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Etiquetas:   Pintura   -   Sección:   Revista-arte

Juan Genovés, la (otra) persistencia de la memoria

Rafael R. Pleguezuelos
Redacción
martes, 31 de octubre de 2006, 23:00 h (CET)
El paso del tiempo no ha hecho que Juan Genovés cambie, ni siquiera relaje, la capacidad del pintor para percibir su entorno, para desarrollar un sentimiento de empatía universal ante el sufrimiento del hombre. Obras como Cuatro fases de una prohibición, la más bella de su producción de los años sesenta, han grabado en la mente de cuantos la han contemplado desde entonces la noción de Genovés como la del artista comprometido. Y es que siempre es motivo de gozo conceder a un artista la etiqueta de autor social, de verdadero filántropo, pero haciéndolo además con la completa convicción de que unas palabras tan maltratadas y desvirtuadas, tan cansadas como se encuentran de alumbrar a individuos que no las merecen y de servir de parapeto de mercadotecnia para otros cuantos, se pronuncien en esta ocasión con verdadera justicia. Lo que lleva haciendo el pintor valenciano desde hace tantos y tantos años, llorar por el hombre en cada acto y en cada lienzo realizado o imaginado, eso sí es digno de recibir con grandes letras la mención de artista comprometido.




Cuatro fases de una prohibición.

Esta apertura a lo social, a la unión con el desfavorecido, ha recorrido a lo largo de su carrera dos caminos diferentes: de una parte se encuentra la dimensión social, la que encuentra eco en los diarios, y de otra una vertiente íntima y artística, la que han saboreado los admiradores de su arte. Su último -¿penúltimo ya?- gesto comprometido le llevó junto a artistas de la talla de Antoni Tapies, María Caro o Luis Gordillo a presentar obras pertenecientes a un programa que han dado en llamar 'Arte Implicado'. Los fondos obtenidos de la venta de las obras de arte gráfico donadas por sus autores llegarán a Amnistía Internacional como un apoyo a su compromiso con los derechos humanos. La obra pudo adquirirse el pasado mes de junio en una subasta a través de la página electrónica Ebay.

Hasta aquí la parte eminentemente humana de los hechos del pintor, ya suficientemente digna de reconocimiento: sus actuaciones de calle, las que tienen que ver con la relación pública del artista con su entorno. Sin embargo Juan Genovés ha llegado mucho más lejos en su obra artística, en su trabajo pictórico, en cada uno de los lienzos que componen el catálogo de su ya dilatada carrera.

En la actualidad, pocos artistas y menos críticos parecen pensar en algo que llegó a obsesionar a nuestros antepasados más recientes, vencidos como nos encontramos por un mercado que en su historia reciente se ha ido haciendo más mercantilista, cada vez, y menos galerista y artista a un mismo tiempo.

Mientras tanto Juan Genovés, el autor de la celebrada serie de Secuencias que habrán de pasar a la historia, ocupaba silenciosa, calladamente, una plaza fuerte más estratégica y poderosa: desembarcaba en nuestra memoria, en la de los amantes del verdadero arte, el que se considera transmisor de un bien que trasciende al tiempo en que se realiza. Con ello me refiero a la respuesta que futuras generaciones habrán de encontrar: tan sencillo y tan terrible como si un determinado artista será o no recordado dentro de cien, doscientos, trescientos años… Ya sea en letra impresa, digital o en ninguna de ellas, realmente, la historia debe reconocer el trabajo sincero de un autor dentro y fuera del lienzo.

Los que admiramos a Juan Genovés, los que vibramos con la labor de su pulso, le auguramos un triunfo en el mercado de la memoria. El mejor reflejo de la sociedad de nuestro tiempo puede encerrarse en la contemplación de sus formas humanas diminutas, casi minúsculas, no individualizadas y perdidas –o halladas, según se mire- en un vacío tan poco existencial como se quiera, tan aséptico que no puede dejar de dar miedo. Merecen llegar a ser la expresión de un tiempo en el que el hombre, sencillamente, no sabe hacia dónde va.

En los lienzos de Juan Genovés las figuras no se encuentran solas, como en las playas desiertas de Gaspar Friederich. Se agrupan con un orden fácilmente perceptible, forman filas, círculos, engañan al que contempla el cuadro con una simetría que nos hace que pensemos en que cierto orden dirige nuestros destinos en este vacío: que pensemos que van a alguna parte, que tienen un rumbo. Pero Genovés nos engaña. Nos engaña porque jamás ha pensado pintar un destino para esos individuos que forman grupos en el vacío.

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