o por casi todo. Suele refugiarse en los hijos y por ellos justifica su pasividad ante el problema.

Estas mujeres tienen que soportar la ducha escocesa de los reproches en privado y las loas en público, lo que les va minando la moral poco a poco al no encontrar salida. No se atreven a decirlo a familiares y amigos ya que son conscientes de que nadie les va a creer. El maltratador se ha fabricado una coartada perfecta durante años y años y la mujer no encuentra la manera de que los demás vean la realidad.

A veces ocurre que la mujer intenta rehacerse y se refugia en una distracción cualquiera. Se siente bien así, evadiéndose un poco de la dureza de la relación. En cuanto el hombre se da cuenta de la importancia que esa afición tiene para su pareja, empieza a intentar eliminarla.

Generalmente lo consigue si la mujer es sumisa y resignada. Pero puede darse el caso de que después de muchos años aguantando y ya con los hijos crecidos, esa mujer decida no seguir dejándose manipular e insista en mantener su distracción.

Entonces puede ocurrir que el maltratador, viendo como su táctica habitual ya no le sirve, pierda los estribos y pase de las amenazas veladas a las explicitas. De ahí a los insultos y de ellos a la agresión física.

A menudo ocurre que la mujer no dispone de trabajo con sueldo propio o bien este sea insuficiente. Entonces todo deseo de terminar la relación choca ante la dificultad de mantener un hogar con los hijos. La hábil telaraña que ha ido tejiendo, dando una imagen de marido y padre responsable y cariñoso, resalta ante el comportamiento inseguro y a veces caótico de la mujer, atormentada durante años en esa espiral de engaños y fingimientos. Ella piensa que frente a una demanda tiene las de perder, dado que su pareja siempre obtendrá testimonios favorables mientras que a ella la verán como a una loca que no sabe lo que dice. Nadie dará crédito a sus palabras.

Todos los maltratos son iguales de dañinos, ya se inflijan con las manos o con la palabra. En ambos casos el resultado es el sufrimiento de la víctima, su impotencia para defenderse.

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