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'Yo soy la Juani': Erotomanía de polígono
Gonzalo G. Velasco
Si algo destaca por encima de cualquier otra cosa en la última película de Bigas Luna es la tremenda capacidad de adaptación a los nuevos tiempos del director catalán, que no sólo retrata con acierto una realidad social huérfana de historias cinematográficas como es la juventud macarroide de extrarradio, sino que lo hace con su propio lenguaje: videoclips, videojuegos, mensajes SMS y un sentido de la estética muy MTV. Su audacia llega hasta tales extremos que no titubea a la hora de montar los planos de imagen real de una carrera de coches tuneados con extractos de videojuegos de carreras, demostrando así que pese a tener una edad próxima a la de Aranda o Saura, no se ha quedado anquilosado, como ellos, en una forma monolítica de hacer cine.
Pero lo interesante de Yo Soy la Juani, al margen de su vocación por conectar con ese público joven que cada vez está más abandonado por nuestra industria, radica en que su radiografía del fenómeno “quillo” ni entra en el terreno de la condescendencia ni sucumbe a la tentación de caricaturizar de forma sarcástica a quienes se mueven en él. El que espere encontrarse elementos paródicos a lo Neng de Castefa en la película, saldrá bastante decepcionado, pues Bigas Luna trata a sus personajes con un respeto exquisito que en ocasiones roza la ternura, pero que no por ello elude los aspectos menos agradables que los rodean.
Por lo demás, el realizador retoma las constantes definitorias de su filmografía: sexo, pasión, turgencia, cierto gusto por el feísmo y la marginalidad, y por encima de todo, esa extraña mirada sobre el universo femenino capaz de conciliar sin que chirríe la fascinación erotómana con una inusitada capacidad de comprensión casi Almodovariana. Tan sólo la excesiva duración del conjunto, un cierto abuso de las secuencias de montaje musicadas, y ese final tal vez demasiado abrupto fruto de la intención de rodar una secuela con la Juani campando por Hollywood, restan consistencia a un film que, pese a todo, encuentra su espacio, y su público, allí donde otras propuestas generacionales semejantes, con Historias del Kronen a la cabeza, fracasaron estrepitosamente. Lo dicho, Bigas Luna sigue en forma. ¡Y ojalá sea por mucho tiempo!
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