|
Éramos pocos, y parió la abuela
Pelayo López
De sobra es conocido, y en numerosas ocasiones supongo que comprobado, por todos nosotros, que al volante estamos todos sometidos a los repentinos controles de alcoholemia por parte de los agentes de la Guardia Civil. Podemos tener un día mejor o peor, pero, si nos echan el alto y toca soplar, es recomendable mantener la compostura y evidenciar, con nuestros actos, y por supuesto también con nuestro soplo, que las copas, chupitos o cualquier otra medida de la ingesta de alcohol no tiene nada que ver con nosotros, y, por tanto, que el resto de conductores circulan con mayor seguridad, al menos en lo referente a nuestra conducción. Esa misma la realidad la conocen también de primera mano los profesionales del transporte, público o privado, por carretera. E incluso, los deportistas, donde algunas disciplinas, sobre todo en los últimos tiempos, se han visto envueltas ya en demasiadas tramas de dopaje como para poder mostrar ante la sociedad un currículo impoluto.
La transparencia ayuda a conseguir la limpieza por la vía de la salud. Y eso es lo que se pretende hacer ahora también con un colectivo que, hasta el momento, ha gozado de una situación privilegiada en muchos aspectos. Los pilotos de avión empezarán también a soplar. No es eso lo que me llama la atención, siquiera por descubrir a estas alturas que no lo hacen, sino aún más chocantes han sido las declaraciones de uno de los abogados de su pétreo sindicato. El letrado ha dicho que no tienen ningún problema en someterse a esta disciplina, pero que espera que no se cometa una persecución como la llevada a cabo por los conocidos como “vampiros” en el ciclismo. Saquen ustedes sus propias conclusiones, pero a mí eso no me parece que haya venido a jugar en beneficio del colectivo que defiende.
Y aún más atónito y descentrado -sólo en parte, el resto es “cuento” para redundar en el asunto- me han dejado dos noticias sobre parentescos. Nunca se me ha dado bien, lo confieso, eso de yernos, cuñadas, consuegros… y demás ramas del árbol genealógico. Pero es que ahora, dos noticias vienen a complicar un poco más la compresión de tanto entramado. Resulta que una niña, según una juez, ya no tiene padre y madre, sino madre 1 y madre 2. Y por otro lado, una madre ha dado a luz al hijo de su hija. No, no estoy para pasar el control antidopaje ni se trata tampoco de un trabalenguas, aunque bien podría serlo. Se trata de una señora que, dado que su hija no podía tener hijos, aceptó concebirlo ella misma a través de algún método de reproducción asistida. En definitiva, que las relaciones personales siguen variando a ritmos latentes de vida, aunque a unos les pese más que a otros. Ahora ya saben que sólo falta que se cumpla el dicho, éramos pocos, y parió la abuela.
|