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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

El abrazo de las naciones a la vida

Víctor Corcoba
Víctor Corcoba
martes, 24 de octubre de 2006, 00:05 h (CET)
Nada de lo que abrazó el santoral del tiempo es perecedero. Siempre queda un sedimento. Los mundos nuevos tienen mucho que ver con lo vivido. Hay fechas inolvidables, que nos ablandan el corazón. Desde 1948, se celebra el aniversario de la entrada en vigor de la Carta de las Naciones Unidas, el 24 de octubre de 1945. Tradicionalmente, las celebraciones en todo el planetario incluyen reuniones, deliberaciones y exposiciones sobre los objetivos y los logros de la Organización. Me parece justo que así se haga y que, con motivo de la efemérides, se abracen las naciones para regenerar la subsistencia; porque, efectivamente, para ganarse el título de ángel protector de la paz, y aunque la ONU es un excelente guardián, nunca hay que tirar la toalla, ni desfallecer, en todo aquello que sirva para mejorar la existencia de las personas, o sea, la vida misma.

Todavía queda bastante por hacer. La fisura entre ricos y pobres es cada vez más profunda y gigante. Para muchos, la vida aún sigue siendo un mal sueño en un mal refugio. Pocos son los países que están en vías de cumplir para el 2015 los objetivos de desarrollo del Milenio: Erradicar la pobreza extrema y el hambre. Lograr la enseñanza primaria universal. Promover la igualdad entre los géneros y la autonomía de la mujer. Reducir la mortalidad infantil. Mejorar la salud materna. Combatir el VIH/SIDA, el paludismo y otras enfermedades. Garantizar la sostenibilidad del medio ambiente. Y fomentar una asociación mundial para el desarrollo. Considerables personas siguen padeciendo atrocidades, represión y conflictos brutales. El terrorismo y la reacción que suscita, así como los desafíos de los ensayos nucleares, propagan el miedo y la inseguridad. Con este espanto, sobre el cuerpo, resulta bastante complicado vivir en paz. En consecuencia, el foro de la universal tribuna de la ONU, desde el que se enjuician y valoran los problemas de la humanidad para intentar solventarlos, ha de ser vínculo de unión; no caben los abrazos protocolarios, sino los abrazos a la vida.

Hoy cuando tanto se habla del desarrollo, sobre todo de los bienes materiales en detrimento de la dimensión espiritual, resulta que tenemos la vida humana vendida a las exigencias de la producción, de un injusto mercado, que nos vuelve esclavos del consumo. A propósito, un informe elaborado por la consultora Accenture, se pone de manifiesto que la productividad es el motivo central de desvelo entre los empresarios españoles. Nada le importa la persona con tal que produzca. Esto, ¿no es fruto de haber subordinado la vida a una concepción antihumana? En efecto, no se puede combatir los gérmenes de las contiendas de forma superficial, debemos ir a las raíces y ver las causas por el que los seres humanos caminan con el ceño fruncido. Detrás, casi siempre hay un montón de heridas sin cicatrizar. Por eso, es fundamental la igualdad de derechos y libertades, lo que excluye las diversas formas de privilegio y corrupción, por falta siempre de transparencia en las finanzas, que se vienen generando descaradamente, tanto en países ricos como pobres.

Esta es la vida que tenemos, hemos de cuidarla y protegerla. A todos nos conviene que las Naciones Unidas ganen fortaleza y efectividad. Tiene un papel vital para la paz. Hoy más que nunca, no podemos permitirnos el lujo de estar desunidos. Ya se sabe: la unión hace la fuerza. Es preciso ese impulso, para que la Organización siente cátedra en el mundo, como tribunal supremo de la justicia: auténtica curia de libertad; atmósfera necesaria para vivir mejor todos con todos. Sus iniciativas siempre han sido, a lo largo de su historia, un signo de luz y esperanza para todos los pueblos. Si no es fácil el consenso entre los pueblos dentro de un mismo país, imagínese lo dificultoso que será hallar un beneplácito mundial para instaurar la paz donde no exista y encontrar la cooperación necesaria para resolver tantos problemas que afligen al mundo dada la tentación que todos tenemos de buscar más el propio interés que el bien de toda la familia humana. Por esta razón, aunque el abrazo cueste, las Naciones Unidas han de perseverar, con el aguante de la mejor ciencia, la de la paciencia, a que el mundo se abrace a la Organización.

Considero que el enfoque ético es decisivo para la ONU, porque sin esta posición se pierden de vista valores como la dignidad y los mismos derechos que pertenecen a cada ser humano por el hecho de vivir. Ahí está el choque de intereses económicos y de ideologías rivales que hoy en día sufren las naciones. No es fácil, pues, conseguir el abrazo y superar esta competitividad de zancadillas que a ningún sitio nos conduce. Si en verdad estuviesen unidas las naciones, o sea abrazadas con el corazón, jamás se violaría derecho fundamental alguno, ni discriminación racial, ni tortura, ni represión política, ni religiosa. Sería saludable para la vida que se instaurase un abrazo más sincero entre las naciones, un lazo más auténtico entre las grandes potencias. Ayudarían a la ONU, puesto que teniendo la convicción serena y firme de que gobernar a la humanidad es abrazar a la vida, se allanaría el camino del diálogo. Con la palabra, puesta en sólidas leyes éticas, siempre se suavizan los conflictos. Por ello, la táctica o la técnica comprensiva, para ganarse el abrazo del contrincante, siempre es una buena razón antes que las armas. Es el estímulo que se me ocurre dirigir a las Naciones Unidas. Siempre admirables y siempre sufridas. El dolor humano es mucho.

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