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Inmigración, muros y vallas

Michel D. Suárez
Redacción
viernes, 27 de octubre de 2006, 02:26 h (CET)
Que el muro entre Estados Unidos y México no detendrá el éxodo de personas a través de la frontera, no es noticia. Sin embargo, ¿será legítimo —porque legal sí que es— que Washington intente moderar el que considera uno de sus mayores problemas?

El drama de la inmigración supone un verdadero reto para las sociedades occidentales. La correlación entre el poderoso norte y el mísero sur —corrupción, desidia y malas prácticas gubernativas incluidas en este último— va más allá de lo que algunos denominan "efecto llamada", en alusión a legalizaciones masivas de inmigrantes indocumentados que supuestamente incentivan los éxodos ilegales.

La crisis no radica en si los gobiernos echan mano a recursos de emergencia —como las regularizaciones de extranjeros—, sino en las causas que motivan los movimientos. Prohibir reglamentariamente las legalizaciones (un muro que la derecha española exige levantar al gobierno socialista), no reducirá automáticamente la presión migratoria. El hambre y la desesperanza no tienen ojos para decretos.

Dicho esto, resulta evidente que la utilidad real del muro norteamericano es por lo menos incierta. No por el concepto en sí mismo, sino por el rendimiento final de la medida. Porque, ¿cómo se entiende que México, la Unión Europea y Cuba critiquen la construcción del muro si las políticas migratorias de estas regiones son iguales o más restrictivas que las de Estados Unidos?

La censura del muro norteamericano siempre será posible; aunque sea difícil de encajar congruentemente cuando se manifiesta desde la hipocresía, la incoherencia y el antiamericanismo primario tan al uso en ciertos países europeos y latinoamericanos. Comparar el muro americano con el de Berlín es rizar el rizo. Sus equivalentes habría que buscarlos en las ciudades norteafricanas de Ceuta y Melilla, o en la valla que acaba de anunciar Pekín para contener el posible éxodo de norcoreanos.

En España, la mayoría de los ciudadanos no sólo apoya actualmente el mantenimiento de las vallas que separan a Ceuta y Melilla de Marruecos, sino que aplaudió la intervención del ejército cuando en 2005 se multiplicaron las entradas ilegales. El aspecto de las cercas europeas en la frontera terrestre con África le gana en agresividad al muro que plantea extender EE UU. De los tres niveles de vallas existentes, dos son considerados "agresivos": están alambrados con filosas púas que buscan disuadir a los asaltantes. Muchos subsaharianos han dejado allí el testimonio de su piel y de sus músculos.

Libertad y capacidad de acogida
Tanto las vallas como los muros han devenido medidas proteccionistas de los países desarrollados para contener la marea hambrienta y esperanzada que viene desde el sur.

No bastan unas líneas para hallar solución a los problemas de los que se lanzan al mar en rústicas embarcaciones, o de quienes envían a sus hijos menores en busca de trabajo para intentar vivir al menos con un euro al día. Aunque no pueden dejarse de lado dos factores: la actual "ayuda al desarrollo" es un mal chiste y su uso por parte de los países receptores, en muchos casos, es cuanto menos sospechoso. Sin contar el chantaje de las "potencias" africanas emisoras de inmigrantes hacia los gobiernos europeos.

Si, como he dicho anteriormente, los muros y vallas son medidas proteccionistas, corresponde agregar ahora que la capacidad de acogida de un país será siempre limitada. El mundo está organizado de tal modo que el derribo de las fronteras físicas multiplicaría la población arbitrariamente, colapsaría los servicios sociales y el mercado de trabajo, crearía bancos de marginalidad; en fin, sembraría el caos en el funcionamiento normal de cualquier país.

Los muros no están de moda, han existido desde hace mucho. Sin embargo, pocos ponen en duda aquellas barreras intangibles diseñadas por los gobiernos para regular el flujo de personas. En la antigüedad ya algunos países contaban con el pasaporte para estos menesteres. En la Europa de los siglos XVI y XVII se usaban dichos documentos debido a los procesos de conquista y colonización en Asia, África, Oceanía y América.

¿Es o no el visado un impedimento para el libre movimiento de las personas? ¿No se contradice con la Declaración Universal de los Derechos Humanos si leemos con lupa el apartado relativo a la libertad de movimiento? He aquí la otra valla que nadie está dispuesto a derribar. La UE se apresta próximamente a implantar el visado para los bolivianos, uno de los pocos países latinoamericanos que permanecen en la lista del "libre movimiento" por el denominado espacio Schengen.

Entonces, si el muro norteamericano constituye, al decir del Vaticano, "una vergüenza", lo lógico es que se abrieran las puertas del minúsculo Estado a los inmigrantes africanos deseosos de arribar al progreso. Otro tanto debe proponerse México, un país que cada vez se parapeta más ante la presión migratoria que le llega por el sur… y desde el Caribe: a los gobernantes de Los Pinos no les ha temblado la mano para devolver balseros cubanos y aspiran, como EE UU, a ponerle puertas al campo intentando convencer a La Habana para la firma de un convenio que frene la llegada de cubanos.

El gobierno de la Isla, aunque de esto no se hable casi nunca, devuelve ipso facto a los haitianos que llegan a las costas de Guantánamo. En materia migratoria, La Habana tiene una de las legislaciones más restrictivas del mundo; no sólo para sus nacionales. Que no haya inmigrantes sin papeles en Cuba no es sólo muestra de su disparatada situación económica, sino también de que es literalmente imposible residir allí sin la gracia explícita de las autoridades.

En este contexto internacional de desigualdad económica e inestabilidad política, la inmigración continuará creciendo. Los procesos abiertos en América Latina no pronostican otra realidad. Véase el incremento en la cantidad de venezolanos que arriban a Estados Unidos, desde la llegada de Hugo Chávez al Palacio de Miraflores, y la media diaria de más de 400 bolivianos que entran a España por el aeropuerto de Barajas.

Justo por eso y otras causas, difícilmente el muro norteamericano cumpla eficazmente su cometido; pero nadie puede negarle a EE UU su derecho a ordenar, aunque sea por vías políticamente incorrectas, sus flujos migratorios. Hay quien defiende su valla, pero critica ferozmente el muro del vecino. Ambos deben saber que si de libre movimiento de personas se trata, los visados y los puertos fronterizos obstruyen más que cualquier muralla, aunque sea china. ¿Por qué alarmarse por un muro de hormigón si hace cientos de años que hemos fabricado otras barreras para ordenar el paso?

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Michel Damián Suárez es profesor y periodista.

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