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Etiquetas:   Reseña   Literaria   -   Sección:   Libros

Leopoldo María Panero, el último poeta maldito

Desaparece uno de los mayores exponentes de la poesía del irracionalismo
Ana Alejandre
lunes, 14 de abril de 2014, 06:47 h (CET)
Con la muerte de Leopoldo María Panero (1948-2014) desaparece no solamente el último representante de la saga de dicho apellido, sino también el último poeta maldito y uno de los poetas reunidos en aquella antología de Castellet y sus Nueve novísimos poetas españoles, allá por el año 1970. Considerado uno de los mayores exponentes de la poesía del irracionalismo, expresionismo, culturalismo y hermetismo, tendencias estilísticas que forman y aglutinan el estilo peculiar de un poeta maldito entre los malditos, cuya maldición mayor fue su propia vida desarbolada.

Su vida llena de claroscuros, siempre a caballo entre la cordura y la locura, en esa estrecha franja que divide la frontera entre la lucidez y la razón, pero conservando, a pesar de sus crisis psicóticas, un férreo control que le impedía dar el salto definitivo hacia el abismo de la total alienación mental y la pérdida irreversible de la razón. Esto no le impidió escribir y publicar a lo largo de su vida una extensa obra poética de extraordinaria profundidad y terrible belleza, en la que vertía todo el dolor, la honda desesperación y angustia de esta vida en la que sólo había encontrado el infierno en forma de una enfermedad inmisericorde y crónica como es la esquizofrenia -al igual que una tía suya materna-, la que le hizo tocar con los dedos ese lado oscuro y terrible de la razón que produce monstruos, tal como se titula el famoso grabado de Francisco de Goya.

Padeció crisis esquizofrénicas, enfermedad de la que estaba diagnosticado desde su juventud, que fueron la causa de la terrible experiencia que vivió durante cuarenta años en los que permaneció recluido en diversos sanatorios psiquiátricos del país, cinco en total, siendo el último de ellos en Gran Canaria. En esta ciudad residió en los últimos 10 años, desde que falleció su madre, la escritora y actriz Felicidad Blanc, -la menuda mujer que iba a comprar "caballo" para el hijo yonqui y miraba estremecida como éste liaba los cigarrillos con excrementos-, cuya muerte lo dejó en una orfandad solitaria y desvalida que le hizo pasar a estar bajo la tutela del Hospital Juan Carlos I de la capital canaria, ciudad en la que falleció el 6 de marzo pasado -apenas seis meses después de su hermano mayor, Juan Luís, también poeta, y pocos días después de su amor imposible, la escritora Ana María Moix, y del fallecimiento de José María Castellet, el creador de la antología de los "novísimos", en una extraña pirueta del destino-, un día cualquiera en el que la primavera apunta ya sus primeros brotes y la naturaleza parece resurgir, un año más, pujante y magnífica en su prometida galanura.

El poeta maldito, loco y solo subía las escaleras del psiquiátrico, cogido, casi arrastrado, por dos enfermeros que lo recibían a su regreso de un día de libertad y asueto, acompañado por alguno de sus amigos que lo recogían bajo su responsabilidad para dar un paseo fuera de la instalación sanitaria, mientras gritaba aterrado: "¡No me abandonéis!", "¡no me abandonéis!", como despedida de quienes lo veían subir arrastrando los pies, estremecidos al oír esa súplica que era la más sobrecogedora despedida en la que quedaba plasmada toda la desgarradora soledad y dolor de un hombre derrotado por la enfermedad mental, pero conservando su profunda lucidez de poeta, de creador y artista, que sabía que no hay mayor desdicha ni más aterradora que la propia alienación y fragilidad de quien conserva la suficiente lucidez para darse cuenta de su propia condición de criatura doliente, atrapada en el infierno de la enfermedad mental, del dolor, la soledad y el abandono.

La enfermedad no le impidió crear una extensa obra que aparece reflejada al final de este artículo, aunque en los últimos años su enfermedad e internamiento en los diferentes psiquiátricos -a los que él gustaba llamar manicomios-, le hizo perder paulatinamente su capacidad de concentración para concluirlos, por lo que los poemas que escribía sin cesar eran depurados y corregidos por alguien de su confianza.

Hijo de Leopoldo Panero, poeta oficial de régimen franquista, por quien sintió un profundo amor-odio reflejado en la película icono de los setenta, El desencanto, dirigida por Jaime Chávarri, rodada junto a su madre y sus hermanos, que mostró de forma cruda y ácida la verdadera realidad de la familia Panero y la desdicha y el rencor con los que convivían todos sus componentes, siempre con la figura del padre ya desaparecida como telón de fondo que marcó sus vidas de forma indeleble y devastadora.

Su amor no correspondido -ni con esperanzas de serlo- por Ana María Moix -hermana del escritor ya fallecido, Terenci Moix-, la que era otra de las figuras poéticas de la antología de Castellet y sus novísimos, le marcó profundamente. Su amistad inquebrantable hacia sus amigos que mantuvo toda su vida como un seguro refugio contra la desesperación absoluta que le impedía poner fin -esa palabra tan usada por él y su deseo siempre manifestado por alcanzarlo, por su horror por la vida por la que sentía asco, según afirmaba-, y su inquebrantable amor por la literatura, especialmente por la poesía, eran sus únicos referente emocionales, morales y estéticos para no intentar dejar esta vida de la que sólo había visto y sufrido su parte más oscura, siniestra y maldita. Según dice Luís Antonio de Villena, amigo personal de Leopoldo y de la familia Panero, todos sus amigo creían que el poeta moriría muy joven, porque buscaba la muerte y si le hubieran dejado la habría consumado. Sin embargo, como un guiño sarcástico de la vida -o de la muerte que muchas veces se burla de quien más la busca y la demanda-, fue el último de los Panero, por lo que tuvo que sobrevivir a sus padres y hermanos -con los que estaba muy distanciado desde hacía años-, y quedar así completa e irremediablemente solo, haciendo evidente que el "malditismo" no sólo estaba patente en su obra, sino también en su propia y trágica vida.

Su politoxicomanía y adicción a ciertas substancias no menos peligrosas como son el alcohol -alcoholismo que también padecieron su padre y hermano Michi, que murió en 2004, ambos siempre sumidos en los vapores etílicos- y el tabaco que no le bastaban, por lo que se aficionó también, sorprendentemente, a la Coca-Cola, bebida de la que podía consumir 15 botellines de una sola sentada, como expresión de su contradictorio carácter tan enemigo de la sociedad actual y de sus iconos consumista. Eran otros asideros, igualmente obsesivos, en los que buscaba la autodestrucción; pero, al mismo tiempo, la manera de encontrar algún efímero consuelo que le hiciera olvidar el dolor secreto e íntimo que llevaba consigo como única compañía, huérfana de afectos y de otras presencias ya irremplazables y necesarias como eran la de su madre y la de ese amor imposible que le marcó de por vida.

Ese "malditismo", tan usado y fomentado por sus editores con fines comerciales, explícito en toda su obra por la constante y expresa negación de la vida y del gozo de vivir que aparecía en todos sus poemas y narraciones en los que siempre la impronta del dolor, de la desesperación y la angustia ante lo incomprensible de la existencia y sus trágicos designios, formaban el escenario de una obra poética alabada por los críticos al unísono, a partir de los 80, por su estremecedora belleza y profundidad poética.

Leopoldo Panero se interesó muy pronto por la literatura, influenciado por sus apasionadas lecturas: Lacan, de Deleuze y Guattari, autores totalmente desconocidos por los lectores españoles de la época, y especialmente por Mallarmé, escritor que es nombrado y citado continuamente en sus obras al que sitúa en la cima de la poesía, acompañado de algunos de los poetas provenzales. También, Lewis Carroll, Wallace Stevens y su amigo entrañable y valedor en sus inicios, Pere Gimferrer, o Góngora. Todos ellos, sin olvidar a los escritores que eran amigos de su padre, como fue el caso de Claudio Rodríguez o Luís Cernuda, este último con el que coincidieron en la estancia familiar de los Panero en Londres -a causa de un cargo consular de Panero padre-, quien fue asiduo de la casa familiar de estos últimos, fueron influencias decisivas en su vocación poética, por lo que empezó a publicar desde muy joven, con tan sólo 18 años.

Panero ha dejado una extensa obra compuesta de más de treinta libros de poesía, además de otros doce escritos a dúo, y también traducciones, relatos y ensayos. Su obra siempre tuvo las mismas connotaciones que su propia vida: rebeldía ante la realidad que rechazaba, inadaptación al entorno social, político y moral, lucha contra el sistema de valores establecidos -fue un militante antifranquista-, y contra quienes ostentan el poder. Por ello, su. obra, tanto en la forma, es decir, el lenguaje y el estilo, como en los temas que trata siempre se distancia de aquello que está considerado la norma al uso, y sus textos empiezan a pergeñar una impronta y un estilo que conformarán lo que se llama "la marca Panero", una manera de escribir, de ser y de estar en el mundo que lo diferencia de todos los demás poetas y escritores, con el estigma añadido de su locura. Esto provoca que sus textos estén siempre marcados por el sello del "malditismo", de esa señal inequívoca de todo aquello que en la literatura, como expresión artística genuina, atrae y repele por igual, pero tiene siempre la fascinación de lo prohibido porque representa la zona más oscura, terrible, pero verdadera y real, que subyace en el fondo de la naturaleza humana, en lo más profundo de la psique de la que nacen siempre los monstruos que pueblan las peores pesadillas.

A pesar de ese tinte oscuro y maldito que existe en su obra, sus lectores son muchos y todos ellos entusiastas con los escritos de Panero, vendiéndose con facilidad, por lo que muchos de sus títulos publicados no se pueden encontrar ya en la actualidad por estar agotados. Además, a pesar de ser una obra que no entra dentro de los cánones de la ortodoxia literaria, se han publicado diversas antologías y recopilaciones de todas sus obras que gozan de múltiples reediciones, lo que demuestra la gran acogida que tiene entre los lectores.

Pero no sólo recibe su obra el entusiasmo por parte de sus más fieles lectores, sino que es objeto de investigación académica, por lo que es bastante común, en la actualidad, encontrar en revistas especializadas comentarios y análisis de la singularidad, extrañeza y, sin embargo, indudable belleza no exenta del tono oscuro, terrible y demoledor que tienen sus escritos, en los que se encuentra siempre el eco de la propia fragilidad humana, de su vulnerabilidad y soledad sin límites, pero también dotada de una profunda humanidad que brilla como luz que ilumina débilmente su obra hasta que de pronto estalla el fulgor que deslumbra, como el rayo ilumina el firmamento en una noche de tormenta.

Su poesía es, pues, el derrumbe del concepto de "belleza" al uso, porque Panero parece destruir el concepto de lo bello y de sus escombros hace surgir de nuevo la belleza como un extraño demiurgo que crea y destruye a su antojo; pero esa belleza ya no tiene la misma dimensión estética de la anterior, sino que surge renovada, terrible, vampírica para devorar todo los tópicos preconcebidos de la poesía, de la literatura y el arte, y su nueva construcción es todo eso, pero también algo más y distinto, algo que nos recuerda a la belleza de un desierto en el que parece no haber vida, esperanza ni salvación, pero siempre se intuye la presencia de las criaturas subterráneas, invisibles, aletargadas, que viven en el subsuelo, ocultas a las miradas de cualquier observador ocasional que no ve más que la soledad más aterradora.

En su obra aparecen siempre citas de otros autores, haciendo que la misma tenga una naturaleza múltiple, como la de los espejos enfrentados, en el que el yo del poeta se multiplica en otros muchos distintos, para hacer así una obra propia y personal llena de ecos multiplicadores que renuevan lo dicho por otros, pero con el tono singularísimo del poeta que los cita para recrearlos con su propia voz y con su acento personal y único en el que ellos reviven.

Panero, pues, una vez muerto, nos deja el conjunto de sus obras, la admiración apasionada de sus lectores y la demostración palpable de que es posible, e incluso necesario, en la literatura, el arte y en la propia vida, ir contra corriente, caminando por territorios no hollados por el hombre, descubriendo nuevos caminos de expresión, de creación poética o artística, para crear así un territorio personal, único y un estilo diferente.

En cuanto a su prolífica producción poética, narrativa y ensayística, los títulos son los siguientes:

Sus primeras obras fueron Por el camino de Swan (1968), al que siguieron Así se fundó Carnaby Street (1970) y Teoría (Lumen, 1973) Narciso en el acorde último de las flautas (1979) Last River Together (1980),El que no ve (1980) Dioscuros (1982) El último hombre (1984).

Al regreso de su estancia en París escribe su cuento Paradiso o le revenant, por el que recibió el premio de cuentos Gabriel Miró 1984, aunque le fue retirado por haber sido editado con anterioridad en la revista literaria La luna de Madrid. Después aparecieron Dos relatos y una perversión (1984), Antología (1985), Poesía1970-1985 (1986) y Poema del manicomio de Mondragón (1987). Publicó ese mismo año el relato Aquello que callan los nombres.

En la década de los 90 publicó títulos como el poemario Contra España y otros poemas de no amor (1990), la selección poética Agujero llamado Nevermore 1968-1992 (1992), Heroína y otros poemas (1992) y Piedra negra o del temblar(1992), Los viajes sin fin (1993) y Los mitos y las máscaras (1994).

Junto a sus hermanos, participó en el rodaje de la película Después de tantos años, en 1994, la segunda filmación que se hace sobre la familia Panero, dirigida por Ricardo Franco, pero en esta ocasión el verdadero protagonista es Leopoldo hijo, como la primera fue dedicada a la visión que la familia tenía de Leopoldo padre.

A esos títulos le siguieron Orfebre (1994), Tensó (1996, con Claudio Rizzo), El tarot del inconsciente anónimo (1997),Guarida de un animal que no existe (1998), también el ensayo Mi cerebro es una rosa (1998), a los que siguieron Abismo (1999), Teoría lautreamontiana del plagio (1999), además del relato Palabras de un asesino (1999) y Poemas del Manicomio de Mondragón (1999).

Obtuvo en 1999 el Premio Comillas de biografías, autobiografías y memorias, en su XII edición, con su obra Sin rumbo cierto, que concede Tusquets Editores, escrita en colaboración con Fernando Valls, obra inspirada en las conversaciones que habían mantenido ambos sobre la vida y aspectos de la obra del poeta, al que califica como un gran conversador. Obra singular que está a caballo entre el género de memorias y las entrevistas.

También publicó Suplicio en la cruz de la boca (2000), Teoría del miedo (2000), Poesía Completa 1970-2000 (2001), Águila contra el hombre: poemas para un suicidamiento (2001), Me amarás cuando esté muerto (2001) y ¿Quién soy yo?: apuntes para una poesía sin autor y (2002) -estos dos últimos títulos con José Águedo Olivares-, y su ensayo Prueba de vida. Autobiografía de la muerte (2002).

A la obras anteriores se suman Buena nueva del desastre (2002), Poemas del manicomio del Dr. Rafael Inglot (2002), Conversación (2003) y en ese mismo año recibió el Premio Estaño de Literatura 2003 por Antología poética. Siguen sus publicaciones con obras como Esquizofrénicas o la balada de la lámpara azul (2004), Erección del labio sobre la página (2004) y Danza de la muerte (2004), También ese año apareció la obra en formato de audio-libro, en la que recita el propio poeta, titulada Un día con Panero (2004).

La sucesivas publicaciones son Poemas de la locura (2005) El hombre elefante y Presentación del superhombre, en el mismo año con Félix Caballero. Además, publicó su epistolario con Diego Medrano Los héroes inútiles (2005) Visión (2006) y el relato Papá, dame la mano que tengo miedo (2007). Outsider, un arte interior (2007), Páginas de excremento o dolor sin dolor (2008), Sombra (2008), Escribir como escupir (2008), Conjuros contra la vida(2008), Voces en el desierto (2008).

En su imparable marea de creación, crea otros títulos como Esphera (2009), Tango (2009) La tempesta di mare (2009), Reflexión (2010),Locos de altar (2010) La flor en llamas (2011), Traducciones / Perversiones (2011) Territorio del miedo / Territoire de la peur (2011),Cantos del frío (2011) y, por último, Poesía completa. 2000-2010 (2013).

A su muerte, Leopoldo María Panero ha dejado, al menos, un poemario inédito titulado Rosa enferma que aparecerá este próximo otoño, publicado por Huerga y Fierro, su editorial en los últimos años. Mientras llega ese momento, la mencionado editorial ya está en plena publicación de su obra completa, título a título. Este proyecto comprenderá poemarios como Teoría, Narciso en el acorde último de las flautas, Last River Together, El último hombre, Poemas del manicomio de Mondragón, Contra España y otros poemas no de amor o Locos.

Además de su inmensa obra poética, Panero es autor de muchos títulos de narrativa como son: El lugar del hijo (1976),Dos relatos y una perversión (1984),Y la luz no es nuestra (1993),Palabras de un asesino (1999),Los héroes inútiles (2005),Papá, dame la mano que tengo miedo (2007), Cuentos completos (2007). En cuanto a su obra ensayística publicó los siguientes títulos: Mi cerebro es una rosa (1998), Prueba de vida. Autobiografía de la muerte (2002).

Toda su obra es una protesta siempre inacabada, irreductible al conformismo, a la mediocridad y al silencio, en un grito de dolor nunca acallado por el temor al rechazo y a la incomprensión, quizás porque este poeta siempre supo que, aunque el loco era él para los demás, es la propia sociedad alienada la que está enferma y siempre necesitada de voces como la suya que clamen en solitario contra la soledad del individuo, el sufrimiento y el horror al vacío de la nada por la falta de sentido de la existencia, incapaz de encontrar respuestas válidas a tantas incógnitas del ser humano.

Al igual que Rimbaud, uno de los mayores exponentes del simbolismo en la poesía, tan influido por Baudelaire, Panero es también un gran simbolista, y apasionado estudioso del ocultismo, de todo lo esotérico, como el primero de los poetas citados, ya que el esoterismo y sus símbolos forman parte del inconsciente colectivo, de lo más profundo y desconocido de la psique humana. También comenzó a publicar muy joven con sólo 18 años, un año mayor que Rimbaud cuando publicó su poema El barco ebrio (1871) que tanto subyugó a Verlaine.

Todas esas respuestas buscadas las habrá hallado cuando ha traspasado la última frontera, aquella que separa la vida de la muerte, y al fin se habrá topado cara a cara con lo absoluto, con la luz pura y la paz definitiva, esas que le fueron negadas durante toda su vida por el sino fatal de todo poeta maldito, siempre perseguido por la locura, la soledad y el terror de una vida a la que no le encontraba más sentido que la muerte tan deseada y a la que oía llegar cada noche al galope de ese caballo negro que siempre, siempre, pasaba de largo, dejándolo un poco más solo, más derrotado y más enloquecidamente lúcido, tratando de encontrar la luz en la inmensa oscuridad del mundo.

Descanse en paz el último poeta maldito, el último de la trágica saga de los Panero, pero hora dejemos que su voz nos llegue a través de la eternidad con estos tres poemas, el primero escrito en prosa poética y otros dos en los que habla de sus padres, en los que se muestra el estilo personalísimo y único de un poeta maldito, pero maldito sólo por la locura, la soledad irredenta y el miedo que siempre tuvo a la muerte y a que nadie llorara ante su tumba, porque sabía, en su loca lucidez, que la peor muerte es el olvido de los vivos.

Silencio, por favor, habla el poeta del dolor, la soledad y la muerte:

Blancanieves se despide de los siete enanos
Prometo escribiros, pañuelos que se pierden en el horizonte, risas que palidecen, rostros que caen sin peso sobre la hierba húmeda, donde las arañas tejen ahora sus azules telas. En la casa del bosque crujen, de noche, las viejas maderas, el viento agita raídos cortinajes, entra sólo la luna a través de las grietas. Los espejos silenciosos, ahora, qué grotescos, envenenados peines, manzanas, maleficios, qué olor a cerrado, ahora, qué grotescos. Os echaré de menos, nunca os olvidaré. Pañuelos que se pierden en el horizonte. A lo lejos se oyen golpes secos, uno tras otro los árboles se derrumban. Está en venta el jardín de los cerezos.

Así se fundó Carnaby Street (1970).

La maldad nace de la supresión hipócrita del gozo
«Jois e Jovens n'es trichaired e malvestatz es d'aqui»

MARCABRÚ

Una cucaracha recorre el jardín húmedo
de mi chambre y circula por entre las botellas vacías:
la miro a los ojos y veo tus dos ojos
azules, madre mía.
Y canta, cantas por las noches parecida a la locura,
velas
con tu maldición para que no me caiga dormido, para que no me olvide
y esté despierto para siempre frente a tus dos ojos,
madre mía.
Narciso en el acorde último de las flautas (1979)

Glosa a un epitafio
(carta al padre)
And fish to catch regeneration, Samuel Butler, Pescador de muertos.
Solos tú y yo, e irremediablemente
unidos por la muerte: torturados aún por
fantasmas que dejamos con torpeza
arañarnos el cuerpo y luchar por los despojos
del sudario, pero ambos muertos, y seguros
de nuestra muerte; dejando al espectro proseguir en vano
con el turbio negocio de los datos: mudo,
el cuerpo, ese impostor en el retrato, y los dos siguiendo
ese otro juego del alma que ya a nada responde,
que lucha con su sombra en el espejo-solos,
caídos frente a él y viendo
detrás del cristal la vida como lluvia, tras del cristal asombrados
por los demás, por aquellos Vous etes combien? que nos sobreviven
y dicen conocernos, y nos llaman
por nuestro nombre grotesco, ¡ah el sórdido, el
viscoso templo de lo humano!
Y sin embargo
solos los dos, y unidos por el frío
que apenas roza brillante envoltura
solos los dos en esta pausa
eterna del tiempo que nada sabe ni quiere, pero dura
como la piedra, solos los dos, y amándonos
sobre el lecho de la pausa, como se aman
los muertos
«amó», dijiste, autorizado por la muerte
porque sabías de ti como de una tercera persona
bebió dijiste, porque Dios estaba (Pound dixit)
en tu vaso de whiski
amo bebió, dijiste, pero ahora espera
¿espera? y en efecto la resurrección
desde un cristal inválido te avisa
que con armas nuestra muerte florece
para ti que sólo
sabías de la muerte. Aquí
¿debajo o por encima?
de esta piedra
tú que doraste la sobrenatural dureza y el
dolor sobrenatural de los edificios desnudos
¿en qué perspectiva —dime— acoger la muerte?
en la mesa de disección tú que danzaste
enloquecido en la plaza desierta tropezando
hiriéndote las manos en el trapecio del silencio
en pie contra las hojas muertas que
se adherían a tu cuerpo, y contra la hiedra que tapaba
obsesivamente tu boca hinchada de borracho,
danzas, danzaste
sin espacio, caído, pero
no quiero errar en la mitología
de ese nombre del padre que a todos nos falta,
porque somos tan sólo hermanos de una invasión de lo imposible
y tus pasos repiten el eco de los míos en un largo
corredor donde retrocedo infatigable, sin jamás moverme
¡ah los hermanos, los hermanos invisibles que florecen,
en el Terror! ¡Ah los hermanos, los hermanos que se defienden
inútilmente de la luz del mundo con las manos,
que se guardan del mundo por el Miedo, y cultivan en la sombra
de su huerto nefasto la amenaza de lo eterno, en
el ruin mundo de los vivos! ¡Ah los hermanos,
Y el ave,
el ave que vuela sobre el mundo en llamas, diciendo solo
a los mortales que se agitan debajo, diciendo
solo: ABISMO, ABISMO!
Abismo, sí, tibia guarida
de nuestro amor de hermanos, padre.
¡Pero tan solos!
¡Tan solos! Fantasmas que hace visible la hiedra
—como hiedramerlín como niñadecabezacortada como
mujermurciélago la niña que ya es árbol—
crecen hojas
en la foto, y un florecer te arranca
de los labios caníbales de nuestra madre Muerte, madre
de nuestro rezo
florecen los muertos florecen
unidos acaso por el sudor helado
muerto de muchas cabezas hambrientas de los vivos
te esperamos ave, ave nacida
de la cabeza que explotó al crepúsculo
ave dibujada en la piedra y llena
de lo posible de la dulzura, de su sabor
ajeno que es más que la vida, de su crueldad
que es más que la vida
¡ira
de la piedra, ira que a la realidad insulta,
que apalea a la cabaña torpe de la mentira con verbos
que no son, resplandecen, ira suprema de lo mudo!
(te esperamos
en la delgada orilla de lo que cae, en el prado
nocturno que atraviesan lentos
los elefantes
percibís el frío
la
conspiración de las algas,
gelatina, escamas, mano
que sobresale de la tumba
manos que surgen de la tierra como tallos
surcos arados por la muerte,
cabezas de ahorcados que echan flor:
decapitados que dialogan
a la luz decreciente de las velas,
¡oh quién nos traerá la rima
la música, el sonido que rompa la campana
de la asfixia, y el cristal borroso
de lo posible, la música del beso!
De ese beso, final, padre, en que desaparezcan
de un soplo nuestras sombras, para
asidos de ese metro imposible y feroz, quedarnos
a salvo de los hombres para siempre,
solos yo y tú, mi amada,
aquí, bajo esta piedra.

Teoría (1973)
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