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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

¿Para qué sirve la literatura? (II)

Miguel Ángel Sánchez (México)
Redacción
jueves, 26 de octubre de 2006, 02:27 h (CET)
Con el permiso de mis lectores, reanudo la serie iniciada tiempo ha para dar respuesta concreta, medible y científica a una de las grandes preguntas de todos los tiempos. Se entenderá que me haya demorado en esta empresa. Por una parte, pecador que soy, caí en la tentación de lo político durante la vorágine electoral pasada. Por la otra, no es tarea fácil la que me he echado a cuestas. Mas Fortuna me sonrió y he aquí un rescate exquisito para todos ustedes: un sueño de mi querido Edmundo Valadés. Léanlo. Es como un llamado a la santidad.

"Poder leer es ya no volver a estar solo. Desde temprana edad, los libros me han sido compañeros inseparables: en ellos contraje ese bello «vicio impune», el único que no suscita remordimientos: el de la lectura. A la conquista de ella, algo tardía, pero aún niño, desemboqué en los cuentos de hadas como a un mundo de fascinación y ensueño, al que era la utopía infantil, y me nutrí de la colección Calleja, de formato minúsculo: geografía de lo fantástico.

"Lectura apasionante, porque por primera vez un libro me restituía mucho de mis propias realidades o circunstancias, fue el Corazón, de De Amicis. José Vasconcelos nos hizo, al editarlo, mucho bien a los niños de mi tiempo. Los relatos entreverados en ese diario escolar fueron de seguro mi primera incitación hacia el género cuentístico. Arribé a las historias de aventuras, Verne y Salgari, los inductores, por largo tiempo, de la imaginación de los adolescentes. Luego a la novela de intriga, de folletín, como las de Eugenio Sué, un extraordinario narrador, en la que sentí por vez primera los alcances de la maldad humana, cuando para una secta, cofradía o mafia, el fin justifica los medios, como ocurre en El judío errante, que tuve que leer a escondidas, ya que era un libro proscrito, pues en él los villanos eran los jesuitas, como expresión estrujante del mal, cuya presencia y posibilidad me apesadumbró vivamente leyendo esas páginas.

"Con esas novelas, en mucho repertorio de maldades, la editorial Sopena nos acercó a otros escritores mayores -Sué no deja de serlo en el folletín-, como Alejandro Dumas, quien nos emocionó con Los tres mosqueteros, las admiradas aventuras de D'Artagnan, maravilloso héroe espadachín, y otras obras como El conde de Montecristo, personaje ideal para encarnarlo, y especialmente Víctor Hugo, del que me dolieron profundamente las circunstancias de inteligencia y fealdad de un Gwinplaine en El hombre que ríe o de la irónica proeza del personaje de Los trabajadores del mar, y me asombró y deslumbró esa prosa suya magistralmente descriptiva, la acción y los caracteres y sus constantes reflexiones éticas, en tiradas líricas en las que el novelista no desaloja del todo al también famoso poeta.

"En mi adolescencia hay una novela corta de D'Anunzzio, Epíscopo y Cía., que leí no sé cuántas veces y que por responder a estados de ánimo que yo sufría, melancólicos y de inseguridad, con reacciones de enfermiza congoja, me impresionó dolorosamente, como ningún otro libro me ha afectado de ese modo. Es quizás el libro con el cual he llorado más intensamente en mi interior, y la desolación que me produjo apenas la puedo igualar con la que sentí al perder la fe en la existencia del Dios católico. En contraste, un gran suceso en mi incipiente juventud, a los quince años, fue descubrir Las mil noches y una noche -después de la versión pudibunda de Galland, adaptada para niños- en la traducción literal que hizo Blanco Ibáñez de la Mardrus, y cuyos veintitrés tomos compré uno a uno cada semana, a cincuenta centavos el libro, después de un arreglo muy difícil con un librero de Santa María la Ribera. Fue arribar al más seductor espacio de la sensualidad y la fantasía: a la libertad de los deseos y la imaginación, proscritos en el sistema rígido y de prohibiciones que me envolvía y paralizaba. Me costó mucho tiempo recuperar esos veintitrés tomos que se me fueron cuando perdí la que fue mi primer biblioteca. Los recuperé pasado mucho tiempo, casi milagrosamente o por desearlos tanto, y los guardo ahora como lo más preciado entre mis libros valiosos o preferidos.

"Seguí leyendo con voracidad insaciable, sin orden ni guía, de los clásicos a los autores que nos incitaban por sus sugerencias o descripciones eróticas, aunque siempre veladamente, como Pitigrilli, El Caballero Audaz, Pedro Mata, Alberto Insúa y todos los demás, antes de llegar a los verdaderos maestros del erotismo: Lawrence, Miller, Durrell, y de haber pasado por una de las grandes novelas que enfrentan anticipadamente los conflictos entre amor y posesión: El infierno, de Barbusse, que me causó una de mis conmociones juveniles. Sería interminable recordar autores y libros que me poseyeron, me influyeron, me determinaron o que me son como queridos familiares de los cuales no puedo alejarme: algunos de Wilde, de France, de Faulkner, de Tomás Mann, de Grass, de Kafka, de Borges, de Cortázar, escogidos unos cuantos nombres al recuerdo inmediato de la memoria, con otros de escritores mexicanos: Martín Luis Guzmán, Vasconcelos, Revueltas, Rulfo, Villaurrutia, Sabines, López Velarde, Paz el ensayista.

"En todas estas lecturas, el segundo gran hallazgo fue Marcel Proust, con su En busca del tiempo perdido, leído primero en etapas, porque la versión española no apareció completa sino en 1944, en Buenos Aires. A veces supongo que es esta obra en la que ha anclado la que fue mi infatigable sed de lecturas. Es al libro que vuelvo sin cansancio y con renovada admiración, como un cuáquero lo hará con La Biblia, libro del que me duele su casi lejanía porque era prohibido en una casa católica como en la que yo viví, y no pude abordarlo a tiempo.

"Si es un gozo el recuerdo de lecturas imborrables, ¡qué pena que las dejamos de hacer de libros o autores insoslayables! Un libro no leído es el peor tiempo perdido. Algunas de las grandes revelaciones o influencias decisivas en la vida de un ser humano, están en los libros, en algún libro que espera su a veces predestinado lector. Los escritores somos hijos de ellos. Les debemos la posibilidad de escribir otros libros".

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