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Etiquetas:   Carta al director   -   Sección:   Opinión

Las otras enfermedades

Francisco Arias Solís
Redacción
miércoles, 25 de octubre de 2006, 01:13 h (CET)
“Y de tantos y tantos y tantos
pícaros y místicos y logreros;
de caballeros milagreros
(si malas capas peores mantos).”


José Bergamín

Hay enfermedades que no son tratadas por el médico, y que son incurables. Una de ellas es la cursilería, quizá una de las más graves. Se cuenta que una señora, nueva rica, estaba empeñada en que su hija, una muchacha de quince años, aprendiera a “hablar bien” por encima de todo. A punto de ingresarla en el colegio privado más caro de la ciudad, la madre le dijo a la directora: “Por favor, procure que mi hija aprenda a hablar con verdadera elegancia. Eso es lo que quiero, y mucho más que el que sepa geografía, historia, literatura y esas otras tonterías...”

Pasado tres años de aprendizaje del “bien decir”, asistió la joven a su primera fiesta de sociedad. La anfitriona, con buen surtido de piropos no sentidos, festejó la indumentaria y el calzado de la muchacha. Se sintió halagada ésta, pero creyó oportuno confesar que le apretaban los zapatos. Y soltó esta frase:” Sí todo es muy bonito, pero los zapatos no son ecuánimes”.

La pura y simple manía de hablar, de hablar por hablar, al margen de cualquiera afectación, es de suyo enfermedad terrible. Lo era en la antigua Roma, según refiere Catón el Censor: “El que tiene la enfermedad de hablar no está nunca callado. Si no vais a oírlo, alquilará a alguien para que lo escuche”.

También esa es grave enfermedad entre nosotros, los españoles, como lo prueba el rico vocabulario aplicado al que no calla, charlatán, boquirroto, dicharachero, lenguaraz, lengüilargo, locuaz, hablador, palabrero, parlador, parlanchín, hablanchín, vocinglero, gárrulo, parlero, prosador...

Otra enfermedad harto frecuente es la del pedante, vanidoso o como se quiera decir. Bajito, esmirriado era Léntulo, yerno de Cicerón y amigo de llevar, sujeta al costado, una espada descomunal. En cierta ocasión replicó el suegro: “¿Quién ha sido el que ha atado a mi yerno a la espada?”

Hay quien presume de ser joven sin serlo. Conocía el príncipe de los oradores romanos a una mujer de cincuenta años que decía tener treinta. Un día fue “piropeada” por Cicerón de esta suerte: “Así debe ser, pues hace veinte años que se lo estoy oyendo” Claro que hay viejo de noventa años al que le molesta una frase como la que sigue: “¡Qué bien se conserva usted!”. A tal frase, un ilustre arquitecto que andaba por tales años, replicó así: “Desde luego, me conservo muy bien. Mejor, mucho mejor que todos aquellos que murieron antes de cumplir mi edad”.

En fin, harto fue siempre el número de los que no se miraron ni en una plancha de cristal azogada por la parte posterior ni en el espejo de su propia alma. Y es que, como dijo el poeta: “Ya noto, al paso que me torno viejo / que en el inmenso espejo, / donde orgulloso me miraba un día, / era el azogue lo que yo ponía”.

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