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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Muerte a pedradas

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 27 de octubre de 2006, 02:26 h (CET)
La sentencia bíblica del “ojo por ojo” y la vieja ley del Talión siguen vigentes en el mundo a pesar de que estemos en la era en que ya hasta los turistas- con poderío económico- pueden permitirse el caprichoso lujo de darse una vuelta por el espacio y ver la Tierra desde la lejanía. Todavía son muchos los países en los que se sigue aplicando la pena de muerte. En unos ahorcan al culpable, en otros le churruscan en una silla eléctrica o bien le aplican una inyección letal, en otros es el pelotón de fusileros el que se encarga de acabar con la vida del condenado y en algunos países islámicos se procede a lapidar a los culpables. Todavía son demasiados los Gobiernos que detentan la exclusiva de la violencia para con sus conciudadanos. No podemos olvidar que aquí, en España, durante los grises años del franquismo la pena de muerte estuvo vigente y que generalmente se ajusticiaba a los reos mediante agarrotamiento. Se les ataba a un poste y les rompían el cuello entre grandes dolores y, a veces, una larga y cruenta muerte.

Parisa, Iran, Khayieh, Shamameh, Kobra, Seghra y Fatemeh son siete mujeres iraníes condenadas a morir lapidadas por haber cometido adulterio. De acuerdo con el Código Penal de Irán si tan sólo hubieran asesinado a sus maridos la condena hubiera oscilado entre los cinco y los ocho años. Pero todas estas mujeres, hartas de vivir día a día el desamor y la rabia, confesaron ante los tribunales haber engañado a sus esposos y su pecado es el más grave que puede cometer una mujer en algunos países islámicos. En una cultura tan machista como la de la mayor parte del Islam la infidelidad se paga con la muerte, pero no con una muerte cualquiera. Las adulteras deben morir lentamente para que así tengan tiempo de arrepentirse de sus pecados.

El Código Penal iraní establece que en los casos de lapidación los hombres serán enterrados hasta la cintura y las mujeres hasta el pecho y también dice que las piedras que empleen los verdugos “serán no tan grandes como para matar a la persona en uno o dos golpes”. Así se aseguran el sufrimiento de los condenados. Además las ejecuciones son públicas con lo que los asistentes al “espectáculo” se convierten en improvisados verdugos. Se me hace difícil imaginar a toda una multitud con los ojos llenos de ira lanzando piedras a una persona enterrada que, seguramente, les mirará implorando su lástima mientras las piedras llueven sobre ella.

Irán ha firmado el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos pero a la hora de la verdad su máximo dirigente, el Ayatollah Khamenei se pasa todos esos derechos por el arco de triunfo y continua aplicando la ley del terror para que sirva de ejemplo a las mujeres que mancillen el honor de sus maridos. Las historias de estas siete mujeres son estremecedoras. Maltratadas por sus maridos encontraron el amor en otros brazos, algunas de ellas fueron obligadas a prostituirse por sus parejas y en algunos casos fueron cómplices en los asesinatos del esposo. Pero nada justifica el que tengan que morir apedreadas en un lamentable espectáculo público.

Todavía estamos a tiempo de impedir estos siete asesinatos legales. Entren en la web de Amnistía Internacional y firmen la carta que, en solicitud de clemencia, se enviará a las autoridades iraníes. Hoy más que nunca hay que estar contra la pena de muerte ya que nadie tiene el derecho a disponer de las vidas ajenas.

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