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El campeón español

Cristóbal Villalobos
Cristóbal Villalobos
martes, 24 de octubre de 2006, 00:05 h (CET)
Hay días ociosos y gloriosos, como este domingo pasado, santificados por la fiesta del deporte. Días en que no hay más preocupación al levantarte que la de ver como algún compatriota triunfa en este mundo hostil.

En esos días nos sentimos todos miembros de un mismo grupo, de una misma cultura. Sacamos pecho ante el universo al ver la furia de Nadal sobre la arcilla parisina, como si de un Espartaco manacorí se tratase, o al presenciar a nuestros baloncestistas conquistar el cetro mundial con algo casi desaparecido en el deporte de elite, la amistad, el compañerismo y el espíritu de grupo.

Hoy ha sido un día de esos. Un español bicampeón del mundo de automovilismo. El mejor en una competición donde lo español brilla por su ausencia y dónde ha conseguido coronarse sin más ayuda que la del coraje y la fe ciega en uno mismo. Este triunfo se convierte en una hazaña por el mero hecho de que su protagonista sea oriundo de un país cainita llamado España, dónde todo atisbo de sobresalir por encima de la mediocridad diaria es sinónimo de declaración directa de guerra. Son muchos los decapitados o los rendidos sin condición sólo por querer ser grande en esta sociedad de enanos acomodados.

Sin embargo las mieles del éxito siempre las quieren saborear todos, y los que antes se lanzaban al cuello, se lanzan ahora en busca de la foto. Sirva esta reflexión, no solo para el gran Alonso, si no para toda las facetas de la vida.

Quizás Alonso sepa de lo que hablo y quizás por esto a veces sea todo un borde. Hace poco escuche a alguien decir que solo los grandes deportistas o los grandes escritores podían ser antipáticos. Alonso es un gran deportista y se lo puede permitir, no por el mero hecho de serlo, si no porque sabe que todo el que lo halaga ahora, lo ha acechado antes o lo hará cuando la victoria se disipe. Entonces volverá a estar solo contra el mundo. Como tantos otros héroes españoles.

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