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Etiquetas:   Crítica   -   Sección:   Revista-teatro

Solas

Mª Teresa Caballero Rodríguez
Redacción
viernes, 27 de octubre de 2006, 09:15 h (CET)
Cuando la versión cinematográfica es un listón demasiado alto

Normalmente, sobre una obra escrita, primero se hace la adaptación teatral y, a posteriori, la versión cinematográfica. En muchos casos, al público le decepcionan las adaptaciones, o bien porque se dejan muchos detalles sobre la historia en el tintero, o bien porque mucha gente prefiere el teatro, si el reparto es bueno. Sin embargo, con “Solas” más bien ha sucedido lo contrario a lo que estamos habituados: que la obra cinematográfica es anterior a la obra teatral y que, además, es difícilmente superable.

“Solas” cuenta la historia de María, una mujer cansada, llena de rabia, para la que la vida no es más que un camino de piedras en el que nadie está dispuesto a prestar una mano o un oído. Su padre, quien volcó en su hija toda su ira y su desgana vital, es ingresado en un hospital de Sevilla, la ciudad donde ella vive. María se obligada a compartir su piso con su madre, al menos hasta que a su padre le den el alta y puedan volver al pueblo.

Mientras que en la película Ana Fernández reencarna de forma sublime la hostilidad que María siente por el mundo en el que vive, Natalia Dicenta, que hace de María en la adaptación teatral, solo consigue en algunas ocasiones transmitir algún vestigio de la rabia que su personaje siente. Comparar es muy sencillo y en este caso es irremediable, puesto que Ana Fernández parece llevar la expresión de amargura grabado a fuego en su rostro y Natalia Dicenta pocas veces cambia la expresión de ese aspecto angelical que ya de por sí tiene. La María que reencarna Ana Fernández no quiere regar sus plantas, no quiere darles vida, pero la María que representa Natalia Dicenta no parece querer, al menos con su expresión facial (algo tan importante en el trabajo de un actor), que mueran los vegetales que su madre le ha regalado. Su cara está llena de vida y a María es eso lo que precisamente le falta, la vida.

Encontramos también a una Lola Herrera que parece tener prisa por acabar la función. Aparece durante toda la obra muy acelerada, no deja respirar la actuación y transmite ese nerviosismo. Es cierto que el guión es muy largo y en la adaptación teatral deben acortarse o suprimirse muchos detalles por exigencias de tiempo, pero no creo que sea excusa a este “acelerón interpretativo” que incluso, en alguna ocasión, le contagia a su hija.

Además, su acento andaluz es poco creíble y realmente no parece que la ciudad en la que se encuentra, tan desconocida y tan grande para ella puesto que acaba de aterrizar en sus calles, le sorprenda demasiado.

Carlos Álvarez-Novoa reencarna de nuevo (en la película también aparece) al vecino de María y, de nuevo también borda su papel. En esta ocasión aparece con un acento mucho más asturiano que en la película, aunque sigue conservando su carácter bonachón y tierno. Junto con Lola Herrera, ambos irradian una conexión que el público capta y agrada ipso facto. Muchas de las escenas que comparten se convierten en los puntos más irónicos y divertidos de este relato. Como muestra un botón: al final, cuando ambos se cogen de la mano y se alejan lentamente, en el momento en el que la madre, con maleta en mano, está a punto de irse al hospital a recoger a su marido para volver al pueblo.

La banda sonora, obra de Antonio Meliveo, es, sin duda, excelente, tanto que con ella la emoción que la obra puede despertar se multiplica casi por cien. El sonido, deficiente: si en la fila siete a veces ya cuesta escuchar algunos diálogos, imagínense en las últimas filas. La casa de la protagonista, por ejemplo, está situada en la parte trasera del escenario, lo cual dificulta aún más entender los diálogos. La escenografía, pobre, con un bar situado a la izquierda del escenario y muy escondido; y las dos viviendas, la de la protagonista y la del vecino, separadas pero sin puerta y con timbre imaginario, puesto que suena pero los actores hacen como que funcionase solo. La iluminación, por lo tanto, tampoco soluciona la mala papeleta de la escenografía.

Sin duda, esta adaptación teatral de “Solas” desperdicia la fantástica y tan bien lograda historia que Benito Zambrano cosechó hace ya siete años. “Solas” es un relato sobre las ciudades hostiles que alimentamos, sobre la esperanza de encontrar una oportunidad y sobre el tedio resultante de buscarla y no hallarla, sobre las máscaras que nos ponemos como pieles ante la gente para no parecer vulnerables y sí aparentar ser fuertes.

“Solas”, como historia, es una obra maestra porque en ella se muestran las dos caras más simples y más antagónicas del ser humano: la bondad y la felicidad y la tristeza y la amargura.

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