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Revista-teatro

Etiquetas:   Crítica   -   Sección:   Revista-teatro

Valentina

Alèxia P. Alegre
Redacción
viernes, 27 de octubre de 2006, 11:53 h (CET)
Valentina o el vals de una estatua que siente

Las notas de El Danubio azul envuelven la huída de Valentina. Al compás de esta melodía, la protagonista escapa de sí misma, de su valentía –Valentina, valiente- de su capacidad de amar, también de destruir. Esta es la historia de una joven adolescente puramente romántica, incapaz de aceptar la traición que del recuerdo de su padre urden Clotilde, su madre, y Eusebi, su padrastro. Bajo una apariencia de comedia con tintes burgueses que acabará en tragedia, el TNC (Teatre Nacional de Catalunya) abrió su temporada, recuperando una obra del prolífico Carles Soldevila que parecía olvidada e incorporando este autor a su programación.

Valentina es el relato de un desmembramiento familiar, sostenido en las notas de Strauss, los clásicos griegos, los autores rusos y Freud; en los diálogos irónicos, con un lenguaje sutil y tentador; y sobre todo, en la buena interpretación de los actores, que consiguen mantener la tensión durante las casi dos horas que dura el espectáculo. De esta manera, una obra que su autor escribió en los años treinta del siglo XX y que después él mismo novelaría, se convierte en una representación moderna y vigente sobre la dificultad de recomponer los vínculos familiares una vez rotos.

Poco tiempo después de la muerte de su padre, Valentina recibe una impactante noticia: el nuevo matrimonio de su madre con un médico amigo de la familia que es, además, el padre biológico de la adolescente. Ambas noticias estallan en Valentina desatando su ira, su rechazo y el viaje más duro hacia el fondo de su alma. Viaja el espectador por los recovecos del inconsciente de la joven, un personaje radical, desconcertante, capaz de llegar hasta las últimas consecuencias con tal de ser coherente con sus sentimientos. Viaja también la familia –Valentina, sus padres, su hermana, el prometido de ésta-, a bordo del Cap Polonio con la intención de estrechar los lazos familiares, remontando las aguas del Báltico, como la corriente del recuerdo.

La madre, quizás el personaje más enternecedor, comete el error de convertir en rutina aquello que durante 18 largos años ha mantenido en secreto, es decir, la relación con Eusebi. Un mes después, la verdad toma forma: ha luchado por lo que quería, para al final resultar que lo que quería no era más que un engaño. Con todo, intentando proteger a su hija, la ha arrastrado hasta situarla en medio del huracán de unos sentimientos desbordados que es incapaz de controlar. Se desbordan sus sentimientos, sus ganas de venganza, al ver que a pesar del esfuerzo su madre no logra ser feliz (debido en parte a los escarceos amorosos de su marido con otras mujeres). De ahí que después de la irrefrenable atracción que la joven empieza a sentir por su padre, ésta decida arrojarlo al mar, no sin antes seducirlo, en la escena de mayor clímax de la obra. Y cuando la tensión es máxima, ¡zas! El mar engulle el cuerpo del doctor. Cicatriza rápida la herida, en un juego de palabras que remite a la profesión médica del padre, y queda de nuevo el mar en calma.

Un escenario preciso
La obra se divide en cuatro actos: los dos primeros en casa de Clotilde y sus hijas, presidida en todo momento por un enorme retrato del difunto marido; los dos últimos a bordo del barco. En ambas situaciones la escenografía es excelente. Un escenario circular, rompedor, que el espectador, aunque situado enfrente, puede captar por completo. Todo se ve, todo se aprecia, incluso los pensamientos más transgresores de Valentina que es, en boca de su hermana, la única que puede entrar y salir de las sutilezas, que llegan al espectador sazonadas por una iluminación y una música acorde con lo narrado, y por unos espejos, situados como telón de fondo durante las primeras escenas, que permiten captar el paisaje del alma.

Mención aparte merece la escena final, momento en que Valentina confiesa, con una lucidez terrible y sin ningún atisbo de remordimiento, que ha sido ella quien ha provocado la muerte de su padre. Un desnudo integral del alma, una revelación que Alba Sanmartí, la joven actriz que interpreta a Valentina, dota de consistencia, a pesar de la estridencia de su voz, algo desmedida a lo largo de la obra. Más brillante es aún el papel de Lluïsa Castell, la madre, con una voz proyectada a la perfección, con los matices adecuados y los giros precisos. Por último, destacar la intervención de Mercè Lleixà, que da vida a Adelina Sturzo, poeta irónica, pasajera del barco, referente de la joven Valentina, con quien mantiene diálogos de lo más interesantes y que arranca sonrisas entre el público por su inteligente sarcasmo.

Valentina
Sala Petita del TNC
Del 28 de septiembre al 19 de noviembre de 2006
Miércoles y viernes, 20 h.
Jueves, 17 h.
Sábado, 17 y 21.30 h.
Domingo 18 h.
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