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Etiquetas:   Crítica literaria   -   Sección:   Libros

Laura Gallego publica ‘Panteón’

Herme Cerezo
Herme Cerezo
domingo, 15 de abril de 2007, 09:17 h (CET)
Laura Gallego acaba de publicar ‘Panteón’. Apenas hace una semana de ello. Con esta novela, la escritora valenciana ha puesto colofón a su trilogía ‘Memorias de Idhún’. A finales del pasado año, aparecía a la venta la segunda parte, ‘Triada’, y ahora, doce meses después, ha sido capaz de marcarse casi novecientas cincuenta páginas para cerrar este ciclo sobre el mundo mágico de Idhún. A sus veintinueve años, con veinte libros en las librerías, traducidos al francés, alemán, inglés, italiano, húngaro y al coreano ―sí, al coreano―, Laura Gallego es una espléndida realidad de la literatura fantástica, un género no excesivamente cultivado por estos lares.

Justo veinticuatro horas antes de la publicación de ‘Panteón’, tuve la suerte de hacerle una entrevista que, en breves fechas, se publicará en este diario. Y unos días más tarde, de forma anónima, de incógnito, que es como mejor se aprecian los detalles, asistí a la presentación del libro en la FNAC de San Agustín de Valencia. Y allí observé que existen jóvenes, y no tan jóvenes, que leen apasionadamente las novelas de esta mujer, que quieren soñar y sumergirse en ese mundo fantástico, poblado por licántropos, unicornios, dragones, seres humanos, espectros, magos, elfos y otras criaturas, creados por la escritora valenciana. Un mundo, además, que han hecho propio y reivindican como suyo, en el que participan a través de la dinámica página web que Laura Gallego ha colgado en la Red o acudiendo a la presentación de sus libros para intervenir en el coloquio que, inevitablemente, se establece entre ella y sus seguidores novela tras novela.

La gente menuda y no tan menuda, no hay que olvidar que el ochenta por ciento de sus lectores es ‘teenager’, o sea, adolescente, que allí se da cita, guarda un respeto reverencial hacia Laura Gallego. Sus preguntas fluyen desde las sillas hasta la mesa que ocupa la escritora, como flechas inofensivas, con trayectoria curva y punta roma. Y ella, ducha ya en estas lides dialécticas y con un punto de vocación docente escondido en sus profundidades, desgrana las respuestas una tras otra, sin prisa, sin pausa, como necesitando de sus lectores, disfrutando de esa intercomunicación, de ese trueque de ideas.

Pero no crean que la actitud de sus interlocutores es menos plácida que la suya. Al contrario de lo que pudiera esperarse, en la FNAC de San Agustín no escuché ni un solo grito histérico, ni tan siquiera una disputa por el turno de palabra. No, nada de eso. El coloquio se desarrolló de forma espontánea pero respetuosa y divertida. Y hablaron de muchas cosas porque los seguidores de Laura Gallego andan ávidos de conocimiento. Quieren saberlo todo: desde cuánto tiempo le ha costado escribir un libro hasta dónde compró el anillo que lucía en su mano derecha, pasando por el interés en conocer si habrá o no versión cinematográfica de las ‘Memorias de Idhún’.

Laura Gallego es la primera escritora que entrevisto que no vivió el franquismo ni un solo año. Cuando ella nació, 1977, el dictador ya había muerto y sus primeros biberones los tomó durante la Transición. Es, por tanto, un producto de la Democracia. De sus respuestas, pude extraer una conclusión muy clara: Laura Gallego, hubiera o no triunfado en el mundo literario, siempre habría sido escritora, aunque hubiera tenido que dedicarse a otros menesteres, la enseñanza por ejemplo, porque ella ante todo ama escribir y necesita traducir al papel lo que su imaginación le dicta. No sabe vivir sin eso. También hubiera seguido siendo una lectora pertinaz, porque eso ya lo era antes de escribir. Era, es, su proyecto de vida, de profesión, un modelo de madurez de primer grado.

No voy a enrollarme más. Como he dicho líneas atrás, lo que Laura Gallego contó para los lectores de este diario, lo verán ustedes, pacientes amigos, en una entrevista aparte. Pero hay una reflexión a la que no me puedo sustraer, ni resistir, y vuelvo casi al principio. Sus lectores, los lectores de literatura fantástica, el genero que practica esta heredera directa de Tolkien, de algunos escritores de ciencia ficción, de aventuras y, en menor medida, de Borges, lo único que desean es soñar, sumergirse en ese mundo fantástico que comparten, un mundo que sólo a ellos pertenece. Me pregunto, si nuestra sociedad actual, empeñada en resucitar fantasmas del pasado en lugar de mirar el futuro, será capaz de dejarles soñar en paz, de dejarles vivir como ellos quieren, conscientes del pasado como experiencia y ejemplo pero, al mismo tiempo, ajenos a él. Es más, mi pregunta tiene mayor calado: ¿alguien tiene derecho a impedir que vivan, amen o sueñen el mundo que quieren vivir, un mundo que, a fin de cuentas, ya es más suyo que nuestro?

La respuesta es obvia.

No hace falta que la escriba.

Hace falta que les dejen.

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